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¡Nos han robado el fútbol!

¡Nos han robado el fútbol!

Poco después del origen oficial del fútbol en la Inglaterra de la segunda mitad del Siglo XIX, y a pesar de haber nacido como un deporte de clases altas, – los únicos que disponían de tiempo de ocio para el deporte en aquellos años-, el fútbol pasó a ser un espacio claramente dominado por personas de toda condición. Un espacio de encuentro donde, muchas veces gracias a los trabajadores de las fábricas, el deporte funcionaba además como un elemento de cohesión social más allá de clases o ideologías.

Así fue también en España, sobre todo a partir de los años 20 y 30 del pasado siglo cuando empiezan a construirse los estadios de fútbol. Desde el de Chamartín o el Metropolitano en la capital, hasta el de Les Corts en Barcelona, los estadios superaban con creces el aforo de cualquier otro espectáculo en la época.

Desde entonces y quizá hasta los años 80 el fútbol tuvo un desarrollo enorme en España, pero manteniendo una serie de elementos que lo unían con fuerza al espíritu original del juego. La radio, por cierto, tuvo también su papel en este desarrollo de la popularidad del fútbol, naciendo también entonces las emisoras que retransmitían para todo el mundo aquellos partidos.

Aficionados de todo extracto social, aunque especialmente urbanitas, acudían al campo los domingos en el día que les dejaba libre su trabajo, para unirse con otras personas en su conexión a los colores de su equipo. Las entradas del fútbol, como ocurre en el cine, estaban aún al alcance de casi todas las economías, lo que permitía esta mezcolanza en las gradas, esta especie de democratización del ocio. Es verdad que existían ciertos lugares nobles, pero en general era normal encontrarse con todo tipo de personas, tanto en el interior del estadio como en el propio recorrido hasta él, en el transporte público o en las inmediaciones. Era un lugar donde se podía hablar de fútbol, pero también de las preocupaciones en el trabajo o en la vida con un compañero del tajo o con el jefe. Un lugar que unía.

Pero todo empezó a cambiar. Los clubes ricos pasaron a ser cada vez más ricos y sus dueños cada vez más lejanos a sus aficiones. Se acabaron casi por completo las sorpresas en las grandes competiciones donde cada vez es más difícil ver campeones que no formen parte del selecto grupo de los clubes más ricos.

Aunque continúan existiendo muchos paralelismos con aquel espíritu dentro de algunos sectores de la afición de los clubes, las nuevas demandas de la industria del fútbol, -con horarios extraños forzados para favorecer los derechos televisivos, precios desorbitados para las entradas o la celebración de campeonatos en países donde no se respetan los derechos humanos-, está erosionando esa capacidad del fútbol de unir a la gente, convirtiendo ese sentimiento de pertenencia en el negocio, cada vez más millonario, de unos pocos.

Cada vez más los referentes que nos aporta el fútbol son más tóxicos y peligrosos para la sociedad. Futbolistas millonarios que muestran un estilo de vida inalcanzable y grotesco, empresarios implicados en tramas de corrupción que parecen controlar tanto el fútbol como la política o la justicia, directivos, incluso de los organismos federativos, que muestran actitudes absolutamente rechazables… Son un ejemplo de cómo algunos sectores de la sociedad se han apropiado del fútbol para fines muy distintos al deporte o a la cohesión social que antes le daban un valor especial a este juego, impidiendo que pueda evolucionar hacia los nuevos tiempos con garantías de seguir siendo mínimamente útil.

Y por desgracia esto puede verse claramente reflejado en el deporte base o hasta incluso antes. Los patios de los colegios llevan décadas conformando un espacio donde los niños que juegan al fútbol, -y no las niñas o los que intentan hacer otras actividades en su tiempo de recreo-, reinan a sus anchas. Un aspecto que, allí donde se intenta cambiar, los educadores se encuentran siempre ante una tarea titánica. Los clubes de niñas y niños, a diferencia de otros deportes y a pesar también de valiosos intentos, siguen mostrando tendencias excesivamente competitivas o incluso machistas o violentas al albur de los terribles referentes que se encuentran, tanto chavales como sus propios entrenadores, en los medios de comunicación cada día.

Y esto por no hablar del negocio infame de las casas de apuestas, propagado por todo tipo de medios de comunicación y políticos sin escrúpulos hasta la limitación parcial que llegó de manos del Ministerio de Consumo.

La reciente victoria de la Selección Española de Fútbol femenino y la posterior polémica tras la deplorable conducta del presidente de la Federación pueden haber supuesto el inicio de una bonita oportunidad para recuperar el fútbol de las garras de aquellos que nos robaron este deporte y este bonito punto de encuentro. Un deporte como tantos otros, aunque con más capacidad de penetración en la sociedad, capaz de borrar al menos durante un tiempo las diferencias sociales.

No podemos conformarnos con que, como decía Josep Borrell en unas declaraciones terribles, nos sintamos “orgullosos porque las mujeres aprendan a jugar al fútbol como los hombres”. Quizá es el momento de que la sociedad aprenda a ver el fútbol con otros ojos, y a exigir que este deporte tan importante para tanta gente se comporte como un elemento más de una nueva sociedad más igualitaria y justa. Quizá sea el momento, gracias a las mujeres, de no dejar las cosas como están con el simple cambio de que ahora se hable también de “las chicas”. Quizá sea el momento de recuperar por fin el fútbol de las garras de quienes nos lo han robado.

Texto: Eduardo Moreno Navarro

Más divulgación cultural en nuestro podcast: www.elabrazodeloso.es

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