«Con un malvado se puede dialogar e incluso llegar a convencerle (…) Un estúpido, en cambio, es invulnerable a los razonamientos. Si pudiéramos suprimir la maldad, el mundo sería un poco más fácil. Pero si pudiéramos suprimir la estupidez, el mundo sería muchísimo mejor. Por otra parte, la maldad y la estupidez no son incompatibles y antagónicas, y las más veces se dan juntas».

Y en España tenemos el ejemplo en la política.

La estupidez y, en particular, la estupidez política son elementos que influyen en el comportamiento de toda nuestra sociedad y especialmente en el de nuestros prohombres públicos, que se pueden medir, que se pueden determinar objetivamente y, lo que es más preocupante, que en el presente se encuentran en un estado de crecimiento y desarrollo como quizá nunca antes lo vimos en nuestras vidas.

Y una muestra clara la tenemos con Vox y sus líderes cómo Abascal, y sus pactos de gobierno con el PP. Otros de la misma hechura.

Algunos nacen estúpidos, otros alcanzan el estado de estupidez, y hay individuos a quienes la estupidez se les adhiere. Pero la mayoría son estúpidos no por influencia de sus antepasados o de sus contemporáneos. Es el resultado de un duro esfuerzo personal. En realidad, algunos sobresalen y hacen el estúpido cabal y perfecto. Naturalmente, son los últimos en saberlo, y uno se resiste a ponerlos sobre aviso, pues la ignorancia de la estupidez equivale a la bienaventuranza.

Encontrar un malvado inteligente es también difícil, porque, como ya atisbó Sócrates, en su mayoría el mal es siempre estúpido, frívolo y superficial.

Con el estúpido esto no es posible porque, cómo es tonto, no atiende a razones, no actúa con lógica, ni sigue los mismos parámetros que el listo. En la lucha entre el tonto y el listo, el listo tiene las de perder, porque no juegan en la misma liga –quizá ni siquiera juegan el mismo deporte, que diría Tarantino–, así que el inteligente debe admitir que está en franca minoría, retirarse y aceptar lo que venga.

Que esa es otra: el tonto, por lo general, actúa sin pensar demasiado las consecuencias de sus actos, porque su “tontez” le lleva a no cuestionarse absolutamente nada. No duda jamás. No admite rectificaciones. Vive envuelto en una coraza inexpugnable (por lo general, la última moda políticamente correcta que haya surgido) y se siente del todo satisfecho porque no cree que pueda aspirar a más.

Está convencido de que sus ideas son correctas y él infalible, así que penetra en nuestra vida como un elefante en una cacharrería… y luego nos toca a nosotros arreglar el destrozo.

Puede que parezca todo muy gracioso, pero no lo es, en el fondo. La estupidez es muy peligrosa. Peligrosa DE VERDAD. Esto es una advertencia para que nos pongamos en guardia, porque nuestra vida se puede ver muy complicada dependiendo de los tontos que nos toque cruzarnos en ella y del poder que estos tengan. Y no hablamos solo de tontos individuales, sino que también hablamos de tontos a nivel colectivo. Es lo que conocemos como ideologías.

Las ideologías, a diferencia de las ideas, que mutan, cambian y se desarrollan, son ideales para albergar tontos, precisamente porque son compartimentos estancos. Se trata de “prendas de vestir” con las que aquellos que no tienen o han tenido una idea jamás, pueden diseñar su propia imagen y pasar por la vida como si tuvieran algo en la mollera. “Las ideologías prestan a quienes carecen de ideas el mismo servicio que las pelucas a los calvos”.

El problema es que para tener ideas uno tiene que esforzarse. Debe estudiar, y aprender, y adquirir conocimientos, y tener iniciativa, y cometer errores, etc. Eso, como cualquiera comprenderá, es mucho trabajoso para un estúpido, por lo que él preferirá quedarse con la charlatanería que tenga más a mano y ahorrarse el esfuerzo.

