Supongo que además de mí, serán ya muchos los que se hayan percatado de que vivimos en un sistema que desde hace mucho tiempo ha elegido entra la vida y la bolsa a esta última. Y en pandemia también. Cualquier cosa por “el desarrollo económico”.

Y a nosotros, al pueblo me refiero, en general nos encanta y nos tranquiliza dejarnos engañar. Nos gusta pensar que estamos “inmunizados” en vez de vacunados, y eso que no sabemos cuánto duran “las pilas” o si han servido para nosotros ¡Ya se verá! Mientras vivamos y bebamos a miles, gastemos que es de lo que se trata. No importa si realmente es cauto dejar que a las mismas residencias desde las que no mandaron a los mayores a los hospitales y murieron como en secreto, ahora podamos ir a abrazarlos en lo que pudiera ser el abrazo del oso, pues sabemos muy poquito de “las pilas”.

Así como la prepotencia y la mentira de los sistemas de quienes los manejan pueden ser infinitas, los recursos del planeta no, ellos ya lo saben, van a durar menos de lo que pensamos. Y nos va a faltar más de lo que nos tememos.

Solo hay que empezar a mirar hacia Inglaterra; no, no se debe solo a su salida del Brexit lo que les está sucediendo.

Pensamos que el agua es algo que sale por el grifo cuando se abre, y que va a salir siempre. Y también nos pasa con el gas por ejemplo: que es algo que nada más abrir la espita ya nos permite hacernos la comida. Y eso sí, que los magnates y los políticos podrán pagarlos y tenerlos siempre mejor que nosotros. Pero también estamos equivocados en eso.

No sabemos con certeza todavía el origen del virus matarife, que se ha hecho mucho negocio con él sí que lo imaginamos. También que ha habido quienes han hecho trampa y se han puesto la vacuna antes que otros por “caminos directos”. Pero por mucha prepotencia y capital que se tengan, si en algún momento el gas, por ejemplo, tiene que llegarnos por barcos de quienes nos lo quieran vender al precio que sea, y se convierte en un bien tan finito como el agua o la comida, ni tan siquiera los más poderosos podrán mandar sus yates de lujo a traerles un cargamento para poder seguir subsistiendo.

A quienes escupimos al cielo nos caen los gargajos encima, y ya hemos pasado de las lluvias finas, ya estamos bajo el chaparrón. Y no va a escampar. Esto no va para tan largo como pensamos mientras gritamos ¡¡gooool!! en aforos totales. Esto pasa por dejar el “desarrollo económico” en manos tan lamponas y prepotentes como incompetentes e ignorantes (sálvese quien pueda) desde Europa hasta nuestras propias ciudades, o nuestros pueblos más pequeños que aún no estén vaciados.

Pero la frase de moda es: “¡Qué disfrutes!”. Lamentablemente también es una falacia, una postverdad como el postcovid. O sea una mentira.

Y esto es lo que pensé el pasado 11S, día del 20 aniversario de lo más terrible que había visto en mi vida antes de la pandemia, cuando me asustaron unos estallidos enormes que hacían temblar las ventanas de mi casa, las mismas por las que hace unos meses aplaudía a los sanitarios, hasta que recordé que se estaban celebrando a bombo y platillo las Fiestas de mi localidad, totalmente alejadas de mi mente. Recordé que era obligatorio seguir “disfrutando” mientras ese mismo estruendo se estaba escuchando en las ventanas de un hospital cercano al que las madres ya no pueden ir a parir porque su planta de neonatos ha sido reacondicionada para UCI porque la pandemia no es “post”.

Pensé lo que, dramáticamente, vamos viendo: que esto en general (no me refiero a la pandemia) no tiene cura. Que eran fuegos de artificio.

Enrique Vales Villa