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Nada bien. Todo está fatal.

La tradicional iconografía, que sitúa sobre los hombros, a ambos lados de la cabeza, las dos orillas de la conciencia, parece dictarnos con igual empuje hacía uno u otro lado según observemos la realidad que nos circunda.

Son momentos para la queja, el enfado y por qué no, el momento de lamernos las heridas, como cada año, llegado el mes de enero. Se adivina este momento, vislumbrando la trinchera en la puerta del congelador para soportar este largo compás post navideño, como el instante en el que pedimos cuentas por esos precios disparados en la cesta de la compra y nos echamos las manos a la cabeza ante el despropósito.

Uno de esos lados, un margen de la conciencia es capaz de visibilizar lo evidente. El mantenimiento de los precios somete a un gran número de familias a salvar el estrés económico reduciendo gastos, repitiendo menús o afanándose en la tradicional cocina de aprovechamiento. Esto último que no debería ser puntual venimos a recordarlo cada cuesta de enero o cada septiembre, dejando en el olvido a todas las familias que, durante el año completo, vive permanentemente en una cuesta de enero.

Y sí, la velocidad con la que los precios alcanzan cifras insoportables es proporcional a la escalada grosera de la hostelería y al empeño de la patronal por detener el incremento del sueldo mínimo en el 4 por ciento (que digo yo que, a expensas de esos incrementos, el margen de beneficio sigue siendo extraordinario hasta la vergüenza)

Desde luego, sabiendo que el aumento de precios es fruto de la más pura especulación, no vendremos a refrendar ni defender la fiesta que achica sus aguas en esta cuesta de enero tan tradicional casi como las fiestas. Pero de igual forma, no vamos a demonizar este período de forma sistemática ante la falta absoluta de pudor consumista por quien hace de la queja una soflama.

Las cosas no andan bien y el mundo parece haber entrado en una especie de distopía. Está todo fatal – dicen y así parece ser- Pero también parece ser que todo lo grotesco, con intención de establecer la controversia como forma normalizada de estar en el mundo, ha sido acogida en brazos y sin posibilidad de ser cuestionada.

Los precios andan por las nubes; pan, cereales y alimentos de marca en ascenso, productos del hogar indumentaria no se quedan fuera de la estela… Y todo, ¨culpa” de un gobierno de coalición que sube el sueldo mínimo, plantea leyes de igualdad, propone subida de impuestos a la banca o decreta políticas a favor de colectivos vulnerables. Todo está fatal (recomiendo el sketch del dúo Pantomima full con este mismo título; esclarecedor…) Y claro que hay que quejarse, pero hay que saber contra quien y en qué manera nuestro compromiso con la denuncia será oficiado.

Todo son quejas y lamentos, a veces recurrentes como quien habla del tiempo sin advertir el verdadero y profundo calado del asunto, mientras la comidilla y tertulia de ¨cuñados” se tercia en la mesa con hora de reserva donde una parrillada de verduras y cuarto kilo de peso se nos endilga por algo más de 18 euros, dos huevos con patatas en plato grande, entre 15 y 20 o una cerveza nunca por debajo de 3,50. El dispendio es providencial y la comanda se solicita sobrado de arrogancia, eso sí, sin una sola referencia, ni queja de soslayo a la grosera marca de precios que se gastan los protegidos de la Comunidad de Madrid donde recalan votos de lo sacerdotes tras las barras y los parroquianos que acuden al grito de Libertad.

El terror y disparate de los precios marcados por la hostelería fruto de la campaña ¨Carpe Diem” de la señora Ayuso, donde los hosteleros viven una fiesta en forma de burbuja, es un nada importa y se gasta con petulancia en paralelo a la crítica en el abastecimiento doméstico. Y es que el mercado con precios por kilo a la vista parece ser cosa del gobierno y no de especuladores, al igual que las alzas en los costes ante la demanda navideña.

No hemos sabido contener la exhibición de poderío sobre la mesa -aunque no todos- que los hay que no han salido de crisis alguna y la “cuesta” la vienen de tiempo arrastrando. Y es que es curioso que ¨todo este fatal” mientras proliferan conciertos para jóvenes por encima de 70 euros la entrada más económica, bares y restaurantes con dos turnos en el mismo servicio, salidas masivas en puentes y vacaciones, récords en reservas hoteleras… Y sí, todo está fatal, pero para los mismos. Tal vez el día que aquellos que han sido beneficiados por ERTES, subidas de salarios y otras medidas llevadas a cabo por el gobierno; tal vez, digo, el día que quieran ser tan dignos como quieren aparentar, deberían confesar que, precisamente es a ellos la legislatura anterior a quienes benefició desde un gobierno de coalición y no el gobierno autonómico. Tal vez, repito, si eso sucediese, algunas mayorías absolutas podrían venir a devacle… aunque va a ser que no. Porque ese reconocimiento sólo es válido para tachar de idiotas a quienes están en política por si fuera posible mejorar algo.

La cuesta de enero se alarga y el simple hecho de existir resulta ser un slogan inmejorable para atacar y “sostenerla y no enmendarla”. Seamos serios y miremos donde hay que hacerlo: a especuladores, trincones, mediadores con mordidas y alentadores del despiste. Aunque bien pensado, es posible que, como siempre, todo sea una farsa y la cuesta sea un cedazo para reforzar engreimientos a causa de haberla superado sin dejar de haber tomado una caña de cerveza a 3,50… y es que está todo fatal.

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