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Espectáculos efímeros: de la antigua Roma a nuestros tiempos

Espectáculos efímeros

Ya estamos en diciembre y entramos en esas entrañables fechas. Momentos de familia, pero también momentos para caminar por nuestros pueblos y ciudades para contemplar y admirar monumentales estructuras de luces y asistir a espectáculos y cabalgatas.

Dicho de otro modo, ¿estamos ya preparados para la cabalgata de los Reyes Magos? ¿ya ha empezado el runrún de niños pidiendo que los llevemos a Cortylandia? ¿Listos para estar rodeados de gente admirando el despliegue de carrozas y algún camello de verdad? ¿Esperando con ganas ver el encendido de las luces?… ¿Algún fan del alcalde de Vigo?

Desde luego las Navidades son el paradigma de estos espectáculos efímeros unidos a fechas señaladas. Pero no se nos escapa que estos despliegues son propios también de otras festividades como las Fallas en Valencia o la Feria en Sevilla o el Pilar en Zaragoza. Y también sabemos que si hay un título futbolístico o un cae la copa de un Mundial tenemos asegurado desfile y gran escenario con Pepe Reina gritando “¡Camarero!”

Si nos paramos a pensar, ¿por qué tenemos unida la idea de una celebración pública con un desfile y/o una multitud de alardes arquitectónicos efímeros? ¿Por qué desde el pueblo más pequeño a la capital de provincia más grande el alcalde tiene asumido que para las festividades de la Virgen de turno toca montar escenario enorme con luces para que toque la Orquesta Maravillas? ¿Y por qué en Navidad ese mismo alcalde tiene que gastar tantos recursos públicos en levantar en árboles llenos de luces o construir enormes pistas de patinaje sobre hielo como si esto fuera Nueva York en una película de Papá Noel?

Pues a lo mejor porque se ha hecho siempre así, y cuando decimos siempre nos debemos remontar, cómo no, a cuando Europa era Roma.

Hay una línea clara que une una fila de autobuses descubiertos con música a todo trapo con un “Triunfo” romano, el levantamiento de grandes estructuras cuajadas de leds con los primeros anfiteatros de madera que se construían para albergar los combates de gladiadores hasta que a Vespasiano le dio por darles sede fija en el Coliseum.

Es cierto que el que escribe estas líneas es uno de esos hombres que piensa constantemente en el imperio romano (¿a quién no le va a gustar? ¿eh? ¿a quién no le va a gustar?) Pero el paralelismo es demasiado obvio y nadie puede negar que esos desfiles, compuestos por carrozas y carrozas cada vez más recargadas llenas de gente que tira caramelos, tienen un indudable parecido con esos triunfos de legiones victoriosas en las que se exhibía el botín obtenido en campañas lejanas, a la vez que esclavos arrojaban pan y regalos a las masas enfervorecidas. Como también lo tiene la celebración de un mundial con su, otra vez, caravana de autocares descubiertos con futbolistas sujetando precariamente la copa que tanto costó ganar.

Y ya que hemos hablado de un deporte, es sorprendente lo que se parece esta llegada de los ganadores de un mundial de fútbol o de baloncesto con la pompa característica de los espectáculos deportivos romanos por excelencia: los ludi gladiatorii y los ludi circenses. Avisando que la palabra “pompa” no es en el sentido que podamos darle ahora, es que la palabra “pompa” en tiempos de Augusto o de Cómodo era como se llamaba a la procesión de un triunfo o la anterior al espectáculo gladiatorio o de carreras que discurría por las calles de Roma. En estas procesiones se mezclaba lo religioso con lo político y con lo deportivo, como hoy se mezcla la publicidad del Corte Inglés con uno de los principales relatos fundacionales del cristianismo.

En otro sentido, igual que en el triunfo el general victorioso (el imperator) abría el desfile en una cuadriga con la cara pintada cual dios Marte para que el pueblo le reconociera, en las pompas deportivas quien iba abriendo era el “sponsor” del espectáculo, normalmente un político que pretendía ser elegido o reelegido. No como ahora… ejem.

En todo caso, todo esto de los desfiles y el aumentar hasta el infinito el número de luces que iluminan las calles, parecen tener el mismo sin sentido que la antigua Roma en la que los primeros triunfos no eran más que un banquete para recibir a las tropas cansadas alegrándose de la vuelta, más o menos enteros, de padres, hijos y maridos. Al final acabaron en un “se me fue de las manos” característico de los romanos que incluían días y días de carreras de caballos en el Circo, cientos de enfrentamiento de gladiadores y reparto de comida por doquier. En el fondo ya sabemos que somos romanos.

Es por ello por lo que, el próximo 5 de enero, cuando esté pasando frío con hijas y sobrinos viendo pasar la comitiva real, seguramente se me pase por la cabeza que estaría muy bien que ese concejal de obra pública que hace de Baltasar, en lugar de pintarle la cara de negro (con lo mal que queda en todos los sentidos), se le pintara de rojo como al imperator con un paje detrás que le susurrara “Memento Mori, recuerda que solo eres un simple edil” o algo así.

Felices fiestas.

¡Ah! Bonus Track. Hablando de la Cabalgata de los Reyes y de Baltasar, recordad que el rey bueno, bueno (si hay algún rey bueno), es él: Baltasar. Que la famosa mirra era una resina olorosa de un valor muy, muy superior al oro. Una buena metáfora en estos tiempos navideños de luces y competición entre alcaldes: que el brillo no os despiste de lo verdaderamente valioso.

Texto: José Luis Garrido

Más divulgación cultural en nuestro podcast: www.elabrazodeloso.es

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