De las frases más repetidas siempre, y más aún ahora en los tiempos de pandemia, es ‘la salud es lo primero’, pero esto no es del todo verdad.

La salud es importante, pero la economía lo es todavía más, y si para salvar la economía hay que sacrificar la salud, todos, empezando por los individuos y acabando por los estados, siempre estamos dispuestos a hacerlo o al menos en la práctica lo hacemos.

Por ejemplo: hay determinados trabajos que, por nuestras condiciones particulares o por la actividad en sí misma, sabemos que nos está dañando nuestra salud (y/o daña la salud de los demás), pero por razones diversas continuamos haciéndolos y estas razones suelen coincidir con que nos reporta las remuneraciones económicas que necesitamos o que nos compensan. Ya encontraremos las razones oportunas para justificárnoslo o justificarnos ante los demás.

Tomamos la pandemia del Covid como referencia, ahora sí sabemos perfectamente cómo se contagia y sobre todo sabemos cómo evitar los contagios, pero una y otra vez desde hace casi dos años, anteponemos nuestras prioridades económicas a la salud. Estas prioridades a veces son puramente individuales y otras colectivas.

‘Necesito trabajar’ dicen los de los bares, restaurantes, discotecas, ocio nocturno… ‘Tengo derecho a ganarme la vida’ dicen los taxistas, los gestores de espectáculos, operadores turísticos… ‘No podemos dejar morir la cultura’ argumentan las salas de exposiciones, teatros, cines…

‘Los contagios se producen en los encuentros familiares’ ha sido también un argumento utilizado para desestigmatizar los lugares de restauración y otros, pero ahora prácticamente todos los mayores ya están vacunados, por tanto, no es fácil que en esos encuentros se propaguen los contagios.

¿Cómo se está propagando el virus en esta cuarta ola? Casi todos coinciden en que es entre los más jóvenes, y dónde están los jóvenes, además de en las fiestas espontáneas y macrobotellones, es de sobra conocido: bares de copas, discotecas, etc.

Pero también los estados, turoperadores, líneas aéreas, hosteleros…, saben que muchos de los contagios son importados, las nuevas cepas vienen de otros países. Y todos también argumentan que tienen derecho a trabajar.

¿Cuánto cuestan para la sanidad pública los tratamientos para cada contagiado? Este coste estaría en torno a los 18.700 euros (contando con siete días de estancia en un hospital). En España hasta el momento se han notificado un total de 3.937.192 casos confirmados de COVID-19 y 81.003 fallecidos. Esto supone la friolera de casi setenta y tres mil seiscientos millones de euros (73.593.992.864). ¿Nos lo podemos permitir? Y lo que es peor ¿podemos seguir derrochando esta ingente cantidad de dinero, solo por ‘salvar la navidad’, ‘salvar la semana santa’ o ‘salvar el verano’, mientras que a los 81.000 fallecidos nadie los ha salvado, ni lo harán con los que sigan falleciendo…?

Parece como que cada cual mira solo por sus intereses inmediatos ‘salvo mi trabajo o mi negocio, y los contagiados ya habrá alguien que los atienda’.

Pero es que los políticos y las grandes empresas (los pongo a la misma altura, porque hay empresas más poderosas que los gobiernos) actúan de la misma manera, ‘hay que salvar la economía, lo que venga después ya veremos cómo se resuelve’.

Mientras tanto, los políticos mantienen su propia guerra: el gobierno ‘nada y guarda la ropa’, gestiona la pandemia como mejor puede y sabe. La oposición, en una estrategia permanente de ‘acoso y derribo’ usando cualquier argumento por desleal que pueda ser, para intentar derrocarles. Finalmente, los ciudadanos no somos nada más que ‘masa a utilizar’…

El Gobierno central, en este momento, se arriesga a tomar el mínimo de medidas restrictivas globales posible. Argumenta que la sanidad está delegada a las comunidades autónomas y estas tienen suficientes herramientas legislativas para adoptar las medidas que consideren, y en última instancia está el Consejo Interterritorial para adoptar acuerdos comunes. La oposición acusa al Gobierno de ‘dejación de responsabilidades’ por no tomar esas medidas generales, pero lo cierto es que si las tomara también les criticarían y sobre todo, sufrirían un enorme desgaste porque muchos colectivos profesionales se sentirían agraviados. Más allá de que, el país no pudiera soportar más tiempo de inactividad y las arcas públicas del Estado costeando el coste de los ERTE.

Estamos en un círculo envenenado de difícil solución…

Solo un gran pacto entre partidos políticos, empresarios y agentes sociales, podría aunar y concluir las soluciones ¡que sí que las hay…! Pero intuyo que esto se presenta como harto difícil, sobre todo cuando el único objetivo es ‘derrocar a los que ahora mandan para que mandemos nosotros…’. Parece que lo que prima primeramente es ‘el poder’, la salud, la economía y las personas quedamos en segundo plano.

JuanM del Castillo

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