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Grandes maestras, pequeños alumnos: la educación 0-3 años.

Grandes maestras, pequeños alumnos

La pancarta de “maestra luchando, también está enseñando” se pudo ver en los últimos meses en varias protestas, esta vez en la educación infantil de cero a tres años. Mientras gran parte de la educación es pública, el primer ciclo de la educación infantil está especialmente derivado a la privada o a centros de educación infantil de gestión indirecta, que saca a concurso la Administración autonómica, que mantiene unas pocas bajo su gestión directa.

Allí donde se abren los concursos, acuden numerosas cooperativas como las agrupadas en AMEIGI, la Asociación Madrileña de Escuelas Infantiles de Gestión Indirecta. Su presidenta, Diana Pérez, alerta de que cada vez más estas escuelas tienen que competir con presupuestos a la baja, mientras empresas grandes con ánimo de lucro entran en el sector de la educación infantil.

Para las familias, esto significa asistir a un empeoramiento de la atención en un sector que ya adolecía de falta de plazas, pese a los avances en su gratuidad (que no incluye comedor y el horario extendido). Itxiar, una de las maestras que lucha por sus derechos en Rivas, nos cuenta que las trabajadoras apenas cobran el salario mínimo, pese a que la mayoría tienen formación universitaria en magisterio infantil y, quién no, el grado superior en técnico de educación infantil.

El caso más extremo lo encontramos con el Grupo Kidsco, que gestiona las escuelas Kids&Co, quien tiene “la práctica habitual de pagar fuera de plazo y en pequeñas cantidades los salarios”, explica Isabel Galvín de la Federación de Enseñanza de Madrid de CCOO. Tras meses acumulando impagos, dos paros laborales en el mes de febrero consiguieron que las trabajadoras arrancaran a la empresa las nóminas atrasadas hasta enero.

Con 11 de 13 delegadas del Comité de Empresa, el sindicato CCOO afirma que mantendrá los paros si no deja de haber impagos, mientras la empresa echa balones fuera y culpa a la administración autonómica. A ese respecto, CCOO considera que “el sistema de contratación de los servicios públicos permite estas situaciones de irresponsabilidad de algunos organismos o administraciones públicas, que priorizan los proyectos de menor coste”. También AMEIGI hace un diagnóstico parecido, incluso su presidenta reclama que pasen a gestión directa: “Yo siempre digo que esta lucha va en conjunto, no solo por el convenio sino por todo lo que conlleva”.

Neuronas de plastilina

Bajo el conflicto laboral, subyace la falta de reconocimiento de la importancia que tiene el periodo de los cero a los tres años en el desarrollo de una persona. Verónica Pérez Ruano, psicóloga de Raíces, nos explica que en esta etapa “se producen todas las conexiones neuronales que sirven de cimientos para todo lo que se asiente posteriormente”. Esto implica sentar las bases del desarrollo de la motricidad, la cognición y la parte emocional.

“Es un período crítico, lo que no se haga ahora es difícil remontarlo después”, explica Pérez Ruano. Esta etapa de gran plasticidad neuronal significa que el ambiente influye en el niño, porque el cerebro es muy sensible al entorno y la estimulación que hagamos influirá en cómo se exprese la genética de cada niño o niña. Esta psicóloga experta en la etapa infanto-juvenil destaca la importancia del desarrollo emocional, en este momento de “descubrir el mundo”. Verónica explica que “si damos un apoyo seguro, contención y cariño le damos el andamiaje que le dice que el mundo es seguro”. Esta profesional contrapone a esta buena crianza el desarrollo de la amígdala (que tiene que ver con el miedo y la reacción de huida) en pequeños que se crían en contextos de guerra o en familias maltratadoras, que les lleva a interiorizar la hostilidad del entorno.

“Tenemos que dar un apego seguro y, a partir del segundo año, acompañar su autonomía pero desde la disponibilidad emocional”, explica Verónica. Es decir, el niño necesita en estas edades los abrazos, cariño y contacto físico cuando lo demanda, para luego poder ir progresivamente fomentando su independencia.

