En los últimos tiempos se ha puesto muy de moda, y ya veremos cuánto dura, que los humanos somos volubles y autodestructivos por naturaleza, cerrar el año eligiendo una palabra que lo retrate, como si fuera posible concentrar todos los buenos y malos jugos, digo acontecimientos, de los doce meses anteriores bajo el marbete preciso de un término concluyente y definitivo. Parece que necesitáramos tales resúmenes ajenos para valorar correctamente la realidad, tan esquiva como es, tan dada a escurrírsenos de entre las manos como los granitos de un reloj de arena cuyo vidrio se ha partido. Que tenemos memoria de ameba, no hace falta mucho para demostrarlo: ¿acaso recuerda usted cuáles fueron las palabras del año, por ejemplo, en 2018, 2019 y 2020, por no irnos más lejos? Yo desde luego no y por eso me veo obligado a rescatar respectivamente de internet los términos “microplástico”, “emoji” y “confinamiento” para poder escribir con precisión estas líneas. Ciertamente cualquiera de los tres pudiera ser también el elegido en 2021, que las circunstancias no han cambiado tanto en materia de contaminación, dependencia digital y distancia social, que seguimos tan borricos como siempre.

No obstante, y sabido que nuestra cultura no soporta las repeticiones (aunque en el fondo siempre estamos a vueltas con Romeo y Julieta y las vanas ilusiones de Alonso Quijano, el bueno), corresponde que se entronice el nuevo vocablo antes de comernos las uvas sin atragantarnos, y por eso esta vez, adelantándome a la Real Academia Española de la Lengua, a uno de diciembre, elijo y ratifico como voz del año al término “negacionista”, que ha echado grandes y hondas raíces en los cinco continentes, creando una red de micelios en el subsuelo que darán sus hongos durante las próximas décadas, si un asteroide del tamaño de Burj Khalifa no lo remedia antes.

Sin duda, la palabra del año, por delante de “revacunación”, “incultura” e “insolidaridad”, es para mí “negacionista”, que recoge las anteriores y las trasciende con su dosis añadida de egolatría, maldad y sanchopancismo. Nada más internacional que acusar al otro, al que despectivamente llamamos extranjero por haber cometido el imperdonable error de no ser de los nuestros, de tener la culpa de todo, mientras escondemos nuestra ropa sucia en el cubo de detrás de la puerta y sonreímos con nuestros dientes blancos, que sin embargo muchas veces no son más que dentaduras postizas, lo más verdadero que tenemos. De ahí a que no nos creamos nada no hay trecho: cínicamente dudamos absolutamente de todo, lo diga el gobierno o lo diga el Papa de Roma, que antes era infalible y ahora resulta que es jesuita y argentino. Y, así, nos manifestamos en contra de las evidencias científicas, las medidas de salubridad y las leyes de ordenación pública, mientras defendemos un sentido de la libertad aprendida en la publicidad, que nos ha estado machacando durante años con la brillante idea de que nos merecemos todo lo que queramos, aunque sea arrancándoselo a los demás por la fuerza. ¡Viva la libertad y viva la virgen!

“Negacionista” es también para mí la palabra del año porque en el fondo yo mismo o cualquiera lo podemos ser. Debe de resultar apasionante ir por la vida sin ataduras, haciendo en cada momento lo que te dé la real gana, sin tener que responder éticamente de ninguno de tus actos y escudándote en la certeza indiscutible de que los demás mienten a todas horas con la evidente intención de que no seas libre. Cuantas más veces te repiten un dato, más increíble tiene que ser. Y cuanto más recomienden una cosa, más seguro es que debes hacer todo lo contrario, sobre todo si no te conviene, que no va a perder uno la vida, ni la pasta, por delicadeza. Debemos aprender a decir sí solo cuando nos interese y debemos mantenernos en el no, rotundo y redondo como una rotonda, en todo lo demás, que en eso consiste la independencia, la autonomía y el libre albedrío. Y si la sociedad no está preparada para ello, que se lo haga mirar, porque a lo mejor acaba por pasar a la historia.

¡Negacionistas del mundo, uníos, que hasta ahora estáis muy disgregados! En vuestra falta de pensamiento hay muchas, muchas posibilidades, y una vez que estéis organizados en un nuevo orden social y seáis mayoría nadie va a poder dar un no por respuesta a vuestras vindicaciones.

Jesús Jiménez Reinaldo 

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