Pensando en la existencia misma, una aproximación meramente intuitiva nos lleva a considerar que la vida humana tiene, a priori, dos dependencias materiales insoslayables. La primera de estas se expresa en la eco-dependencia, aquella que determina nuestra interacción con los bienes de fondo de la naturaleza, un entramado tan maravilloso como complejo de procesos, ciclos y también recursos minerales de la corteza terrestre. Todos ellos finitos, ya sean de carácter renovable -limitados por la tasa de renovabilidad- o no renovables. Todos ellos además, no fabricados ni controlados a voluntad por el ser humano. La magnitud de esto es colosal, porque en la práctica significa que no existe ni modelo económico, ni de desarrollo, ni tampoco tecnología posible sin esos bienes. Literalmente, nada puede crecer de forma ilimitada en un planeta que sí tiene límites. Viene bien establecer esto como premisa para ser conscientes de nuestra soberbia no pretendida, pero evidente, al colocarnos en una escala ínfima al lado de estos fenómenos.

La segunda dependencia material insoslayable de la vida se concreta en el transcurso de esta última en un cuerpo humano, que es ciertamente limitado, dependiente y vulnerable. Es una vulnerabilidad que se intensifica en ciertos momentos de la vida: cuando somos niños, cuando envejecemos, cuando nos enfermamos. Somos un poco más conscientes de ello como sociedad hoy, tras dos años de pandemia, en los que hemos experimentado la enfermedad y sus secuelas, el dolor, la incertidumbre, la dependencia de otros. La relevancia de ello, nos trasciende a nosotros mismos y nuestra pretendida autonomía. Literalmente, la dependencia es una característica inherente de la vida humana. Y quienes se han estado ocupando de nuestros cuerpos vulnerables son, somos, mayoritariamente mujeres, hoy y a lo largo de la historia. Conviene afinar esta última afirmación. Lo hacemos no por una determinación genética de mayores capacidades de cuidado, sino porque nuestra sociedad se ha encargado de dividir con criterio sexual el trabajo y asignarnos, sin preguntarnos, la tarea de sostener la vida a través de los cuidados.

 Somos eco-dependientes e inter-dependientes. Naturaleza y comunidad. Por ello, necesitamos como sociedad centrarnos en la vida, organizarnos poniendo la vida en el centro, desde una óptica de justicia y de dignidad y desplazar esa mirada dual tan propia de la cultura occidental que separa la vida humana del resto del mundo vivo y que en su versión actual, bañada en la modernidad, nos hace creer en la fantasía de la individualidad del sujeto político.

La reciente y aparentemente mayoritaria asunción de la crisis climática, hace que la tarea de reformular los modos de vida y las vías de desarrollo, sea pertinente y oportuna, además de urgente. A todos los niveles institucionales. Negarlo, de forma activa o por omisión, nos dejará a merced de un verdadero eco-fascismo, en el que una minoría mantendrá su estilo de vida, mientras nos empuja al resto a la marginalidad. Asumirlo, y hacerlo en clave de feminismo, sin embargo, implica cuidar lo público, cuidar nuestra democracia y también cuidar el planeta, porque construye una sociedad en igualdad en todas las etapas de la vida.

Por eso, este mes de marzo-mujer en Rivas, el ecofeminismo tiene más sentido que nunca, y lo hace con esa mirada clave en la que confluyen la naturaleza y los cuidados,  poniendo especial énfasis en la vida y las relaciones que la hacen posible.

 Las conquistas del feminismo han sido motor de cambio en el pasado, lo son en el presente y lo serán en el futuro. El mundo que viene simplemente no será si no es con avances feministas. Por eso este 8M de nuevo vamos a demostrarlo.

Vanessa Millán Concejala de Transición Ecológica y portavoz de Podemos Rivas