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Invisibles en el centro

Un tema controvertido es aquel en el que cada uno tiene una opinión, datos y estadística con el fin de elaborar un diagnóstico objetivo y punto de vista acerca de aquello de lo que habla en unos altos porcentajes de convencimiento. Pero resulta que su vez es consciente, en proporciones muy cercanos a las que defiende, no sólo de las lagunas de lo defendido justo en ese lugar donde se hace posible dudar y poner en entredicho las propias convicciones, sino también de la duplicidad de sus propias opiniones, dónde podría llegar a establecerse  la necesidad una mediación consigo mismo.

La teoría de la Ghetto, como modelo de segregación a lo largo de la historia, establece lugares en donde con toda la animosidad del mundo se configuraron unos estándares infrahumanos de habitabilidad y designación social fuera de la normatividad, así como también el empuje hacia ellos de un sector de la población variante y según el establecimiento de hegemonías de quienes  lo propiciaron y lo propician por causas vergonzantes para cualquier sociedad.

Ghettos en lugares y extrarradios también con el fin original de controlar un determinado sector de la población antes indicado, los hay y los habrá a lo largo y ancho del mundo. El hecho de establecer originalmente estos lugares bien por imposición, bien por espacio al que se llega sin posibilidad de otro, alberga realidades más allá de aquello que nos cuentan, intuimos, o, por qué no, somos testigos. Pero en este principio de controversia en lugares cercanos, advertimos, realidades y consecuencias de diferente signo. Tal vez la primera de ellas sería la tendencia a la denominación más extendida, a saber, un ghetto nunca es un asentamiento. El primero siempre es un espacio creado con fines muy concretos y abyectos; el segundo, un lugar al que se llega desplazado hacia los afueras de la visibilidad como última opción.

La configuración actual de las grandes capitales establece un centro, barrios, intermedios, periferia y núcleos de marginalidad o asentamientos con carácter de ilegalidad, en los que ciertos sectores de la población se establecen con la única intención de poder desarrollar a duras penas sus vidas, producto de unos diseños de mercado y expansión del capital que propicia enormes bolsas de pobreza y estancamiento.

Pero resulta que es en estos lugares y algún que otro de la periferia en los que también se establece un perfil extraordinariamente complejo que anima la opinión más voraz y aniquiladora de la derecha más recalcitrante, al tiempo que la izquierda se afana en un discurso paternalista con altas dosis de buenismo y debates por la defensa de los habitantes de estos extrarradios, sin tener en cuenta que con ello no hace cosa alguna que aumentar las diferencias entre los vecinos de estos asentamientos. Lo políticamente correcto también evoluciona. El argumento sistemático y la acción por la defensa de quien más lo necesita de manera universal es y debe ser una prioridad. Pero edificar raseros donde se esconde el miedo a ser calificados por señalar ciertas verdades no debiera ser una fórmula de posición ideológica, porque quien experimenta esa realidad puede rebatir con hechos consumados el flaco favor que se hace a los vecinos de un mismo lecho y lugar llamado a la marginalidad.

Negar su existencia es un error y las administraciones tienen la obligación de solucionar este problema. El primero el de la propia convivencia, después el derivado de los agravios comparativos. En estos lugares desarrollan sus tareas y sus vidas familias enteras; trabajadores y trabajadoras que luchan un día tras otro por salir adelante, mientras, son estas mismas familias las que asisten con perplejidad al asentamiento de grupos de población que se alzan a gobernantes del lugar, siendo otros quiénes por una resolución firmada hace décadas fueron incluidos en grupos sociales susceptibles de ser subsidiados sin obligación alguna. Esta realidad es evidente, difícil de explorar en sus posibilidades de solución y, sin duda, controvertida porque ambas existen; existen en un mismo lugar y al tiempo; negar alguna de las dos es, simplemente, no querer abordar un problema real con dos o más realidades.

Arrebatar el calor y la luz es, a todas luces, una ignominia vergonzosa y criminal por parte de quienes presumen de beneficios extraordinarios; especular con la vivienda y el suelo de toda la ciudadanía más allá de la legalidad o ilegalidad resulta un conjunto de normas que siempre beneficia al más fuerte y despiadado en lo económico, pero no intervenir sobre esos gobernantes del asentamiento, dueños del narcotráfico, que malogran la vida de quienes se ven empujados a él, resulta una fórmula perfecta para demonizar la procedencia y no intervenir donde hay que hacerlo.

Seguimos así, haciendo de la pobreza y falta de oportunidades un crimen.

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