Decir Miguel Hernández es decir Historia de España. Es decir guerra, cebolla y hambre. Decir Miguel Hernández es decir cárcel y vergüenza, es decir pueblo y compromiso. Y por supuesto es decir poesía. Miguel Hernández, aquel del que una vez dijo Neruda que era deber de España conocerlo, sacarlo de la oscuridad al que la derrota de su historia lo condenó. Una forma de cumplir con Neruda y con la poesía, con España y con la memoria histórica, es acercarse de la forma más íntima posible a un poeta y a su tiempo. Un tiempo que nunca debemos olvidar.

En Orihuela nace Miguel Hernández Gilabert, el 30 de octubre de 1910 en una familia modesta de siete hermanos. Logró estudiar lo que se podía con la obligación de trabajar como pastor, lo justo para conocer a los clásicos y acercarse a sus primeros poemas de juventud.

Recaudando algo de dinero de sus amigos, pasados los años, toma la decisión de marcharse a Madrid de donde regresará cargado de decepción. El año de su llegada a Madrid es el año de la proclamación de la II República. La ciudad es, efectivamente, un hervidero cultural, pero capitaneado por los intelectuales que en ese momento dirigen la vida artística del país. Alberti, Aleixandre, Cernuda, o Pedro Salinas…

Tras su primera obra, Perito en lunas, la publicación de El rayo que no cesa marcará un antes y un después en la vida de Miguel Hernández. Técnicamente es una obra ejemplar que lo encumbra como un gran poeta lírico. Esta vez las puertas de Madrid sí estarán abiertas.

Allí, José María Cossío le dará un empleo y comenzará a relacionarse con los artistas y escritores de la Escuela de Vallecas, entre los que se encontrará la pintora Maruja Mallo, con quien mantuvo una relación. Fue gracias a ella que Miguel Hernández conoció a la persona que más influirá en su vida, Pablo Neruda y a un poeta que será un fiel amigo de Hernández, Vicente Aleixandre. Ambos recibieron con los brazos abiertos a Hernández y mostraron por él un afecto verdadero. Cada vez más, Hernández se aleja de su pasado en Orihuela, de su amigo Ramón Sijé, que moriría poco después inspirando en su enfado nunca resuelto uno de los poemas más bellos jamás escritos.

Arrastrado a la política, comienza su militancia en el Partido Comunista, al poco de comenzar la guerra. Se ha alejado totalmente de aquellos viejos postulados de la católica Orihuela. Su obra en guerra, Vientos del pueblo (1937), es más que propaganda. Es conciencia, es difusión, es el resultado del compromiso cívico, de la conciencia de que los poetas tienen que rehuir de los recursos literarios vacíos y convertir la vida en poesía.

Miguel Hernández participó en la guerra activamente, no solo en la retaguardia. Y su voz se convierte en indispensable para animar a los soldados del frente. La radio o los periódicos murales o poemas leídos ante la tropa son ejercicios propaganda destinados a levantar los ánimos de los soldados.

Los años de la guerra son frenéticos para el escritor, que contrae finalmente matrimonio con Josefina Manresa en 1937. Ese mismo año aparece su Vientos del pueblo, y ya ha iniciado la escritura del resto de poemas que no verá publicados en vida y que conformarán El hombre acecha. Participa activamente en el Frente de Extremadura, ejerce de comisario Cultural, y llega a viajar a la URSS con motivo del Festival de Teatro Soviético. Le aburre la vida cultural y la rigidez soviética, pero algo le provoca cierto agrado, el nivel de desarrollo, el nivel cultural de la URSS y la vida del pueblo ruso, tan diferente de la vida del campo que él había conocido. Viene impresionado de Rusia y quizás motivó un mayor compromiso político a partir de este conocimiento de aquel país que había superado en muy poco tiempo su atraso secular.

Su libro El hombre acecha terminará en la hoguera de las purgas fascistas. Su publicación póstuma hay que agradecérsela a Cossío que recibió unas pruebas de edición que guardó como un tesoro en su casa de Cantabria.

Con el final de la guerra es detenido en la frontera de Portugal cuando intenta marchar al exilio. Interrogado durante diez horas es torturado hasta el punto de orinar sangre. Se da la circunstancia de que Miguel Hernández no acudirá a su propio juicio. Ha sido puesto en libertad unos días antes por un error. Cuando el juez dictamina que se le debe aplicar la pena capital está camino de Orihuela. Cometió el mismo el error que Lorca. Regresó a su tierra y, al poco de llegar, es denunciado por sus vecinos al reconocerle.

Las condiciones carcelarias eran inhumanas. A pesar de ello Miguel Hernández nunca dejó de escribir en las condiciones más precarias. En pequeños trozos de papel de estraza, en pequeñas hojas delgadas y con un lapicero y letra abigarrada, minúscula, casi ilegible, Miguel construiría su libro póstumo Cancionero y romancero de ausencias.

La presión internacional y de sus amigos logró que Franco, que “no quería otro Lorca”, conmutara la pena de muerte por otra de 30 años. Apenas sobreviviría dos desde entonces, en unas condiciones calamitosas. En junio de 1941 se le concede el traslado a Alicante pero, en noviembre de 1941, enferma gravemente de tifus. Postrado en la cama, algunos días antes de morir se le hace una punción en el pulmón para que drene. Josefina Manresa cuenta en sus memorias que Miguel apenas hablaba, postrado por la fiebre, resultado de una septicemia que le ocasionará la muerte antes de que lleguen a llevárselo al hospital.

Tal y como escribió en 1960 Neruda, y con el que empezábamos a hablar de él, es deber recordarlo y pensar que no se ha acabado de ir, que su poesía es como un legado que debe agitar la conciencia y rellenar los huecos de la memoria, con la belleza de una poesía que surge de la tragedia personal y colectiva.

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Miguel Hernández – Poeta de la Guerra Civil

Luis Quiñones Cervantes