Una de las dudas comunes de las familias es cómo corregir a los pequeños. “Un niño de tres años no suele tener un mal comportamiento, suele tener un comportamiento acorde a su edad”, explica Verónica. Cuando un niño de tres años está en la “etapa del no” o te reta, lo que está haciendo es aprender las normas e interiorizar los límites. Es decir, se trata de una fase por la que todos debemos pasar, por su utilidad evolutiva.

Esta psicóloga recomienda que “no hay que darle al niño lo que quiere, sino practicar la crianza respetuosa”. Nos dice que este concepto aparentemente revolucionario es sencillamente la convicción de que “hay que tratar a los niños con respeto, porque es como debemos tratar a cualquier ser humano”. Para Verónica, esto se traduce en que los adultos (progenitores y maestros) estemos disponibles para ellos y no usemos el cariño o el amor como un método de corrección de conducta.

“Evitemos eso que se hacía antes de decirle que, si no me hace caso, me voy a poner triste o que, si no recoge los juguetes, no le voy a dar un besito”, explica Pérez Ruano. El cariño y el amor de una madre (o un padre) deben ser incondicionales, pero luego hay que explicarles esos límites. “Cuando la mamá dice “no”, tiene que ser un “no” claro y rotundo”, explica. Para esta experta, la clave es la repetición, ya que aprenden con mucho acompañamiento y de forma paulatina: “Con dos años, si a un niño le digo que no cruce corriendo la calle porque un coche le puede atropellar, entiende el concepto pero no las consecuencias y la noción de peligro que tenemos los adultos”, explica. La dificultad consiste en mantener esa constancia en la repetición, independientemente del nivel de paciencia que tengamos ese día.

Escuelitas: educar es más que conciliar

Una de las creencias que sigue demasiado asentada es la idea de que los centros de educación infantil cumplen una función de conciliación: te “guardan” el niño mientras tienes que ir a trabajar. Algo que según Diana Pérez se ve muy claramente cuando los peques se ponen enfermos. “A veces los traen malos porque ellos están apurados con el trabajo, que yo lo entiendo”, empatiza.

La Directora de Patas Arriba considera que son las administraciones las que tendrían que hacer más para favorecer la conciliación, con medidas como los cinco días libres para estas situaciones, recientemente aprobada. “Nosotros solo podemos tratar de explicar que esto es un centro educativo y que cuando un niño está enfermo no se encuentra bien, y además puede contagiar a otros compañeros”, nos cuenta. Pérez recuerda que, en el cole, si a tu peque le duele la cabeza o se encuentra mal, “te van a llamar para que le recojas, pues esto es igual”.

Diana Pérez se acuerda de unas bochornosas declaraciones de Enrique Ossorio, consejero de Educación durante la pandemia de COVID, que afirmó que la educación infantil no era una “actividad esencial” porque se limitaban a “cambiar pañales”. Esta directora cuenta que le duele mucho “escuchar a un político hablar de guardería en vez de escuela infantil, si ellos no cambian el discurso, no podemos cambiar que la ciudadanía nos vea como lo que somos: una parte del sistema educativo”.

El inglés y otros mitos en infantil

Las escuelas infantiles han empezado a introducir actividades en inglés debido a la elevada demanda de las familias. “Vende muy bien que las escuelas sean bilingües”, explica Diana. Sin embargo, esta profesional nos cuenta que ninguna escuela tiene los recursos para hacer un verdadero trabajo de bilingüismo, para el que se necesitaría que hubiera dos educadoras por aula (una trabajando en castellano y otra en inglés), más un trabajo de acompañamiento en casa.

