¿Saben ese que dice que van dos españoles peregrinando a Roma y, por no soportarse más de diez minutos y aguantarse las jetas, uno primero se va a Constantinopla y el otro se desvía a El Cairo? Seguramente de esas divergencias patrias viene el refrán de que “todos los caminos conducen a Roma” y, si no es así, debería serlo por el procedimiento experimental de observación analítica y su conclusión en resultados objetivos. Porque mis compatriotas y yo mismo, hasta donde mi recuerdo alcanza, siempre hemos ido por libre, cada uno a su aire, desparejados, sin intención de hacer granero alguno y mejor solos que mal acompañados, como puede percibir cualquier oriental que nos visite. Y eso que desde los púlpitos eclesiales, las tarimas académicas y las agrupaciones cuarteleras de todo tipo, nos han instruido, mal (que todo hay que decirlo), en la necesidad de trabajar codo con codo, todos a una (pero no como los de Fuenteovejuna), remando en la misma dirección como los galeotes, apretadas la filas y los ojos puestos únicamente en el horizonte o en el futuro. La evidencia de que la formación en un espíritu nacional único no ha funcionado nunca es manifiesta en el individualismo egoísta y narcisista que todos y cada uno de los habitantes de la vieja piel de toro (sin Portugal, claro) hemos desarrollado como uno de nuestros atributos más destacados.

Desde hace años se ha tratado de combatir esa deficiencia desde la formación, sobre todo la empresarial y la universitaria (Bolonia dixit), intentando implantar en nuestra programación neuronal y en nuestros hábitos el trabajo en equipo, no diría yo que con mucho éxito, porque la mayoría de nuestros compatriotas admira todavía más a un famoso que al Centro Superior de Investigaciones Científicas, al ladrón y evasor de impuestos más que a la Hacienda Pública, y a un influencer o un youtuber más que al Instituto Cervantes. Debe de ser que ha calado más en nosotros aquello de que todo estadounidense, cualquiera que sea su origen, raza o religión, puede llegar a ser presidente de los Estados Unidos de América y nos hemos deslumbrado con las luces de Hollywood hasta el punto de habernos quedado cegados por la ilusión y la quimera. Porque, admitámoslo, seguimos siendo diferentes y ante el desastre, lejos de trabajar en común, recurrimos como picarillos y picaruelos al clásico sálvese quien pueda.

Es emocionante que, pese a un defecto tan serio de base, sin embargo, los españoles, bien dirigidos, en este caso por un italiano brillante y muy muy elegante, podamos habernos convertido este verano, una vez más, ¡qué éxito y qué alegría la nuestra!, en campeones de Europa de baloncesto. La gesta ha llenado los periódicos de una noticia por fin buena y las caras de los locutores de televisión nos han sonreído como nunca al anunciar la maravilla de la resurrección del orgullo patrio cuando todo parecía condenado, si no a un fracaso, sí a una época de transición para formar de nuevo un equipo de garantías. Y nos han sermoneado, arengado, animado, incitado, empujado…, para que reconozcamos las virtudes del trabajo en equipo, capaz de hacer que un grupo de semi desconocidos se convierta en una familia bien avenida que lo puede lograr todo. No es poco mérito, aunque no sean públicos ni los bonus ni las primas que cada jugador recibirá por el éxito, pero seguro que no serán menos de los doscientos mil euros que recibieron por el campeonato de 2015. ¡Qué contentos estamos, claro que unos más que otros!

El europeo de baloncesto, con sus cruces de cuartos, semifinales y partido final doblegando a la siempre aleve Francia, que estaba llena de figuras pero no fue capaz de jugar como nosotros, en comandita, ha servido de contraste con la España real, en la que nuestros dirigentes llevan años sin ponerse de acuerdo y son capaces de paralizar el funcionamiento constitucional de los órganos de justicia porque todos y cada uno de ellos defienden los intereses de sus benefactores, clientes y allegados, por encima del bien común y el interés social. Al contrario que en el deporte, los diferentes bandos o las distintas bandas, según se prefiera el masculino o el femenino, que el castellano es muy rico y los políticos parecen muy necesitados de capital, se han encastillado detrás de sus líneas rojas y de sus ventajas adquiridas, dejando claro que los equipos están muy bien para hacer patria pero no los quieren en absoluto para construir una nación fuerte. Y así se establece la paradoja más amarga, que unos tiran para Constantinopla y otros para El Cairo mientras un delegado europeo les trata de dirigir a Roma y ellos se hacen los locos. O los individualistas. O no hacen nada.

Jesús Jiménez Reinaldo

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