Una vecina y un vecino del Casco Antiguo relatan cómo comenzó la vida en esta zona y qué había antes de las piedras que levantaron el núcleo original de Rivas.

Pepe Pampliega frente al parque de San Isidro, lugar donde se ubicaba un antiguo muelle ferroviario. Y Josefa Lara en su casa del Casco, donde lleva 59 años. P.C.C.

 

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Josefa y Pepe, originarios de El Porcal y de Vaciamadrid, confeccionan con sus recuerdos la fotografía del pasado ripense. Testigos de la construcción de la zona hoy conocida como Casco Antiguo, cuya inauguración cumple 62 años el 23 de julio, habitan esta tierra desde antes de que Rivas fuera Rivas, y son protagonistas de una época de labranza en la que, cada mayo, se le pedía a San Isidro “que estás en lo alto, trae agua para el campo”. Ambos comparten su memoria con ‘Rivas al Día’.

José Pampliega, Pepe, llegó al antiguo Vaciamadrid (al otro lado de la carretera de Valencia) en el vientre de su madre. Era enero de 1942, y sus padres recalaron en la precaria finca desde Mejorada del Campo, de donde eran naturales, para emplearse en labores agrícolas. “No teníamos nada, y vivíamos en chozos, así que mi madre volvió a Mejorada para dar a luz y luego regresó conmigo a los pocos meses”, cuenta.

Este vecino que frisa los 80 años comienza a desgranar recuerdos en la puerta de su casa, en la calle Cervantes, del Casco, el pasado 10 de junio. Lleva los complementos que mandan los rigores de la edad, los calores y la pandemia: bastón, sombrero y mascarilla. Desde la acera, pregunta a su mujer, que saluda asomada a la barandilla de la primera planta de la vivienda.

-“Araceli, ¿dónde está ese sobre con mis fotos viejas?”.

-“Espera un momento que llaman al teléfono”.

Momentos después, ella le lanza un sobre antiguo, de esos que daban en las tiendas de revelado, y Pepe nutre de imágenes sus palabras, trazando el mapa de su memoria que es, también, la cartografía ripense del siglo pasado. “Este es Juan del Pozo, que fue quien nos enseñó a todos los niños de Vaciamadrid”, indica sobre la imagen del hombre que vivía en lo que llamaban la “chabola”, al lado del muelle donde descargaban la piedra los vagones que venían de las canteras, área que hoy ocupa el parque de San Isidro.

Esas piedras fueron levantando el núcleo original de la ciudad sobre unos terrenos propiedad de uno de los latifundistas de la zona, Wenceslao García, que los cedió para la nueva urbe. Pepe recuerda un porche situado en el costado derecho de la actual Casa Consistorial, en la plaza 19 de Abril, donde daban forma a esos cantos con los que se edificó la iglesia. Tenía 14 años cuando, terminada la primera fase de las obras, se inauguró el nuevo pueblo. “Fue un día festivo, con música y baile. Vinieron curas, guardias civiles y las autoridades de la época”, describe sobre una jornada acentuada por el boato de la dictadura. Según la crónica publicada en el diario ‘ABC’, la banda de música “interpretó el himno nacional mientras el ministro descendía del coche entre vítores y aplausos”. También, según la hemeroteca, hubo cohetes y la “bendición del poblado” por parte del obispo auxiliar de Madrid aquel 23 de julio de 1959.

El edificio del ayuntamiento, la iglesia, la central de telefonía, la casa del médico, el grupo escolar y las primeras viviendas constituyeron el germen del actual Casco. Pero a Pepe aún le quedaban 13 años más de vida en el campo antes de instalarse en el nuevo núcleo. Para la población, dispersa en las fincas agrícolas, el cambio fue importante. “Vaciamadrid era la peor finca. Las paredes de los chozos estaban hechas de carrizo y tierra, y dentro de la vivienda distribuías [los espacios] con cortinas. Hasta los 27 años estuve allí. Luego me casé y nos vinimos al nuevo pueblo”, explica Pepe, que continuó bregando en la agricultura hasta su jubilación, un trabajo duro pero al que le saca el lado amable: “Cuando más trabajaba era ahora con el calor, pero en invierno, tocando la guitarra y preparando el campo sin prisa. En verano, eso sí, empleas 12 o 14 horas”.

