Me contaba un abuelo que a su nieto de 7 años le habían castigado en el colegio a estar de cara a la pared durante más de una hora. Además, me informaba que cuando la familia pidió alguna explicación les dijeron que tenía que aprender a comportarse y a respetar las normas.

Y sí. Así aprenderá que no hay razones, que no hay medida ni relación entre los actos y las consecuencias, que no debe pensar y actuar fuera de la norma, que no importa la curiosidad o aprender más o menos, que lo verdaderamente importante es obedecer. Y la familia, de paso, que no es posible el diálogo, que en el colegio los que mandan son los profesionales y que los niños deben aprender a seguir las órdenes.

Así de rotundo y de trágico. Avanza el siglo XXI y seguimos con unos planteamientos pedagógicos irracionales y sin ninguna justificación válida.

Pero, por desgracia, este tipo de situaciones no ocurre solo en algunos centros escolares, que debieran ser educativos, sino que, a veces, en nuestras casas cuando nos vemos sobrepasados acabamos aplicando castigos que tienen más de despecho y de impotencia que de educación. Es el momento de los gritos, del “descontrol”, del riesgo de entrar en choque directo y acabar amenazando o aplicando cualquier recurso o sanción.

Debemos tratar de evitar llegar a ese punto, porque cuando aplicamos un castigo sin control, de alguna manera, estamos reconociendo nuestra incapacidad para incidir de manera constructiva. Además, cuando se llega al enfrentamiento perdemos la capacidad de conectar, de escuchar, de pensar… simplemente queremos tener razón e imponer nuestras ideas…. Y no se trata de eso.

Vivimos en democracia, conocemos los derechos de la infancia, sabemos que la educación es favorecer el desarrollo personal y el respeto. Defendemos que ante los conflictos debemos buscar la reflexión, el darnos cuenta de lo que ha pasado. A todos y todas nos gusta que nos traten bien, con dignidad, y que nos valoren.

Por eso, debemos tener presentes estas ideas cuando nos relacionamos con otras personas con una intención educativa. Sabemos que la mejor intervención ante un conflicto es detener la acción y ayudar a que se den cuenta de lo qué ha ocurrido, o de lo qué están haciendo. Y para ello necesitamos actuar con tranquilidad, con respeto, buscando la manera de conectar y recuperar el diálogo para valorar la situación, lo que ha ocurrido y a partir de ahí buscar soluciones para la próxima vez que ocurra.

La idea podemos tenerla clara. Pero ponerla en práctica, a veces, no nos resulta sencillo. Es un proceso y se trata de ir avanzando en esa dirección. Y cuando no lo conseguimos, si acabamos recurriendo al castigo, debemos hacerlo con moderación, con buenas formas, tratando de hacernos entender para que vean la relación entre la sanción y su actuación. Porque lo que buscamos es ir generando dinámicas y relaciones basadas en la aceptación, en el respeto, en el buen trato como herramientas para abordar las diferencias y encontrar acuerdos que beneficien a ambas partes.

Nuestra aspiración debe ser que nuestras criaturas sean autónomas, que vayan adquiriendo una forma de ser y estar basadas en esos valores y que sean capaces de mantenerlos por sí mismas, sin necesidad de premios ni temor al castigo.

En ello estamos. Toda la sociedad saldrá beneficiada si avanzamos en esta dirección.

Colectivo EQS – Miembros del Movimiento Cooperativo de Escuela Popular (http://www.mcep.es)