En los tiempos antiguos la libertad era, sobretodo, cosa de los libertarios que hacían de ella un bien supremo, un valor no instrumental ni supeditado a ningún otro, un valor que no encontraba en la libertad de los otros un límite, sino un refuerzo de la propia.

Ha pasado el tiempo y aquello parece haberse difuminado o relegado a otro lugar ignoto. Encima, con el sindiós de la pandemia los gobernantes de esta autonomía madrileña han pasado a la ofensiva y quieren “actualizar” el concepto de libertad para hegemonizarla y anclar la idea en “su” concepción del mundo.

Vecinos/as pensemos. No podemos aceptar que alguien sea libre solo cuando no tiene una prohibición, pensamos que alguien es libre de hacer algo cuando tiene los medios para ello. Lo otro es un puro formalismo, una cortesía.

Un vecino pobre no es libre para comprar una casa si no tiene el dinero para ello. Nadie es libre si tiene hambre, si no tiene tiempo, si no puede más…, o si no tiene planeta.

La idea de la libertad de nuestra presidenta matritense ha puesto en la diana al Estado, a la política y en general a cualquier ámbito de decisión colectiva. Los ha colocado como los grandes enemigos de la libertad. Para ella y sus acólitos cualquier individuo es más libre cuantas menos normas limiten su voluntad. Pero ¿todo lo que limita la voluntad de una persona son normas públicas?.

En absoluto. La actividad que realizas para ganarte el pan, el tiempo y la salud que le dedicas, la ciudad donde vives, el tiempo de desplazamiento, el tiempo libre, tu estado de ánimo, tus deseos…¿dependen acaso de normas públicas?. No, dependen mucho más del dinero que tengas, y las libertades que dependen del efectivo suelen ser privilegios, heredados generalmente.

Los neoliberales hacen trampa pues asumen que antes de las normas públicas existe la libertad y que las relaciones entre las personas son el resultado de un libre acuerdo. Falso. ¿Quién le va a obligar a un empresario por cuanto contratar, si hay alguien dispuesto a trabajar por ese precio voluntariamente, sin que nadie le obligue?. Falso. La trampa es que la necesidad si que obliga, e incluso la falta de alternativas también obliga.

El terreno social no es un terreno neutro. Está marcado por una brutal desigualdad de partida por la que algunos son dueños de sus cuerpos y su tiempo y otros deben venderlos.

El gobierno democrático de la vieja Atenas (según hemos leído en “El eclipse de la fraternidad” de Antoni Domenech) se dedicó a solucionar esto, no por la vía de la exclusión política, sino por la producción de instituciones que liberasen a los pobres de la necesidad del sometimiento a otros, entendiendo que sin ello no serían ciudadanos. Esta libertad en común, por la que emanciparse es confraternizar, la recogieron los padres fundadores de la república norteamericana, de los EEUU.

Siguiendo esta idea republicana y positiva de la libertad, esta, la tenemos que entender como el no sometimiento, la emancipación de cualquier tutela que les dé a otros el poder de decidir sobre tu vida.

¡Ojo!, esto no significa la ausencia de normas. Una sociedad en la que el libre desarrollo de todos es la condición del libre desarrollo de cada uno, esa sociedad en que la libertad necesita instituciones justas y democráticas para realizarse y reproducirse es la que deseamos porque es cosa de los propios  ciudadanos y ciudadanas el conseguirla.

Salud, comunicación, os deseamos desde el Pregonero programa informativo de Radio Cigüeña.

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