UNA FINCA COMO UN PUEBLO
El Piul, El Porcal, Casa Eulogio, Cristo de Rivas… Hasta la inauguración de la zona decana ripense, la población vivía y trabajaba dispersa en las fincas propiedad de un puñado de terratenientes. De ellas, una destacaba por tamaño e instalaciones: la de El Porcal, con 90 familias. Allí creció, trabajó, se enamoró y se casó Josefa Lara Valero antes de trasladarse a una de esas casitas blancas originales de la calle La Paz. Nacida en Palomares del Campo (Cuenca), en 1938, recaló con su familia de niña. “Mi padre trabajaba con bueyes, y en esta finca había, además de toros grandes”, detalla. Allí residió en una casa de dos plantas en la que se repartían cinco viviendas. La suya, contaba con dos habitaciones. Eran cuatro hermanos, y las niñas y niños de esta finca acudían a clase con la maestra Mercedes Vera, la misma que después continuó su labor en el grupo escolar del Casco.

Este terreno albergaba el ayuntamiento en la conocida como Casa del Árbol. Y precisamente, entre esas paredes vivió Araceli, la esposa de Pepe Pampliega. Como en Vaciamadrid carecían de cualquier recurso, sus habitantes, sobre todo la juventud, frecuentaban El Porcal para hacer vida social. En una de esas visitas, Araceli y Pepe se enamoraron. Josefa hizo lo propio con un joven que acudía desde San Martín de la Vega cada día a trabajar, Bernardo, con quien se casó en 1962 y, después, al igual que sus amigos Pepe y Araceli, se instalaron en el Casco.

Pero antes de eso, Josefa trabajó también en tareas agrícolas que explica con terminología que ya pocos conocerán: “Íbamos al campo a escullar remolacha con un hocino. Pinchábamos en el montón y con el hocino quitábamos las hojas y las echábamos en otro montón. Luego iba la máquina con los vagones cargados de remolacha para La Poveda, a la fábrica de azúcar”. Otro de sus empleos fue en el molino, donde separaba la mies para el ganado.

Esta suerte de protopueblo que fue El Porcal también aglutinaba a la gente en torno a sus fiestas. Josefa recuerda las celebraciones de San Isidro, hasta que se llevaron el santo a la nueva iglesia del Casco, y San Pedro fue la celebración que sustituyó al patrón del campo. “Se montaba una plaza de toros con los carros y los vagones de la remolacha”, apunta. Pepe también destaca esos momentos de asueto que rompían las duras rutinas de trabajo: “Había capea y pólvora. Al no tener nada, eso era lo más divertido del año, lo más grande”.

El 21 de enero de 1962, Josefa y Bernardo se casaron en el habitáculo que hacía las veces de iglesia en su finca, y celebraron el convite en el patio de al lado, con cerca de medio centenar de invitados. Después, comenzó su vida al otro lado de la carretera de Valencia. “Mi madre dio 10.000 pesetas de entrada. La casa costó 50.000. Yo me vine primero y luego mis padres a vivir conmigo”, concreta.

Después, esta vecina pionera se empleó en la limpieza de colegios de la zona oeste, por donde se fue ensanchando la ciudad. “Me iba a las 7.00 de la mañana. El autobús se cogía en la puerta de Luciano [a la entrada del Casco], y volvía a las 16.00”.

En la misma casa donde reside desde hace 59 años, Josefa pasó la pandemia junto a su nieta, que vive con ella a la espera de una vivienda. “Mis hijas me atienden. Y viene Carmen [peluquera] cada jueves a peinarme. Ahora estoy loca con las sopas de letras”, detalla sobre su vida actual. El relato es rítmico. No se detiene a pensar, los recuerdos le brotan. Solo al final de la entrevista, el timbre le saca de su viaje al pasado.

-“¡Pasa!”.

Desde la calle asoma una muchacha de pelo largo recogido en una inacabable coleta con una barra de pan y unas latas de conservas.

-“Son tres con diez, Josefa”.

Mientras la mujer mayor rebusca en su monedero, la joven se agacha para colocarle las zapatillas, en un gesto de amor tan infinito como su cabellera. Son los lazos que crea la vida en el pueblo. Generación tras generación quedan formas de convivencia que cimentan su existencia en los cuidados. Hoy, esta ciudad cuenta con más de 97.000 habitantes, es una ‘smart city’, tiene una de las mayores redes wifi del país y más de una veintena de puntos para recargar coches eléctricos, entre otros hitos de progreso tecnológico. Pero a Josefa cada día le llevan el pan a casa. Y Pepe camina por las calles del Casco saludando a la gente por su nombre. Esto también es Rivas Vaciamadrid, un pueblo que nació hace ahora 62 años.

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