Las mejores cosas del verano son, en mi modesta opinión que no está exenta de muchas y variadas experiencias, las noches tibias de junio, las relaciones sexuales a tontas y a locas durante los sanfermines, las cervecitas bien frías del chiringuito playero que tendría que estar abierto las veinticuatro horas del día de lunes a domingo para todo cuanto se terciara y, por supuesto, ponerse malo a principios de septiembre para no reincorporarse al trabajo así de sopetón, cuando lo hace todo el mundo y, además, de mala leche. La horchata casi helada, las siestas largas y en buena compañía, la tortilla de patata fría y casi zarrapastrosa cuando te vas a la cama después de despachar unos cuantos vasos de whisky de importación, no te vayas a despertar al rato rabiando de hambre, también están entre las actividades preferidas de mis veraneos.

Resulta difícil dejar definitivamente atrás un tiempo que sabemos que añoraremos demasiado pronto. Durante más de tres meses hemos podido disfrutar, con la palmada aprobatoria del tribunal que nos tutela desde los medios de comunicación de masas, del verano más fresco del futuro y nos han animado a gastar lo que habíamos ahorrado y lo que no teníamos en la cuenta bancaria, porque la vida son dos días y hoy luce el sol, arden los bosques y nada hay más importante que este presente en el que tu piel luce morena y la sal de la vida no te dispara por una vez la hipertensión. Que se disparen los precios si quieren, como si fuesen fuegos artificiales en la noche estival, que hace mucho tiempo que interiorizamos aquello de que el futuro es una entelequia, una invención de los cobardes, la suma de todos los miedos. En pleno verano no existe el porvenir y, si no fuera así, entonces ya lo mataríamos entre todos, ¿no?

Claro que se oyen voces discordantes, que no se hizo la miel para la boca del elemento asnal, pero durante estos meses no sólo no las hemos atendido, sino que incluso las hemos silenciado por activa y por pasiva: a los iluminados del cambio climático les hemos dado la razón como a los tontos mientras conducíamos por las autovías a ciento cuarenta kilómetros por hora y apagábamos la sed con refrescos servidos en botellas de plástico de usar y tirar (a los arcenes); a los pusilánimes de la Covid-19 los hemos mirado mal cuando se permitían cruzarse con nosotros llevando esas mascarillas irritantes, tan feas, que contaminan lo suyo y sólo sirven para no contagiarse de lo que es una simple gripe; a los medrosos del efecto de la inflación sobre el precio de la cesta de la compra y de los combustibles los hemos ignorado como se merecen, porque, como dijo aquel genio, sabe dios cuándo habrá otro verano. Hemos abusado del agua para llenar las piscinas, del aire acondicionado para sobrevivir a la canícula y de la paciencia de Cicerón con fiestas multitudinarias e hiper ruidosas.

Como no todo iban a ser celebraciones y buen vino, algunas voces autorizadas y otras que no han comenzado a anunciarnos ahora la llegada del tercer jinete del apocalipsis para esta temporada de otoño-invierno. Si alguien estaba esperando que la juerga siguiera a costa de la Unión Europea, que a lo que se ve se había obcecado para nuestra sorpresa en subvencionarnos las deudas con una prodigalidad fuera de lo común, ya puede ir dándole las gracias a Putin y a su guerra personal, porque ha conseguido lo que parecía increíble hace solamente dos años: la subida de los tipos de interés, la inflación desbocada, la falta de suministros y una inseguridad, social y nuclear, que nos ha dejado blancos y colgados como ropa tendida en el alambre. Después de la peste, después de la guerra (para los más pesimistas aún vigentes), estaba claro que tenía que alcanzarnos también el hambre, como a las hormigas poco previsoras o a las cigarras cantarinas. Asistiremos, pues, después de tanta fanfarria y tanta jarana al desembarco de la miseria y de la pobreza, que por supuesto llegará por barrios y habrá a quien, oh libertad, que sea yo, no le manchará ni las suelas de las botas camperas. Y sálvese quien pueda, como siempre.

Y ya puestos a escuchar malos augurios y a pésimos anuncios, les recuerdo que el cuarto jinete, pálido, es la muerte, simbólica o no; dime, caballito negro, ¿dónde llevas tu jinete muerto?

Jesús Jiménez Reinaldo
http://cristalesrotoseneleden.blogspot.com