Al final de mis años trabajando en la escuela de vez en cuando me llegaba un tono, una forma de hablar, que mi cabeza identificaba como voz de maestro. No era una voz dura, su tono podía ser incluso bajo, pero denotaba cansancio, impotencia, desilusión…. Cuántas veces tengo que decir que…. Es que no os podéis quedar solos ni un momento… Es que no escuchas…. Era más un desahogo de quien la emitía que un intento de establecer comunicación con el otro.

Ya jubilado he ido encontrando otras que, en mi interior, entran en esa categoría de voz sin esperanza de llegar a ser escuchada. Puede venir de una madre, de un padre, de un abuelo… son voces, en general con una mezcla de autoritarismo, frustración, en ocasiones con algo de rabia, que expresan lo mismo: un hartazgo, un cansancio de repetir una y otra vez lo mismo, pero también una desesperanza, no cuentan con ser tenidas en cuenta y se limitan a anunciar el futuro: Ya verás cuando lleguemos a casa… la próxima vez te quedas sin consola… Yo me voy, tú verás lo que haces… Cuento hasta tres…

Paremos un poco y pensemos en cómo, cuándo y para qué hablamos a las criaturas, e incluso a los mayores. ¿Está claro el mensaje? ¿Les llega lo que queremos decirles? ¿Tenemos claro el tipo de mensaje? ¿Se trata de una sugerencia, una opinión, una orden…? Porque nuestra respuesta debería ser diferente en función de ello.

Sin embargo, en muchas ocasiones, el mensaje no está claro. Lo que era una sugerencia acaba siendo una orden, lo que era una opinión se transforma en una instrucción, e incluso usamos la ironía que no está a su alcance… Y a veces estos cambios se dan con tanta frecuencia que las criaturas acaban casi desentendiéndose del mensaje y poniendo toda la atención en el tono o en la expresión del emisor. No importa cuántas veces lo digamos, solo reaccionan al llegar a determinado tono, gesto o grito. Cuando se llega a esta situación hemos salido del terreno de la educación.

Nuestra labor debe intentar moverse siempre en el terreno educativo. Sabemos que es un tema muy amplio e inciden muchos elementos en cada situación, por lo cual es muy difícil dar unas pautas que funcionen en todo momento y lugar. A pesar de ello, me atrevo con una sugerencia: Tener claro si vale la pena hablar y para qué lo hacemos.

En mi experiencia es importante no hablar por hablar, hacerlo sólo cuando sea necesario, o cuando queremos interactuar. No sirve de nada mandar recoger, si no pasa nada si no recogen. Lo volvemos a decir y sigue sin pasar nada. Mejor callar hasta el momento en el que sea de obligado cumplimiento (podemos dar un aviso previo: última partida, en cinco minutos…) De esta forma estaremos dando importancia a nuestro propio mensaje desde el principio y generando una dinámica de acción, en lugar de generar una sucesión de órdenes rutinarias que solo favorecen el incumplimiento.

En una charla escuche a un pediatra, creo que esa era su profesión, decir que el problema de la autoridad era similar al dinero: que tenemos una cantidad que vamos gastando de forma inconsciente. Y al final, cuando de verdad nos hace falta ya no nos queda fondo. De ahí la importancia de no malgastarla con mensajes constantes, rutinarios y sin trascendencia. Es mejor aprovecharla para establecer un marco general de relación e ir negociando y aprendiendo a gestionar los desencuentros desde la colaboración y el diálogo.

No es fácil, pero es un camino que permite no agotar el fondo de autoridad, e incluso irle recargando.

Feliz año de silencios y charlas.

Colectivo EQS – Miembros del Movimiento Cooperativo de Escuela Popular (http://www.mcep.es)