Con grandes impacto, tristeza e indignación, vi hace pocos días en un nutrido foro de una plataforma social cómo una gran cantidad de participantes ofendían y ridiculizaban hasta el insulto a “esas personas que aún llevan mascarillas”, y llegaban a llamar “tarados” a quienes la llevan doble.

No me sorprendió, la verdad; siempre han existido personas dispuestas a no empatizar, señalar e insultar al diferente. Siguen existiendo de hecho la xenofobia, la homofobia, la aporofobia… y toda una serie de fobias contra los no iguales. Siempre han existido guerras fratricidas entre los pueblos, a menudo muy desinformados por voluntades propias, gubernamentales, o ambas.

En este caso culpé directamente a unas comunidades autónomas, las nuestras, y al Gobierno, que  prácticamente han hecho “desaparecer” a la pandemia de los medios de comunicación cuando, por ejemplo, entre un martes y un jueves siguen muriendo casi 400 personas ante el silencio oficial. Un Gobierno el español, único europeo que el pasado 30 de marzo declaró oficialmente a través del Ministerio de Sanidad, esto sí en los medios, que ya no iba a seguir facilitando datos de la pandemia. Y que contra la opinión de muchos científicos, y con unas cifras muy elevadas de contagios y fallecimientos, ya lo tiene todo encauzado para la locura, más que imprudencia, de retirar el uso de las mascarillas en interiores contra reloj, y que lo intenta, si puede ser (que lo será) antes de Semana Santa. ¿Qué ha sucedido con los aerosoles? ¿Ya no contagian, ya no matan?

Presumo lo que pretenden, está muy claro. Y es muy fácil “dar gusto” destapando la boca de quienes tan agobiados vivimos por ello, y de paso “taparla” para que no se hable de cosas mucho más terribles que ya, y a medio plazo, van a producir mucha más falta de libertad y de recursos.

Quizá sería mucho más ético –ya que han metido la directa- hacer alguna campaña gubernamental para explicar a “los foreros” que existen muchas personas vulnerables en este país, no solo por su edad, sino por sus patologías crónicas, muchas veces por ambas cosas, a los que no les gusta llevar la mascarilla, que la padecen más que los sanos, pero que en este sálvese quien pueda interesado, cuantas más mascarillas retiren a la generalidad, máxime en estas condiciones de la pandemia y con vacunas que, demostradamente, pierden su efectividad con los meses, más mascarillas tienen que ponerse los vulnerables, que son quienes terminan en las UCIS y en muchos casos para siempre. Que estos sí que son las verdaderas víctimas de la pandemia y de la falta de libertad. Que lejos de insultarles, de llamarles tarados, les ayuden…, o les dejen en la poca paz que viven.

Es cierto que los gobiernos nunca pierden con estas contiendas ciudadanas de tanto persecutor separatista que no se para a pensar que cada joven sin empleo que caiga es un desempleado menos en las estadísticas, y cada jubilado, una pensión menos que pagar. Pero que ambos son también uno menos en su casa y entre su gente.

No es, ni mucho menos, el momento de destapar las bocas para “taparlas”. Los muertos de hoy, las olas de dentro de nada, pueden ser también la falta de votos para quien desgobierna y desprotege de esta forma a los más vulnerables –los que les han votado y los que no- y los deja expuestos al odio en las redes sociales y en la calle.

Apelo desde aquí al gobierno local de Rivas, si sigue comprometido con el eslogan de que “otra forma de gobernar es posible”, a que se plantee hacer una campaña ciudadana didáctica recordando que la pandemia no ha terminado y que todos, en mayor o menor medida, estamos expuestos a su gravedad. Pidiendo que no comiencen una “mascarofobia” dentro de esta mascarada.

Y, sobre todo por el respeto y el cuidado a los más vulnerables, que no pueden ser los más vulnerados también en este “pim, pam, pum”.

Enrique Vales