Crónica de viaje de Javier Tabarés.
Es la primera vez que viajo con una sensación paradójica: la de salir de una Europa que percibo en riesgo, lastrada por las políticas de seguridad de los «Trumps», Von Der Leyens y «Aznares» de turno, para aterrizar en un país, China, que arroja parámetros de seguridad mucho más sólidos, tanto para sus ciudadanos como para quienes lo visitamos.
Esta segunda entrega de las memorias debería titularse, simplemente, Pekín. Sin embargo, no esperéis aquí la típica guía turística sobre la Gran Muralla, la Ciudad Prohibida o los templos budistas o confucionistas… que cualquier IA os podría resumir en segundos. Prefiero desgranar sensaciones, percepciones e intuiciones; hechos observables filtrados por mi inevitable mentalidad occidental.




El orden bajo la lupa: ¿Control o cuidado?
Durante nuestra estancia, la emblemática Plaza de Tiananmen permaneció cerrada al paseo debido a las sesiones del Parlamento y sus excepcionales medidas de seguridad. Este hecho me llevó a reflexionar sobre una palabra que en Occidente usamos a la ligera: Seguridad. Y quiero hacerlo a través de las preguntas que me asaltan mientras recorro sus calles.
Vayamos por partes:
- La arquitectura del control: Presencia policial notable, cámaras en cada esquina y portal, escáneres en cada acceso al metro… ¿Percibe la ciudadanía china este despliegue como una falta de libertad o como una garantía de paz y seguridad?
- La felicidad vigilada: ¿Son los chinos un pueblo triste por sentirse controlados? ¿O es nuestra mirada la que proyecta esa melancolía?
- La soberanía del voto: El hecho de depositar una papeleta cada cuatro años en una urna, ¿nos otorga automáticamente la superioridad moral para criticar a quien gestiona su país de otra manera?
- Calidad democrática vs Participación: ¿Tiene España mayor calidad democrática que China por el simple rito del voto? ¿Sabemos, por ejemplo, que para confeccionar el actual Plan Quinquenal chino el gobierno recibió más de 3.000 millones de propuestas de sus ciudadanos?
La seguridad de quien camina como visitante, la sensación es inevitable. ¿Podrías dejar olvidada una mochila con tu pasaporte y dinero en una calle de Madrid y tener la certeza de que dos horas después seguirá allí? O si te pierdes en un barrio desconocido de una gran capital española a las doce de la noche y se te acercan cinco desconocidos, ¿qué es lo primero que pensarías?

El peso de la propaganda
¿Es posible que décadas de propaganda occidental nos hayan convencido de que en China habitan «demonios con cuernos y rabo»? ¿Cuánto de lo que creemos saber es realidad y cuánto es un guión escrito desde despachos interesados en mantener la hegemonía del relato?
Las respuestas a estas preguntas y mi encuentro con la modernidad más absoluta las encontraréis en el próximo capítulo.
Próxima parada: Shanghái.