“Los niños a estas edades están aprendiendo su propia lengua materna, que ya es de por sí complicado, por eso yo siempre digo que lo que hacemos es un mero acercamiento al inglés”, sostiene la directora de Patas Arriba. Allí tienen una persona, un día a la semana en el aula de tres años (“a edades más tempranas no tiene sentido”, nos dicen) para hacer las actividades, como cuentos y canciones, en inglés. Esto permite que se vayan habituando al vocabulario y la pronunciación inglesas, aunque no constituya el aprendizaje de un idioma.

Más en general, no solo en infantil, “queremos tener bilingüismo sin tener los recursos y eso no puede funcionar”, explica Diana.

Por su parte, desde Raíces, Verónica nos pone en guardia sobre la proliferación de actividades de “estimulación temprana”. En estas edades, un adecuado desarrollo cerebral de nuestros niños se da con mucho contacto físico. “Hay que cogerles mucho en brazos y pasar con ellos mucho tiempo, en cantidad pero también de calidad, no solamente estar con ellos y con el móvil”, explica. Esta psicóloga nos invita a no complicarnos y a trabajar en “adaptar nuestras actividades de la vida diaria para que puedan hacerlas con nosotros, como ayudar a recoger la ropa, aunque tardemos un poco más”. Cuando aún son más chiquititos, recomienda leerles muchos cuentos para que vayan integrando vocabulario y cuenten con unos circuitos del lenguaje más ricos.

Implicar a las familias: los grupos interactivos

El Ayuntamiento de Rivas tiene un programa de apoyo a los centros educativos que promueve actuaciones educativas de éxito. En la Escuela Infantil “Patas Arriba”, desarrollan uno llamado “grupos interactivos” que permite a los papás y mamás entrar “hasta la cocina” en las aulas de sus peques. Antes de empezar, se les da una pequeña formación para conocer el programa y saber cómo se interactúa con los peques.

Aurora es una de las mamás que participa en este programa: “se trata de talleres que permiten que las familias participemos en actividades dentro del aula con el alumnado”. Se busca implicar a las familias e incluso madres como Aurora se implican en clases distintas de las de su hija, ya que no tiene disponibilidad cuando se hace en el aula de dos y tres años de su hija, por lo que participa de voluntaria en otro aula de cero a un año.

“Me pareció una actividad super enriquecedora para todos y no me quería quedar sin probarlo”, explica Aurora. Nos cuenta que las actividades planteadas por las docentes “dependen un poquito del nivel”. En ese grupo, hay más acompañamiento que actividades guiadas porque son niños y niñas aún muy pequeños. “”Estos grupos permiten que los peques interaccionen con otros adultos y amplíen su mundo de referencia”, nos cuenta. Pero es que además ella se divierte también: “lo que hacemos es acompañarles en el juego, interactuar con ellos, me tiro por el suelo con ellos a jugar, hacemos la croquetilla, ¡yo me lo paso super bien!”, relata.

Como madre, Aurora encuentra muy reconfortante aprender y ver que los niños (incluso con meses de diferencia de edad) tienen niveles de desarrollo diferentes. “Si no vives que las diferencias son normales, la crianza puede ser frustrante”, explica. También le alucina comprobar el espacio de confianza que se genera en la escuelita: “a lo mejor pasa el personal de limpieza y les llama a los peques por su nombre, ¡eso es una maravilla!”. Aurora agradece ver de primera mano la filosofía de “movimiento libre” (que destaca como pilar de Patas Arriba) y las “estrategias” que aprende allí y que le sirven para la crianza también en casa, por ejemplo, para saber gestionar los conflictos.

Esta participación de las familias impregna también al resto de la escuelita. Diana Pérez, su directora, nos cuenta que pueden pasar una mañana cuando quieran en la escuela y que trabajan por hacer todas las transiciones lo más naturales posibles. Por ejemplo, relata que “un niño que está durmiendo la siesta, no le vamos a despertar porque viene su madre a buscarle para tenerlo preparado”, sino que va a seguir durmiendo en su siesta y, cuando venga su madre, llega y le despierta a ella. “Es muy bonito, que llegues y que abras los ojos y sea tu madre la que te esté despertando, que tengas esa posibilidad”, explica Pérez como ejemplo de cómo hacer que la escuelita y nuestra casa no sean compartimentos tan estancos.

