Somos romanos. Esta frase que podemos utilizar habitualmente para casi cualquier tema no lo es menos si hablamos de movilidad y transporte. En la antigua Roma tenían muy claro que una de sus fuentes de poder era su capacidad para trasladarse, ya sea para el comercio como para la guerra, en el menor tiempo posible y con todas las facilidades. 

En el caso del comercio existe una regla de oro: “ubicación, ubicación”. Esta es la clave para entender cómo una pequeña aldea llegó a constituir uno de los mayores imperios. Y Roma está muy bien ubicada: en el centro de la península Itálica en un primer momento. En el centro del Mediterráneo después. 

Efectivamente, desde el centro de su península tenían a su alcance al sur ricas colonias griegas y al norte un importante núcleo de tribus: los galos. Pero para ello hacía falta unir esos puntos y aquí aparecen nuestras protagonistas: las calzadas. 

Las calzadas romanas van a estar unidas prácticamente desde el minuto uno a la expansión conquistadora de Roma y a su instrumento fundamental: el ejército, puesto que precisamente fueron construidas por el ejército y para el ejército. ¿Las calzadas fueron básicas para el comercio y para la expansión de la cultura romana? ¡Por supuesto! Pero no podemos olvidar que originariamente tuvieron una función militar. 

Estos caminos partían desde las bases principales de los legionarios hacia otras fortificaciones avanzadas y hasta las capitales de provincias. Y desde éstas, de fuerte a fuerte, de municipio a municipio, hasta la mismísima Roma (ya sabemos, donde van todos los caminos) formando un sistema que se extendió por más de 400.000 km de caminos, incluyendo más de 80.500 kilómetros de carreteras pavimentadas.

Por estas calzadas, por ejemplo, llegaron los refuerzos que necesitaba Julio César en las Galias cuando Vercingetorix apretaba o Escipión en Hispania cuando necesitaba hasta el último hombre para enfrentarse a los Barca. Tropas que debían llegar rápido y descansadas y esto será posible gracias a estas magníficas obras de ingeniería que aún hoy persisten en algunos lugares.

¿Por qué eran tan importantes desde el punto de vista militar? Principalmente las calzadas evitan el movimiento campo a través, lento y muy perjudicial para las piernas del infante. Pero su importancia va más allá: estos caminos no son simplemente un “firme”, un camino más o menos cómodo de transitar. Igual que hoy no podemos concebir nuestras carreteras y autopistas sin gasolineras o puntos de descanso, en las calzadas encontraremos puestos de reavituallamiento a lo largo de los trayectos o estafetas desde los que enviar mensajes o recibirlos.

Y hablando de carreteras modernas. Seguro que todos tenemos en mente los parches que hay en los carriles derechos de nuestras autovías para paliar el efecto de los camiones de grandes tonelajes o los atascos kilométricos porque hay que volver a asfaltar un tramo. En contraposición, tenemos unos caminos que tienen más de 20 siglos que han llegado hasta hoy, muchos de ellos en perfecto estado de revista. Por eso tenemos que preguntarnos:

 

¿Cómo se hacían las calzadas?

Gracias a internet es muy fácil encontrar muchos gráficos, recreaciones o documentales de cómo se hacían.  Aquí solo vamos a adelantar un par de conceptos. El primero es que no solo se trata de allanar el terreno y poner losas. Empezando porque no había losas por regla general. 

Si tenemos esa idea es por culpa de las imágenes de los últimos kilómetros de la vía Apia que salen en muchos libros de texto, o por las reconstrucciones en 3D sobre cómo debió de ser la ciudad de Roma. Pero la realidad es que ese tipo de firme no era práctico para los carros y los caballos. Y los romanos son, por encima de todo, prácticos. 

¿Entonces, cómo eran realmente la mayoría de las calzadas y cómo se construían? Lo primero que había que hacer era preparar el terreno. Hoy grandes maquinas despejan el camino y enormes apisonadoras lo allanan. En tiempos de los romanos esa preparación previa era, si cabe, más concienzuda: se cavaban fosos de tres pies de profundidad y veintitrés pies de ancho y se empezaban a rellenar en distintas capas. 

La primera capa era el statumen –grandes cantos rodados-, luego el rudus –cantos rodados de tamaño medio-, el nucleus –grava mezclada con pequeños cantos rodados- y por último el pavimentum o summa crusta –grandes losas planas-. Pero esto último, como hemos dicho, era menos común que lo que se cree. 

Este esquema está pensado sobre todo para enfrentarse al gran enemigo de las infraestructuras: el agua. Este sistema de capas lejos de repeler el agua lo acogía y lo redirigía hacia abajo y hacia los lados. Esto último porque, en otro detalle que demuestra la inteligencia y previsión de los ingenieros romanos, los caminos se construían en pendiente desde el centro hacia fuera para que el agua de lluvia se escurriera en las zanjas a los lados de las carreteras. Algo que parece muy obvio, pero que incluso hoy día hay quien olvida.

Por último, otro elemento a tener en cuenta cuando hablamos de calzadas, a parte de su técnica de construcción, es su trazado. Pocos han podido superar el acierto de los romanos a la hora de proyectar una carretera. Esto explica por qué en muchos países como España, se han construido directamente carreteras modernas sobre las antiguas calzadas romanas. Muchas veces quizá por ir a lo fácil, pero otras porque, sencillamente, sólo se puede pasar por donde ya había una vía romana y su recorrido es el mejor posible. Con todo el dolor del corazón estamos seguros de que un ingeniero de caminos con alma de historiador soltaría una lágrima antes de ordenar cubrirlas de asfalto. Pero claro, es lo más práctico, y no podemos olvidar que también en esto, amigos, somos romanos. 

 

Eduardo Moreno y José Luis Garrido