Los dos palistas ripenses figuran, por separado, entre las ocho mejores parejas del país en la modalidad de silla de ruedas.

En el panteón deportivo de Rivas pelotean desde hace varias temporadas dos jugadores de pádel en silla de ruedas: Álvaro Garmilla y Rubén Castilla. Ambos figuran por separado entre las ocho mejores parejas del circuito nacional. Entre sus últimas conquistas, el oro en el campeonato de España de selecciones autonómicas, con el combinado de Madrid y arrebatando título al dominador de los últimos años: País Vasco. Después de conceder las entrevistas para este reportaje, se disponían a encarar un nuevo campeonato nacional, el más importante del calendario anual: el de parejas, que disputaban las ocho mejores duplas del país en Arganda del Rey, el último fin de semana de junio.

Álvaro, que llegaba como número 3 del último ranking nacional publicado, se colgó el bronce con su compañero de juego Luis Peinado. A pesar de su proximidad vecinal, Álvaro y Rubén no pueden formar tándem por el sistema de competición. Las parejas se agrupan según grados de discapacidad, del 1 al 4: 1 es la más severa; 4, la menos grave. Así que en la pista rivalizan separados por la red. En la vida, la malla cae y gana la amistad.

Álvaro, con una lesión de médula que le obliga a desplazarse siempre en silla de ruedas, tiene una discapacidad deportiva de grado 3. Rubén, que camina con muleta pero debe jugar sentado, de grado 4. Una pareja no puede superar los 5 puntos sumando la catalogación de ambos integrantes, y juntos llegarían a 7: 3+4. Por eso deben asociarse con una pareja de grado 1 o 2, en el caso de Álvaro, y de grado 1, en el de Rubén.

Ambos vieron mermada su movilidad por sendos accidentes de tráfico: el primero, de moto; el segundo, de coche. Desde hace un año, Álvaro comparte duelos con el valenciano Luis Peinado (9º del ranking y con un nivel 2 de discapacidad), mientras que Rubén se acompaña de Carlos Vizcaíno, onubense, 6º puesto nacional y grado 1.

ÁLVARO: UNA PLATA, TRES BRONCES
Álvaro Garmilla es vallisoletano, tiene 37 años y reside en Rivas con su novia desde 2016. Juega al pádel desde la adolescencia: primero se federó y luego se sacó el título nacional de monitor. Su vida cambió a los 31 años. “Después del accidente en Valladolid, me trasladaron al hospital de parapléjicos de Toledo. Allí estuve siete meses. Aunque al principio no estaba claro si mi vida iba a ser en silla de ruedas o no, que finalmente voy sentado, inmediatamente empecé a mirar qué cosas se podían hacer en silla: pillé el móvil y consulté. Coger un avión y jugar al pádel, sí. Y me dije: ‘En cuanto pueda, vuelvo a jugar”. Dicho y hecho.

Regresó a la capital pucelana y retornó a las pistas. Y todo empezó de nuevo: “Al principio, con mi silla de calle, que no está adaptada al juego. Luego, con una especializada”. Jamás olvidará el primer golpeo tras el accidente: “Ostras, ese reencuentro con la pelota se queda, sí. Hacía más de un año que no tocaba bola, cuando antes jugaba todos los días. Mi primera sensación fue de inseguridad, por la silla. Es como practicar deporte con zapatos de calle, pero más complicado aún”, rememora.

Su carrera deportiva amplió horizontes cuando en 2017 se vino a vivir a Rivas con su pareja: ella se mudaba por motivos laborales. La Comunidad de Madrid ofrece más oportunidades deportivas, y Álvaro las está aprovechando. Ha conquistado un subcampeonato de España en 2019 y el bronce en 2018, 2020 y 2021.

RUBÉN: NÚMERO 1 EN 2015 Y 2016
Rubén Castilla, madrileño de 48 años, es ripense desde 2005. Trabajador de banca, está casado y tiene una hija de nueve, que ya “empieza a darle a la pelota”. El accidente lo sufrió en 2008. “Me salvé de milagro y luego salvé la pierna. La tengo aquí, me acompaña, pero poco más. Se me cayó el mundo encima”. Juega en silla desde 2011. Fue número 1 de España en 2014 y 2015 con Óscar Agea, que actualmente encabeza el ranking estatal.

“Sufro el accidente en 2008. Y no saben si me amputarán la pierna. Finalmente la salvo, tras nueve operaciones. Yo quería seguir ligado al tenis y pádel [llevaba años jugando]. Contacto con la asociación ASPADO, que imparte clases a chavales con discapacidad intelectual, y su fundadora, Kiki de la Rocha, me anima a jugar al tenis y pádel en silla. Lo vi como una oportunidad para practicar los deportes que había hecho siempre”, rememora.

