OPINIÓN

Come, juega y gana: ¡La estrategia está servida!

El sabor de lo local

Artículo de la sección «Por un poco de coco» en la Revista Zarabanda de noviembre de 2025.

En medio del bullicio del mercadillo, entre puestos de fruta y verdura, el aire se llena de aroma y las bolsas crujen al llenarse. Allí, dos personas se cruzan sin planearlo y comienzan una conversación que, sin querer, desmonta varios de los mitos que rondan a los alimentos.

Uno comenta que la fruta del supermercado está cargada de plaguicidas y que lo que se vende en el mercado es “más natural”. El otro, con una sonrisa, le recuerda que la mayoría de fruta que llega a los grandes almacenes ha tenido que pasar por controles de inocuidad muy estrictos. Los residuos de plaguicidas están regulados por la EFSA, cuyo último informe muestra que solo el 2% de las más de 130000 muestras analizadas superan los límites legales y que el 58% no presenta residuos cuantificables. Incluso cuando aparecen trazas, la exposición es tan baja que resulta insignificante, sobre todo si se lava la fruta. En otras palabras, el riesgo para la salud es muy bajo, esté donde esté comprada.

Lo mismo ocurre con la pérdida de nutrientes. Si comparamos una fruta del supermercado, recogida antes de tiempo y madurada en cámara, frente a una pieza del mercadillo, recogida en su punto óptimo de maduración, se observa una pérdida mínima. Nuestro organismo seguirá recibiendo la cantidad suficiente de nutrientes, se compre donde se compre la fruta y verdura.

La conversación pasa a la irradiación de los alimentos. “Dicen que es peligrosa, que los vuelve tóxicos”. En realidad, se trata de una técnica regulada por el Codex Alimentarius, organismo perteneciente a la FAO y la OMS. Su objetivo es eliminar bacterias y prolongar la vida útil, es decir, el periodo durante el cual el alimento sigue siendo apto para el consumo, sin dejar ningún tipo de residuo. La dosis utilizada es tan baja que apenas afecta a la composición nutricional, es comparable a lo que ocurre al cocinar al vapor. Así, la irradiación funciona como una forma de pasteurización basada en luz de alta energía, segura y controlada.

Con los mitos ya desmontados, la charla cambia de tono. Surge la pregunta de que si la calidad nutricional no depende únicamente del sitio de compra ¿por qué hay que acudir a los distintos mercadillos de la ciudad? Antes podíamos ir al mercadillo ecológico y actualmente, podemos acudir tanto a los mercados en apoyo al pequeño comercio como al mercado nómada, que se instala de forma itinerante en los distintos barrios de la ciudad.

La primera razón es la relación directa con quien cultiva los alimentos. En los diferentes puestos, los vendedores suelen ser los propios agricultores o intermediarios cercanos, lo que permite saber quién cultiva, bajo qué condiciones laborales y qué prácticas agrícolas se emplean. Comprar directamente apoya a pequeños productores que practican una agricultura sostenible y justa, evitando cadenas largas donde el trabajador queda invisible.

Luego, el consumo local se traduce en una huella de carbono mucho menor. Los productos viajan pocos kilómetros antes de llegar a la mesa, lo que implica menos emisiones de CO2 y menor uso de combustibles fósiles. También se reduce el embalaje: muchas frutas y verduras se venden sueltas, sin plástico excesivo, disminuyendo la generación de residuos. Cada kilo que no recorre cientos de kilómetros es una pequeña contribución a la lucha contra el cambio climático.

Finalmente, la frescura y el sabor auténtico son ventajas que se perciben al instante. Al estar cosechados recientemente y llegar rápidamente al mercado, los alimentos conservan su perfil organoléptico. La rapidez entre la recolección y la venta permite disfrutar de productos en su punto óptimo de maduración, algo que a veces se pierde en la cadena de supermercados, donde la fruta puede haber sido almacenada antes de exhibirse.

Al terminar la conversación, ambos siguen caminando entre los puestos, ahora con una visión más clara. La ciencia les ha demostrado que la fruta del supermercado no es “peligrosa”, pero la elección del mercadillo aportan beneficios que van más allá de la composición nutricional. Comprar allí se convierte en un acto de consumo responsable: se apoya a la comunidad, se reduce el impacto ambiental y se disfruta de alimentos más frescos y sabrosos. En ese intercambio cotidiano, la gente descubre que desmitificar los temores a la química no elimina la oportunidad de hacer elecciones que beneficien tanto a uno mismo como al planeta.

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