“El periodo de adaptación de los niños siempre es duro, porque el niño entra en un sitio nuevo, con otros niños que lloran y una señora a la que no conoce, se trata de que sea la mamá o el papá quién te lo entregue”, explica Diana. Las familias pueden quedarse un rato jugando, lo que normaliza la situación y ayuda a que los peques construyan “esa confianza y ese vínculo que hace que luego se queden felices”. Según su experiencia en Patas Arriba, las familias se implican mucho, “incluso mandan a los abuelos, los tíos o un familiar a participar en los grupos interactivos, si ellos no pueden”.

En la cooperativa que es Patas Arriba han hecho mucho hincapié en que la toma de decisiones sea entre todas las personas integrantes y en generar ese buen clima de amor y confianza con las familias. “Si el equipo se siente bien en un sitio, lo va a hacer bien, porque si te dedicas a la profesión que te gusta, te sientes querido, te sientes reconocido y tienes un equipo que te apoya, lo único que nos falta es que nos paguen mejor, lo demás está todo”, concluye su directora, volviendo a recordar las malas condiciones laborales de la profesión.

Al fin y al cabo, siempre ha habido niños que han crecido, pero nunca hasta ahora habíamos contado con infraestructuras y profesionales capaces de darle el acompañamiento que necesitan. “Tú planteas propuestas porque conoces lo que necesitan esos niños, según el momento en que se encuentran”, explica Diana. Esta profesional destaca que, además de acompañar en el juego, hay un acompañamiento emocional: “Si un niño está triste, si un niño está contento, poner voz a lo que hacen, a lo que dicen, a lo que sienten, todo eso es acompañar, no se trata de intervenir en su juego”. La Escuela Patas Arriba pone de protagonista del aula al niño y saca a la maestra, que se convierte en acompañante del proceso de aprendizaje.

Mordiscos y otras formas de relacionarse con el mundo

Una de las funciones más importantes de las escuelas infantiles en estas edades es que enseñan a los peques a socializar con otros. “Ellos empiezan a descubrir a sus iguales, porque al principio no tienen conciencia del otro”, explica Diana. Ella explica que las familias no siempre entienden ese momento del desarrollo en el que surgen conflictos. “Han mordido al niño o es que esta niña araña mucho, dicen, pero no es una cuestión de niños buenos o malos”, sostiene esta educadora. En estas edades de descubrimiento del otro, aún no existe una conciencia de que si mordemos a alguien le hacemos daño. Los pequeños están explorando el mundo y encontrando los límites.

“Si un niño muerde, a lo mejor es porque está enfadado o porque le están saliendo los dientes y le duele, está expresando un malestar ya que aún no tiene lenguaje”, explica Diana, yendo a la raíz de esos problemas. Se trata de no culpabilizar, acompañar al niño y explicarle que no puede morder a otros niños porque les hace daño.

Los niños “cachorrean”, explica Diana. A veces necesitan tirarse encima de algo o moverse con otros, como vemos hacer a cualquier cría de animal mamífero. “Y en ese cachorreo, a veces se molestan, entonces hay que explicarles que si su amigo no quiere jugar pueden tumbarse pero encima de ese peluche grande, por ejemplo”, nos cuenta. Esta forma de proceder permite a los niños que se sientan entendidos a la vez que van interiorizando los límites de la sociabilidad y el comportamiento. “Cuando se van haciendo mayores, esos niños bien educados vemos que se convierten en adultos que manejan mejor las situaciones”, explica.

Ahora, como Diana, estas -mayoritariamente- mujeres que aprendieron de pequeñas la importancia de lo colectivo le dicen a la Comunidad de Madrid y a las empresas que dejen de “morderles” los sueldos, porque quieren dedicarse a lo que les apasiona: educar a las nuevas generaciones en la etapa educativa más fundamental para su desarrollo.

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