De un tiempo a esta parte se ha magnificado más que nunca el derecho a la intimidad que todas las personas, supuestamente, tenemos, aunque los límites de ese concepto son tan variables como los de un desierto de arena sometido a erosión continua por un viento implacable: lo que yo escondo de mí y no quiero que sepas, por fuerza tiene que ser monstruosamente distinto a lo que tú me ocultas con total convicción, no solo en tamaño, sino también en forma, sabor y calorías. Día a día levantamos la cerca eléctrica en la que se freirán nuestros amigos y enemigos cuando osen rozar siquiera el sacrosanto recinto que no les dejamos ni atisbar. Y como los seres humanos estamos hechos sobre todo de silencios, es en ellos donde mejor soterramos nuestros pensamientos y deseos más secretos, si bien hay genios de la exhibición que parecen exponerlos al público, cantando himnos como “¡Qué sabe nadie!” o “¿A quién le importa lo que yo haga?, teniendo, eso sí, la prevención de no ser explícitos y no arrojar el misterio de su existencia, casi siembre banal y crematístico, por la borda. Todo mito se levanta sobre la interpretación torcida y desatinada de una realidad por definición simple, pero debidamente encubierta a las masas, que se convierten en fervientes consumidoras de salsas y aderezos varios.

Dejando a un lado, pues, a esas estrellas que viven casi más de mostrar su vida social que de cantar (“yo soy así, y así seguiré, nunca cambiaré”) o de las que tratan de construir un universo metaliterario al que nadie le pueda pasar el plumero (“este río desbordado no se puede detener”), la mayoría nos desenvolvemos en el escenario gris de un gran rompecabezas neutro: somos piezas, casi todas similares, con más o menos esquinas, entrantes  y salientes, según un patronaje estándar, nada demasiado original, nada del otro jueves. Y, sin embargo, ¡qué obsesión la nuestra por no ser como los demás, para convencer a todo el mundo de que no somos moneda corriente, mientras tratamos a la vez de proteger, ocultar, salvaguardar, nuestra intimidad de propios y ajenos!

Algo perverso tiene eso de mirar impunemente por el ojo de la cerradura. Si no fuera así, no resultaría tan común el ejercicio del espionaje, al que tantas personas se dedican con ahínco y emoción desatados: lo importante nunca es lo que se descubre (que en el mismo momento se comenta, se consume y se devora), sino lo que aún queda por desvelar: un hijo secreto, un amante de sexo incierto, un crimen por celos, una carrera fingida, un fracaso bajo la alfombra, el brillo de vidrio de las joyas falsas… Hay tropas de soldados vestidos con bata y zapatillas de casa, comiéndose las uñas por el porvenir de una corista ligera de cascos o de un rapero cuyo principal mérito consiste en saber rimar rey con ley, si es que tal concordancia es aún imaginable. Esa intimidad es, no obstante, demasiado pública; es un tipo de fama que acumula con facilidad miles de euros en las cuentas bancarias y, por ello, hay tantos y tantas cuya aspiración es dar un braguetazo enseñando la ropa interior y un poco de la huchita del culo.

La verdadera intimidad, ya lo sabemos, es otra cosa y se aloja en terrenos ignotos para la mayoría. Como todos conocemos esa franja escondida de la tierra promisoria que es nuestra propia existencia e intuimos su sordidez, no podemos conformarnos únicamente con la avidez por el dinero de una diva de las lentejuelas o por el aplauso de un insatisfecho buscador nocturno; eso es un negocio de poca monta, una intimidad de cueceleches. Hace falta mucha más sangre, mucho más cuajo, y hasta rechupetear el tuétano, para que nuestro afán se trastueque en un éxito total.

Si la sociedad de la información, con sus redes sociales y sus algoritmos semimágicos, nos ha convertido en datos y en metadatos, si nos ha clasificado en todo tipo de listas y nos ha otorgado un perfil de consumidores válido para empresas y anunciantes, si nos ha cosificado, numerado y delimitado según nos ajustemos o no a un producto, no ha conseguido ni remotamente acercarse a esa intimidad que quiere asaltar de modo legítimo o ilegal, porque los seres humanos tenemos un mundo interno que nosotros mismos no osamos nombrar, admitir o profundizar, sometidos como estamos a una represión omnímoda desde que nacemos. Por eso, cuando una amiga me dijo ayer que le daba miedo que la sociedad tecnológica invadiera su intimidad, le respondí que no se hiciera ilusiones, que no era por ella por lo que se interesaba, que su psique y sus deseos quedaban fuera de los límites frígidos del algoritmo.

Jesús Jiménez Reinaldo

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