El joven emperador Carlos V era partidario de la solución militar de los conflictos. Su canciller Gattinara le aconsejaba que antes de iniciar una guerra había que tener mucho cuidado, porque  se sabe cómo comienzan las  guerras pero nunca cómo acaban, quién las gana y, sobre todo, cuánto cuestan. Quizás habría que añadir otra cuestión: quién las paga.

Lo cierto es que las guerras son caras y no es baladí la cuestión. Las guerras las pagan los pueblos. En primer lugar con sus vidas, la inmensa mayoría de las personas que caen en las guerras son civiles. Las guerras ya no tienen lugar en apartados páramos llamados a ser lugares de sagrado recuerdo donde dos ejércitos chocan. La guerra contemporánea se ceba con las ciudades y sus habitantes: Guernica, Londres, Stalingrado, Sarajevo, Faluya, Auschwitz y Srebrenica, Camboya y Ruanda, etc.

Las guerras las pagan los pueblos también con sus propiedades, porque las destrucciones materiales les afectan directamente. Por mucho que nos traten de convencer de la limpieza y la precisión quirúrgica de los bombardeos, lo cierto es que poca cirugía hubo en Dresde, Leningrado o Hiroshima. A veces ocurre que el cálculo de los estados mayores no lleva a optar por el cálculo milimétrico de la trayectoria de un misil, sino por el masivo bombardeo aéreo o artillero por saturación.

Con los recortes en la asignación de recursos. Siendo los recursos públicos limitados (escasos siempre), lo que se asigne al gasto militar no va a parar a satisfacer las necesidades educativas, sanitarias o sociales. Incrementar al 2% del PIB el gasto militar, como pide la OTAN en la actualidad, implica que medidas como el escudo social peligran.

A las pérdidas humanas y al empeoramiento de las condiciones de vida de los pueblos, hay que sumar el recorte de libertades. Las guerras necesitan disciplina y unidad, y no se logran con matices y disidencias. En las guerras solo hay blanco (nuestro bando) y negro (el bando enemigo). Libertades básicas como la ideológica, la de expresión y la de información son recortadas bien directamente por los Estados, bien de manera más sutil con el apoyo de los medios de comunicación de masas.

Que Rusia no es una democracia, que allí se persigue a los opositores (comunistas incluidos), a los sindicalistas, a los homosexuales, es un hecho. De la misma manera que atacar a un país vecino, sin que haya un casus belli previo, y bombardear ciudades y asesinar civiles, también es inadmisible. Como inadmisible es decir que Putin es comunista, cuando la verdad es que tiene lazos con toda la extrema derecha europea.

Dicho esto sobre Rusia, poco oiremos del origen del conflicto, de la ilegalización de partidos políticos en Ucrania (once, incluyendo casualmente el comunista), del asesinato de sindicalistas o de la desaparición de opositores con la confusión generada por la guerra. No se trata de restar importancia a los crímenes de Putin contra el sufriente pueblo ucraniano, sino de mostrar el cuadro completo. Pero como hemos dicho, las guerras se desarrollan en blanco y negro, no habiendo lugar para la escala de grises.

Acabo con una recomendación. A escribir esto me ha llevado una película surcoreana, El sospechoso número doce, dirigida por Ko Myoung-Sung en 2019. Se puede ver en Youtube. En un café de Seúl, al más puro estilo Agatha Christie, un policía trata de aclarar dos crímenes de los que son sospechosos las once personas presentes. Pero el guión da un giro, entra la historia reciente de Corea y el número de sospechosos pasa a ser doce. No hay que fiarse de quienes lo tapan todo con la palabra patria.

José Ángel Ortuño