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“EGO SUM LUX MUNDI”

Una conversación recurrente es apuntar que cada año la navidad comienza antes. Algunos alcaldes, con tono jocoso y festivo, anuncian ya durante el verano el derroche de fantasía que espera al visitante de su localidad, fruto de una locura desatada hace algunos años por esa particular atención concentrada en la competencia a causa de las dichosas lucecitas navideñas. Otros ediles, sin embargo, con pocas luces todo hay que decirlo, sienten el anuncio como un reto y el tono pasa a la bravuconada más pueril, provocando la vergüenza ajena en quien escucha y es testigo de su lenguaje corporal…creo que sobran las palabras y nombres propios.

Quien más quien menos, ha vivido desde siempre la cercanía y la navidad en sí, sabiendo, cuando no esperando, viendo cómo las calles se iluminaban generando una extraña sensación que el paso del tiempo va mitigando. Luces en Navidad las ha habido siempre con mayor o menor intensidad y amperios, con la finalidad de anunciar el hecho festivo que los cristianos celebran e ir introduciendo al personal en una obligada alegría y sentido del hermanamiento como forma de expiar las culpas y fórmula de buenos deseos donde sean otros los responsables de hacerlo posible.

No seré yo quien pida la abolición de las luces navideñas que con tan acertado mensaje nos ubica en la celebración, pero no estaría de más señalar que todo en su justa medida, incluidas las críticas, sería de agradecer y nos ayudaría a redefinir la intención que mueve a su puesta.

La realidad actual no atiende a las intenciones que otrora tuvieron, sin querer llegar a los inicios donde se relaciona la luminaria con la navidad con simples velas recordando el acontecimiento que se celebra y no dejar en el olvido quien es la luz del mundo. Más allá de esto, son los más creyentes quienes se han dado en caer en los brazos seductores de la amnesia colectiva y establecen relaciones donde la luz, como a los insectos, atrae a hordas de voraces devoradores de productos, frenéticos compradores, compulsivos comensales o ríos de gente caminando por ver qué encontrar para el consumo como forma de alegría.

No es nuevo, ni resulta un hallazgo llegar a la conclusión antes de que algo ocurra, que la batalla por la iluminación de los festejos navideños donde todos a una pueden calibrar en comparativas quien ha hecho la apuesta más fanfarrona, no tiene otra intención que servir como reclamo con el que aumentar visitas traducidas a mayor actividad comercial. Los hosteleros, y tiendas de todo pelaje, sin duda, estarán encantados viendo como el erario pone la carne en el asador para satisfacer las fauces insaciables de empresarios y consumidores.

Luces de colores, con formas y fantasías que llegaron al autobombo y el mensaje extra navideño haciendo coincidir luces rojas y amarillas para recordar a los madrileños quien mandaba en su ayuntamiento, españoles de pro, patriotas que en la insignia y la bandera tienen todo lo que son capaces de hacer por su país.

Se agradece, entonces, cuando las luces dejan de hacer ruido; cuando la luz es tímida y desiste de la necesidad del espectáculo, cuando se debate entre la alegría contenida y la celebración. Claro que puestos a la exposición continua a la que todo está, habrá quien se enoje por lo mismo y lo contrario. Por el derroche si lo percibe y la tristeza de unas luces someras si se las cambian, por incentivar el consumo unos y por derivarlo ante las sombras que proyectan unas simples luces laterales otros.

Se agradece, entonces, que esta ciudad anuncie y convoque a la fiesta sin delirios. Porque nadie, mientras esto dure, recordará, ni el más pio de golpe en pecho, qué luces entre todas las que hay, son las luces de celebrar.

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