Pueden reconocerlos fácilmente: son esas personas que no razonan, sino que repiten machacona mente dogmas, sin prueba alguna y, por supuesto, sin hacer caso a las pruebas que otros les pongan delante. El imbécil desprecia el saber y a los sabios. Aprender es un esfuerzo que no están dispuestos a afrontar, por lo que desprecian la erudición. Lo que para el inteligente es alimento para la inteligencia, para el idiota no es más que palabrería de quien “no ha vivido”.

Otro mito que nuestro autor tira por tierra es ese mantra de que “el tonto es más feliz”. La felicidad se construye con lo que uno puede extraer de sí mismo, pero si estamos vacíos, ¿Qué vamos a extraer? Vacíos de sustancia, que no de contenido. Porque mientras que es cierto que el saber no ocupa lugar, la estupidez sí ocupa. Y mucho. Tanto que el cerebro del estúpido está tan lleno de morralla que bloquea el paso para que entre el verdadero conocimiento, y eso es mortal para la felicidad.

El estúpido no puede ser feliz, por la sencilla razón de que no sabe cómo enfrentarse al mundo, y tampoco puede aprender. Se enfrenta a diario con las consecuencias de su necedad, pero no dispone de herramientas para resolver la cuestión.

Mientras que la ciencia, por ejemplo, se centra en los hechos de la realidad y los interpreta (razón por la que es inteligente), la estupidez es inmune a la realidad. Ignora los hechos. Por eso hay ideas disparatadas que tienen a su colección de estúpidos detrás.

Puede que esa idea no resuelva nada, o cree un problema que no había, pero no les importa. Puesto que niegan la realidad, el resultado debe ser equivocado porque esa bobada no se ha aplicado correctamente, o quizá porque ha sido boicoteada por otros (recuerden: el tonto nunca es culpable). El inteligente, por el contrario, no se conforma y no acepta ninguna tesis que no sea capaz de salir airosa del cotejo con los hechos.

También están aquellos que afirman que hoy hay más tontos que nunca. No es cierto. Es incluso probable que hoy haya menos tontos que antaño. Lo que pasa es que hoy tienen más posibilidades de demostrarlo y más tiempo libre. Lo que sí es rigurosamente cierto –y eso hoy, ayer y mañana– es que la inteligencia siempre ha estado en franca desventaja. Los inteligentes son minoría. Es una lucha de David contra Goliat.

-“Dios mío, ¡qué panorama tan desolador!”. – Y usted que lo diga, amigo.

No tiene sentido perder el tiempo discutiendo con un estúpido. No lograrás cambiar su opinión. Lo que no significa que no se deba combatir. Es una guerra que hay que afrontar, pero no perdiendo el tiempo en batallas que no podemos ganar. Bibliografía Moreno Castillo.

Las consecuencias de la estupidez. La verdad se ha convertido en artilugio deficitario en el contexto del auge del nacional-populismo y del escenario postcrisis económica, en el que la sociedad se articula a sí misma como “masa traicionada” por la clase política.

Las categorías que ensamblara,Elías Canetti (1981), aquellas destinadas a definir diferentes tipos de “masas”, se combinan ahora en el actual escenario político de la postverdad y dan lugar a un receptor –el electorado sugestionado por el mensaje de la ultraderecha– que se ha convertido en “masa plebiscitaria” y que se puede identificar a un mismo tiempo con las categorías de “masa de acoso”, de “masa de fuga”, y de “masa de inversión”.

Una “masa” articulada desde el discurso populista como comunidad holística con “vocación de caza” (Canetti, 1960, 323) que está dispuesta, debido al poderoso sentimiento antiestablishment que la articula en pleno auge y consolidación del populismo de extrema derecha, a creer y a abrazar las teorías y “verdades alternativas” más inverosímiles.

Un ejemplo, los pactos PP y Vox, un arreglo entre estúpidos y sus acuerdos de gobierno.

Un ejemplo de la estupidez de estos adalides: El colmo de la estupidez: “El hombre no mata, mata un asesino. El hombre no maltrata, maltrata un maltratador. El hombre no humilla, humilla un cobarde” (Santiago Abascal, 2021).

Trabajadores que votáis a Vox, necesitáis más pistas?? O queréis un croquis.

Eulogio González Hernández