EL PRECIO DE UNA SILLA
Uno de los inconvenientes a los que deben enfrentarse los jugadores en silla de ruedas es el coste económico de su actividad. Álvaro radiografía el panorama: “Necesitamos más patrocinios y profesionalizar este deporte. Cada prueba del circuito nacional [más de 10 torneos cada temporada] concede una ayuda al desplazamiento, pero no cubre los gastos totales. El material deportivo y la ropa sí lo suelen pagar las marcas”. Una silla adaptada cuesta entre 2.500 y 9.000 euros. Y requiere un mantenimiento constante, por el desgaste que sufre partido a partido: cambiar cubiertas y radios de las ruedas, el cojín, las cinchas…

“No suele durar más de cinco años”, precisa Álvaro. Rubén, campeón de Madrid en abril de 2021, traza una pincelada humorística de su primera silla: “Era de retales cogidos de aquí y de allá. Un suplicio. La de ahora es de una sola soldadura”. En su caso, además, los primeros años le costaron un mundo, pues no utiliza silla en su vida cotidiana, salvo para desplazamientos largos: “Al principio mi movilidad en silla no era natural, me costó tiempo tener un buen manejo. El primer año era una tortura: ampollas en las manos, agujetas en brazos y hombros”. Pero, hoy, sobre la pista, ejecutan una danza de movimientos donde gobierna la armonía entre el jugador y su montura.

LO COMPLICADO
¿Qué es lo más difícil en el pádel adaptado? “Si no has jugado nunca, leer la bola y saber que hay paredes y cambian la dirección. Si ya has jugado, cuando pasas de pie a silla, mover ésta adecuadamente. Desplazarte hasta donde quieres llegar con la bola, dándole a la rueda”, detalla Álvaro. Los puntos se alargan tanto como en un partido de a pie: “En silla se permiten dos botes en pista. Eso ralentiza el juego. Y el desplazamiento lateral en silla va más lento, pero hay puntos de dos o tres minutos”.

Ambos exhiben un torso musculado y potente: “Estoy más fuerte que el vinagre”, guasea Álvaro. Y señala sus fortalezas: “El saque y la capacidad física, también la velocidad y la defensa”. Rubén, campeón de los juegos parainclusivos de la Comunidad de Madrid de tenis y pádel en 2018 y 2019, menciona su revés, el remate y la volea: “Porque vengo del tenis”, matiza. ¿Y aspectos a mejorar? “Mejor no demos pistas a los contrarios”, bromea Álvaro.

¿Lo más gratificante? Rubén: “Volver a disfrutar del deporte sin más, porque tras el accidente me dijeron que me olvidara del tenis y del pádel. Y aquí estoy. Otra cosa que me llevo es la cantidad de torneos solidarios que organizamos y haber creado la Asociación Pádel Silla [de la que es vicepresidente], con la que ayudamos a otras personas con discapacidad en la práctica de este deporte, que contribuye a ganar en autonomía”. Porque el deporte ayuda a salir de casa y socializa vidas: y valga esto para todo el mundo. Álvaro resalta “el ánimo de superarse. Siempre hay, además, un punto de compañerismo. Y el pádel nos permite viajar y conocer gente”.

“El pádel es una parte de mi vida, me llena y me ayuda a estar bien psicológicamente. De aquí solo me retira una lesión grave”, prosigue Rubén. En el caso de Álvaro: “Ocupa mucha parte de mi semana [entrena tres o cuatro días, otros tres va al gimnasio y uno de piscina; más los partidos de competición]. Le dedico ilusión, recursos físicos y mentales. Mi estilo de vida está enfocado muy al pádel. Es una de mis prioridades, pero no la principal. Por delante están la familia, mi pareja y mis amistades”.

Y a Álvaro, emigrante vallisoletano, ¿Qué le seduce de su reciente ciudad? “No la conocía y me ha encantado. Es un municipio muy joven con mucha actividad deportiva. Lo que menos me gusta, la playa, que está muy lejos”, chirigotea de nuevo este hombre de secano (el único consuelo acuático que tiene su Valladolid natal es, como sucede en Madrid, un río: el Pisuerga). Rubén destaca “la cantidad de gente de mi edad que vive en Rivas e incluso un poco más joven, con mucha infancia”. Vecino ya con cierta veteranía, 16 años de empadronamiento, repara en el desarrollo urbanístico: “La ciudad tal vez ha crecido demasiado”.

Ahí les tienen: Álvaro y Rubén, dos vecinos ripenses restando y voleando bolas en los cumbres del pádel adaptado español.

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