OPINIÓN

Radio, un bien común

El gran mercado del mundo

Artículo de reflexión literaria de Álvaro Villanueva sobre los mercadillos, tema del número de noviembre de la Revista Zarabanda.

Cuando pienso en los mercadillos, mercaderes de arcoíris, además de frutas, debe ser domingo e invierno. Una mañana más o menos fría, sin nada que hacer, tan solo ganas de andar con los ojos medio abiertos. Hay un poema de Neruda, Explico algunas cosas, cuyos versos siempre me traen ese aroma temprano y tantos y tantos recuerdos:

Todo

era grandes voces, sal de mercaderías,

aglomeraciones de pan palpitante,

mercados de mi barrio de Argüelles con su estatua

como un tintero pálido entre las merluzas:

el aceite llegaba a las cucharas,

un profundo latido

de pies y manos llenaba las calles,

metros, litros, esencia

aguda de la vida,

pescados hacinados,

contextura de techos con sol frío en el cual

la flecha se fatiga,

delirante marfil fino de las patatas,

tomates repetidos hasta el mar.

Entonces el chileno tenía un propósito muy diferente: describir la vida antes de la Guerra Civil, antes del gran declive, del cese de todo. Pero es en ese folklore del campo, de la tierra, que el ambiente, la atmósfera del mercadillo recoge. Y no solo es eso, frente a los supermercados o los grandes centros comerciales, esta forma de “hacer la compra” tiene en su naturaleza algo de colectivo, de empático; de salvaje incluso. Cuando el comercio era de boca en boca, personal, íntimo con el vendedor, con el pequeño propietario del ultramarinos. Hablo también de la recomendación, del consejo, de “tú hazme caso, que esto hoy me ha venido bueno”. Del pillaje, del personaje y de la historieta, de la burla y del pícaro. Algo tan nuestro que tenemos que recuperarlo los domingos, cuando descansamos.

Ese trato, que ahora he tenido que llamar salvaje, es lo más civilizado del ser humano, pero quizás no lo más productivo. Un mundo como el de hoy no podría entenderlo a gran escala. A veces he deseado que la vida fuese así de fácil. Que se vendiesen lágrimas frescas en el puesto de Frutas Hnos. Álvarez, recuerdos en el de Concha y alegrías, muchas, donde Ricardo, que tiene a todo el pueblo engañado y vende amigos, salgan como salgan. Una construcción a petición, como una lista de la compra. Rica, fresca, pero, sobre todo, útil y necesaria.

Hablo de literatura, créanme que lo sé. El título de estas palabras no es otro que el de una obra de Calderón y la cita de Neruda o la reflexión que he descrito se orientan hacia el libro, más que hacia la realidad. Pero si hay tanta pena, tanta, y todos lo sabemos – claro que los mercadillos son difíciles de mantener, que tienen unas malas condiciones, que hay mucho pillaje y mucha mano suelta –, por qué no somos un poco niños y creemos que cada cosa es otra e imaginamos más. La utopía es el límite de lo imposible, pero debemos caminar hacia ella. Un pimiento verde italiano es una nariz muy grande y las nueces son cerebritos de conejos. La camiseta de un jugador de fútbol puede ser un tesoro. Lo más sencillo, lo que puede encontrarse sonámbulo, extasiado por los olores, solo o mejor con la familia, puede convertirse en recuerdo y escribirlo mucho más tarde.

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