Leo en un periódico de tirada nacional que Donald Trump ‘exagera sus logros y ataca a los demócratas’ durante su discurso en el Estado de la Unión. Ese mismo día, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, escribió en la red social X que la sanidad pública madrileña es ‘una de las mejores del mundo’ y resaltó que ‘el 66% de los mejores hospitales son madrileños’. Es verdad que Madrid cuenta con excelentes hospitales, pero un excelente médico me comenta que ‘lo difícil’ es llegar a ellos. Si uno acude a su médico de Atención Primaria, después de esperar una semana o más para acudir a la cita, y de la consulta se deriva la necesidad de realizar una radiografía o ecografía o ser recibido por el neurólogo, traumatólogo u otro especialista, la cita se puede prologar más de un año.
Ese mismo médico me indica que un buen número de pacientes, al pedir una cita médica que se demora más de la cuenta, optan por la sanidad privada ante el temor de que su dolencia se agrave con el paso del tiempo. Negocio redondo para los que hacen de la salud una manera de enriquecimiento, favorecido por los amigos de lo privado dentro de lo público.
Ayuso, igual que su amigo Trump, el de las invasiones de países ajenos, exagera sus logros. En sanidad, asume, sin decirlo, que después de 30 años de gobiernos de la derecha en Madrid, ella es la que más daño ha estado haciendo a nuestro derecho a la salud. Ella, igual que el imbécil presidente de EEUU, insulta a todo el que se considere de izquierdas, por norma general. En un Pleno del parlamento autonómico en el que la izquierda criticó la medalla concedida a la patria de Trump, acusó a los que no piensan como ella de ser tristes y frustrados. Yo, con mucho respeto, le pido que no me insulte: soy de izquierdas, del Atlético de Madrid y el Rayo Vallecano. Y soy alegre y me gusta la vida. Los pintamonas que lanzan acusaciones generalizadas solo pueden presumir de su ‘me gusta la fruta’.
Los amigos y amigas de Trump reducen la complejidad de las opiniones a estereotipos, lo que dificulta un diálogo constructivo. Además, en lugar de abordar argumentos concretos, se centra en atacar el estado emocional de los opositores. Al categorizar a la oposición de manera negativa, se fomenta una mayor división entre las partes. Se utilizan ataques en lugar de argumentos. Se intensifica el uso de discursos simplistas y polarizadores, aproximando a la derecha española al estilo de Trump.
Ayuso, que está todos los días en los medios informativos con su política espectáculo al estilo de Trump, nada dice de los problemas en materia educativa, de derechos civiles, asuntos sociales o sanitarios y en vez de abordar soluciones a, por ejemplo, las largas listas de espera que tanto daño hacen, encuentra propagandistas en algunos medios de comunicación que resaltan sus bondades e ilustran sobre viajes a su pueblo o el ultimo traje a la moda que lució en aquel acto oficial. Lo último, tras conocerse los documentos desclasificados sobre el 23-F, dijo que “ir contra la monarquía o ponerla en tela de juicio es cuestionar nuestra propia biografía’. El que le hace los discursos debería no leer solo el Capitán Trueno.
Ellos saben, Trump y sus acólitos, que su forma de comunicar a los demás su propaganda y exageraciones se convierte en un espectáculo populista que desgraciadamente se transforma en un sedante que opaca las verdaderas necesidades sociales. Todas sus frases atractivas, diseñadas para ser noticia, centran los debates y no queda espacio para abordar la gestión de gobernantes como Ayuso, que hace caso omiso a las reivindicaciones vecinales. La frase tonta de la semana eclipsa los déficit sanitarios, educativos, sociales, en materia de Dependencia y/o atención a las personas mayores.









