Se acerca el final de curso y millones de escolares se preparan para afrontar el periodo de exámenes que servirán para cerrar el curso de manera exitosa o por el contrario para dejar pendiente parte de la materia de estudio. No deja de ser sorprendente que, después de nueve meses de actividad, el éxito de la labor realizada dependa del resultado de una prueba. Y más sorprendente aún es que este hecho nos resulte normal, e incluso que la posibilidad de que no existan exámenes ni se nos pase por la cabeza.

Desde los primeros años nuestra vivencia nos aboca a pensar así. A lo largo de los estudios propios, y de los que hemos visto y nos han contado, este hecho se ve tan natural como que las flores salgan en primavera. En primaria, lo normal es realizar un examen al final de cada tema, se dan entre doce y quince por área y son al menos seis áreas. Es decir unos cien por curso, si están bien organizados, uno cada dos días. En secundaria la cuestión se agrava porque aumenta el número de asignaturas. Y después el bachillerato, la universidad… Total que a lo largo de los años de estudio para ser maestro una persona ha podido realizar más de mil exámenes. Sin olvidar el remate final de las oposiciones. ¿Cómo no va a pensar que es algo natural e imprescindible?

Y sin embargo a lo largo de nuestra vida fuera de la escuela esto no es así. No hacemos exámenes para ver si nuestra criatura sabe andar, o para saber cuánto ha avanzado en su habla, en su autonomía, en su relación con las amistades, en su manera de organizar su día a día… o en nosotras mismas, para ver si la pareja cumple su “programa”, cómo saluda, cómo se encarga de la labor del hogar, cómo atiende a las criaturas, cómo aborda los conflictos… En estos casos no esperamos a determinadas fechas para sacar conclusiones, y evaluar. “Hijo mío, tienes que repetir el año porque no recoges la habitación” “Cariño no te esfuerzas y la casa está sucia y poco ordenada”… Está claro que no creemos que así funcione la vida, pero vemos natural que así sea en la escuela.

Y esta manera de pensar es trágica y va contra la propia idea de educación porque pone la atención y el esfuerzo en superar una prueba y no en aprender el tema de estudio y sentar las bases de aprendizajes futuros. El segundo curso de bachillerato pierde su programa y se centra en preparar la prueba de acceso a la universidad.

La nueva ley educativa trata de cambiar algo este enfoque. Pero sin un cambio de mentalidad de toda la sociedad no servirá de nada. Necesitamos poner la atención y la energía en conseguir que el sistema educativo sea inclusivo, acepte la individualidad de cada persona, asegure el mayor progreso para cada una, ofrezca los medios para ello y la labor del profesorado sea ofrecer un entorno y unas actividades que lo permitan. Este es el reto educativo.

Es evidente que necesitamos conocer el momento, el “nivel”, las capacidades, las ganas… de cada estudiante y tendremos que buscar modos, maneras y tiempos para ello. Pero sabiendo que un examen solo mira una parte pensando que todas las personas son iguales, piensan igual, afrontan igual los nervios y las emociones, viven la misma situación…. Y por tanto pueden responder igual a una prueba. Es decir, damos por válido, algo que no existe nada más que en el imaginario colectivo. El día a día ofrece infinidad de momentos, de tareas, de actividades, de conversaciones… que ofrecen una información más real y más útil para seguir aprendiendo y viviendo. La escuela debe darles cabida y aprender a aprovechar toda la información que aportan. Todos y todas saldremos ganando.

Si habéis leído estos artículos a lo largo de los meses estáis aprobados. Mis mejores deseos. Queda pendiente tratar quién y cómo se evalúa al propio sistema y a las personas que en él están. Los resultados de esta evaluación ayudarían mucho más a los estudiantes que sus propias pruebas.

Colectivo EQS – Miembros del Movimiento Cooperativo de Escuela Popular (http://www.mcep.es)