Todo lo que está hecho por el ser humano, ¡todo!, tiene un mensaje; y, todo lo que está dicho, propuesto, ideado, imaginado o soñado, también. En resumen, todo lo que sale de una sociedad o todo lo que significa una sociedad conlleva o implica un mensaje, se quiera o no.

El motivo es que únicamente la sociedad existe, funciona, hace y se consigue por mensajes, por efectos de informaciones (o de “desinformaciones” que, al fin y al cabo, solo son informaciones malogradas en algo) que causan los seres humanos, aunque de una manera directa-explícita o ya de una manera indirecta-pasiva. ¡Siempre!

El caso es que, del modo que sean en calidad esos mensajes que “brotan”, que se diseñan o que se ofertan en una época, así saldrá una sociedad o se determinará una sociedad en tal época. Pero los mensajes pueden estar llenos de ignorancias, de insensateces, de estupideces sutiles, de soberbias de “seudosabidurías”, de políticas de mucha apariencia o “buenizadas” con tácticas de mucha retórica o de desalmada publicidad, que solo manipula.

Sí, los mensajes “per se” portan todas las confusiones posibles (”por defecto”), aun todos los vetos posibles o todos los males posibles. Por ello, para que den garantía de algún bien o de alguna mejora en humanización, han de sujetarse por obligado (sin excepciones) a una condicionalidad, y que tal sea estrictamente responsable, y consciente en una medida posible.

Desde eso, está claro que el mensaje más sensato será aquél que solo demuestre racionalmente sensatez, que el mensaje más justo será aquél que solo demuestre racionalmente una decente equidistancia en el valorar los hechos de todos, que el mensaje más pacífico será aquél que solo demuestre racionalmente que no colabora a una apología de que ha de realizarse alguna guerra, sea por el motivo que sea. Así es.

En concreto y sin engaños, existe la posibilidad de que alguien dé un mensaje con acercamiento a un equilibrio; o sea, de que lo dé limpia o racionalmente, de que lo dé sin apegarse mezquinamente a intereses parciales ni a prejuicios fijados por corporaciones lucrativas ni a premiaciones innobles o cobardes que día tras día (con una injusta sobreprotección) fomenten grupos culturales o literarios.

He ahí que el mensaje inteligentemente correcto, justo, valiente e imparcial (en no ser interesado en beneficiar miserablemente solo a unos), es factible si demuestra una racionalidad siempre, si respeta una limpia coherencia siempre, insoslayablemente, sin trucos.

No obstante, eso requiere incontables RENUNCIAS a seguir a unos procedimientos irracionales ya instalados en la sociedad, a unas adulaciones que sirven de puente para unos habituales éxitos sociales y a unos grandísimos tratos de favor (nunca de maltrato) que siempre reciben todos los que, en complicidad o en acomodo, benefician a los mensajes mezquinos y cobardes. ¡Claro!

Lo que quiero decir es que, sin remedio, el que da un mensaje limpio y equilibrado, tendrá que afrontar esas renuncias y, también, todos los ninguneos, vetos, incomprensiones, difamaciones, desprecios, puertas cerradas o hachazos que vayan surgiendo. Y aun, serán peores, cuanto menos recursos de supervivencia le haya dado Dios o la errante “Vida”.

En fin, dejo por último una reflexión: FUSILAR siempre es más cómodo que escuchar. CENSURAR siempre es más cómodo que VIVIR Y DEJAR VIVIR. SILENCIAR siempre es más cómodo que superar al otro rebatiéndole con más razonamiento. LINCHAR-DIFAMAR siempre es más cómodo que TOLERAR EN DECENCIA al fin ya otra forma diferente de vivir-sentir.

José Repiso Moyano