En 1989, Marvin Harris, el más conocido de los divulgadores de antropología, publicaba en su libro “Nuestra Especie”, un capítulo que titulaba “El Coste Oculto del Machismo”, en el que sintetizaba una explicación para todo lector, a la menor longevidad masculina estadísticamente observada. Se refería a nada menos que el precio que tenían que pagar los hombres para cumplir las expectativas sociales hegemónicas, de la “imagen machista, culturalmente determinada”, asignadas a la condición de hombre, que termina empujándolo a un abismo de perpetua competición y gesto agresivo. Un mundo de soterrada violencia, escondida en el profundo arraigo socio-cultural.

Comenzamos estas breves reflexiones con la anterior referencia, con el propósito de invitar a las lectoras y lectores a entrever lo que dos mujeres en política, con convicciones enraizadas en  la democracia plena y la justicia social, queremos perfilar a modo somero a través de estas líneas.

La pandemia de COVID-19 ha desencadenado procesos subjetivos de introspección que nos han llevado a objetar nuestras pautas de consumo, nuestras prioridades vitales, nuestros afectos, nuestras conductas. También ha puesto pruebas objetivas a la institucionalidad -incluida aquella de la que formamos parte- de su poder de reacción a la catástrofe sanitaria y su consecuencia inmediata, una crisis económica global mayúscula.

Hemos recibido la confirmación que nos ha dado el informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, de que nuestra especie está transitando por la senda de la destrucción de la biosfera del planeta Tierra, siendo el artífice del ya irreversible cambio climático. Como toda generalización, esta, también es odiosa, puesto que es un modo de vida muy particular -el basado en el consumo desenfrenado, la producción a gran escala y la riqueza proveniente de la renta- el que ha acelerado este proceso, sin vuelta atrás.

Nos ha tocado vivir un momento convulso en un mundo -y con este, en nuestro entorno concreto- que está experimentando un momento crucial de una doble dimensión. La primera de estas, tiene que ver con un punto de quiebre civilizatorio de un potencial transformador radical sobre las dinámicas sociales, flujos económicos y escalas de valores éticos. Somos testigos de cómo se está reorientando el discurso económico proveniente de los polos de poder político mundiales. La fiscalidad justa centrada en gravar más al que más tiene (mucho más), el gasto público para el incentivo de las economías, los fondos de reconstrucción, ya no son anatemas, sino propuestas, cuyos abanderados – la administración Biden, el Fondo Monetario Internacional, el G7, la OCDE e incluso la Unión Europea- parecen estar reconfigurando el mundo tal como lo conocemos, al menos por el momento. Y desde luego en España, nuestro Gobierno está siendo claro precursor de esta tendencia, con una praxis de medidas adoptadas en este primer año y medio pandémico, sustentada en el acuerdo firmado entre las dos fuerzas políticas que lo conforman, el PSOE y Unidas Podemos.

Pero además, si algo hemos aprendido durante esta pandemia, es la importancia de la política comprometida y cercana, donde la política municipal sea el motor que ponga en marcha esas propuestas para lograr que nuestras ciudades favorezcan un equilibrio sostenible entre el desarrollo económico y social, junto a la protección del medio ambiente, abriendo un diálogo amplio entre la ciudadanía, a través de diferentes perspectivas. En esa línea trabajamos desde Rivas a través de un gobierno de coalición, donde Podemos ejerce como un actor clave en la transición ecológica para cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible marcados por la Agenda 2030, desarrollando un papel vital en esa primera dimensión transformadora.

La segunda de las dimensiones del momento actual tiene que ver con nuestra organización política, Podemos. Pocas veces en la vida se podrá ser partícipe de un tiempo histórico como este. Y pocas veces vamos a presenciar una ventana de oportunidad como la que se ha abierto con el nuevo ciclo político, que tiene características deliberativas, identitarias, definitorias, estratégicas. Un círculo virtuoso en el que se retroalimentan los ejes fundamentales de la organización renovada, sobre los que cimentar nuestra acción política.

Es el tiempo de lo coral, clarificado en nuestra voz propia surgida de la sinergia de decenas de miles de voluntades. Es el tiempo de lo femenino, de una sensibilidad vital y política que nos atraviesa, en cuyo seno se origina un cambio de paradigma: de la competición a la colaboración; de la imposición a los cuidados como forma de vida; del yo al nosotras; del expolio neoliberal de lo público a una sociedad regida por lo colectivo.

Es el tiempo de un sentido común de la vida, que nos abra la posibilidad de tener un hogar para las generaciones venideras, no hostil a la existencia misma.

También es tiempo de lo radical, como la aspiración de dejar atrás la odiosa medida de “lo posible”. Es tiempo para un proyecto país, capaz de conciliar y sumar fuerzas, convocante e ilusionante. Un proyecto que irradia todos los niveles de gobierno, desde el estatal hasta el municipal, pasando por el autonómico. Con la importancia de dialogar, compartir y tejer alianzas situando a las personas en el centro de unas políticas progresistas que avancen en derechos, en igualdad y en un horizonte verde. Por eso nos vamos a volcar en la tarea de escuchar, de exponer ideas para diseñar ese proyecto de ciudad y de país que nos incluya a todas y todos.

Se abre un nuevo horizonte donde nuestro reto se centra en el Círculo Virtuoso del CRECER: crecer en cantidad y en calidad. Y ahí es donde necesitamos todas las fuerzas posibles para SEMBRAR desde antes de nacer, REGAR en estos últimos años, NUTRIR con saberes que nos da la experiencia, FLORECER en un proyecto con VOCACIÓN de TRANSFORMAR…y con vocación de GOBERNAR para RECOGER los frutos, que no son otros que vivir en un país del que todas y todos nos sintamos orgullosas y orgullosos.

Vanessa Millán

Vesselina Vateva

 

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