A lo mejor va a tener razón y todo mi profesor de filosofía en el último año de la educación secundaria que yo cursé, todo hay que decirlo, sin hacerle demasiado caso. Era un señor mayor, con pipa y postura desdeñosa hacia la juventud, que a mí me parecía un anciano nada venerable. Pasaba mucho de su tiempo llamándonos iconoclastas, hedonistas, nihilistas y otras lindezas que a nosotros nos daban igual, porque en aquellas clases con aroma a tabaco rubio holandés lo que estaba en juego era la concepción del mundo: si él representaba el logos sólo por el hecho de ser funcionario del estado y lo adornaba con una postura, digamos por ser suaves, conservadora, nosotros éramos la generación de adolescentes a los que se nos había muerto un dictador al terminar la infancia, no nos habían dejado votar a favor o en contra de la Constitución en 1978 y estábamos decididos a cambiar el orden de las cosas: apostábamos por el divorcio, la eutanasia, el aborto, el antimilitarismo y muchas otras reformas necesarias para entrar en la modernidad. Formábamos sin saberlo una antinomia que duró tan sólo un curso escolar, porque al año siguiente la mayoría nos fuimos a la Universidad y a nuestro profesor le dio un patatús y ni siquiera llegó a jubilarse.

Digo que a lo mejor tenía razón pero no estoy defendiendo ahora sus ideales de orden social cerrado y privilegios políticos para pocos, que tan bajo no he caído aún. Me refería a su defensa cerrada de Heráclito y su guerra perpetua y permanente, una idea que debía de tener mucha profundidad para él y que en mis apuntes de clase apenas si merecían dos líneas y gracias. Entonces me parecía una solemne tontería, para qué lo voy a negar, y me decía a mí mismo que Heráclito podía haber aseverado de igual manera que la esencia del mundo era, en vez de la dichosa guerra, el hielo, el alcohol etílico o el té verde; la patata, no, que ésa vino de América y Heráclito no salió nunca a lo que parece de la actual Turquía y no pudo por tanto matar jamás a un escarabajo patatero. No obstante, y asumiendo que de las pocas cosas que yo no aprendí en el instituto una es la filosofía, me pregunto ahora si no tendría razón Heráclito al buscar la esencia de las cosas, es decir, del mundo, en el perpetuo enfrentamiento de lo uno contra lo otro, con independencia de lo que sean uno y otro, para concluir que todas las cosas son en realidad tan sólo una.

Lo que sí tenía claro entonces, e incluso hoy, era que la guerra para mí suponía una cosa muy fea que aún estaba muy reciente en Europa y que había dejado unas cicatrices recosidas varias veces sobre los mapas y los cerebros de mis paisanos, quienes todavía, no obstante, disfrutaban con el visionado de películas bélicas en las que los buenos, los de siempre, vencían a unos soviéticos fríos como robots. En aquel adoctrinamiento ideológico exportado por Hollywood con la aquiescencia de los países occidentales, se nos empujaba a defender el suelo patrio, los valores democráticos, la religión y el sistema monetario, como si algo de aquello nos perteneciera en realidad. Unos estaban a favor de la OTAN, otros en contra, pero la mayoría de los jóvenes ya no queríamos hacer el servicio militar obligatorio y algunos comenzaban a hacerse objetores de conciencia con toda conciencia.

Hace ya muchos años que afortunadamente desapareció la mili obligatoria y en su defecto el ejército español se profesionalizó, o eso nos cuentan. Entramos en la OTAN a paso de plebiscito popular y con gran jaleo mediático, y poco a poco nos convertimos en los adláteres del gendarme mundial, al que acompañamos en misiones al parecer importantísimas, aunque luego no se encontraran armas de destrucción masiva en Iraq o tuviésemos que salir de Afganistán a la carrera con el rabo entre las piernas. Y así poco a poco nos fuimos convirtiendo en turistas por el mundo, tirando de tarjeta VISA para comprar souvenirs y aportando donativos a causas sociales de desprotegidos lejanísimos para limpiar nuestra conciencia. El mundo era un patio de recreo, con algunos rincones no recomendables por sus circunstancias, pero que en general podíamos vivir como un gran parque de atracciones.

Y llega este 2022 de mierda y nos vuelve a traer la guerra a Europa, un conflicto bélico en el que por supuesto de nuevo hay buenos y malos, los buenos son rubios y de piel muy blanca, y los malos son uno solo que se llama Putin y es un tirano al modo tradicional, incluso con cuernos y rabo de demonio. Claro que, bien mirado, ésta no es sino otra guerra que se suma a las muchas que ya estaban abiertas: la de los medios de comunicación contra la verdad, la de los lobbies económicos contra los derechos sociales, la de los políticos contra la cultura, la de los jueces contra la justicia y la de los empresarios contra la remuneración justa del trabajo. Y así, me digo, a lo mejor Heráclito tenía razón y mi profesor de filosofía estaba en lo cierto cuando nos negaba el futuro y nos llamaba ilusos e iconoclastas.

Jesús Jiménez Reinaldo

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