El director de The Rivas Tribune, Bob Berstein, comenta la última polémica del municipio.
En Rivas, aparcar se ha convertido en una forma de arte conceptual. Donde unos ven una acera, otros ven oportunidad. Donde la ley ve infracción, algunos ven ingenio urbano. Y donde el sentido común debería poner límites, aparece el eterno debate: “¿Pero si todos lo hacen, será tan grave?”.
Las calles Abedul, Cerezo, Laurel y Trébol son hoy el teatro abierto de una pequeña gran controversia: vecinos que reclaman espacio, autoridades que aplican la norma y políticos que aprovechan el ruido para vender comprensiones selectivas. ¿El resultado? Un melodrama de bordillo y baliza en el que nadie queda bien —y algunos, directamente, hacen el ridículo.
El PP ripense, siempre atento al termómetro electoral, ha vuelto a demostrar que su prioridad no es resolver los problemas, sino capitalizarlos emocionalmente. Su propuesta de pedir al Ayuntamiento y a la Policía Local que “hagan la vista gorda” frente al aparcamiento ilegal en aceras es tan pintoresca como preocupante. No se trata solo de desconocer la ley; se trata de invitar a prevaricar con sonrisa populista.
El discurso es simple y eficaz: “Los vecinos están hartos, así que la culpa es del Ayuntamiento por aplicar el reglamento”. Una fórmula infalible para ganar titulares sin asumir responsabilidad, y una muestra de ese clientelismo amable que promete soluciones fáciles a problemas complejos.
El PP se coloca así en la escena como el defensor de la libertad del coche. Mientras tanto, el civismo y la movilidad desaparecen bajo el eslogan. Total, ¿qué es una multa frente a un voto agradecido?
Pero si el PP optó por la prevaricación emocional, el concejal de Seguridad parece haber apostado por la indiferencia técnica. Su gestión del conflicto —correcta en lo administrativo, torpe en lo humano— ha transformado lo que debía ser un diálogo con los vecinos en una minicrisis de confianza institucional.
Porque, seamos claros: aplicar la ley no está reñido con explicarla bien. Y el problema aquí no ha sido la falta de regulación, sino la falta de sensibilidad. Una llamada a tiempo, una reunión con tono conciliador, y quizá el debate no habría terminado en notas de prensa inflamadas y publicaciones tensas en redes vecinales.
El concejal se ha movido con el automatismo de quien olvida que la norma, sin pedagogía, se convierte en muro. Y en Rivas, donde los vecinos aún creen (con razón) que el Ayuntamiento escucha, ese muro duele más que cualquier multa.
La situación tiene un fondo legítimo: las calles son estrechas y los coches abundan. Ni el PP debería explotarlo como arma política, ni el concejal de Seguridad gestionarlo con rigidez burocrática. Aquí no hay villanos ni héroes; hay una realidad que exige equilibrio, orden y diálogo.
Aplicar la ley de forma coherente y humana es la tarea más difícil de la política local. Y sí, a veces el equilibrio entre civismo y convivencia se parece a resolver un sudoku en medio del tráfico. Pero es precisamente ahí donde se demuestra la capacidad de gobierno.
Quizá Rivas no necesite milagros ni prevaricaciones, sino planificación urbana, pedagogía y transparencia. Los vecinos merecen empatía real, no campañas de simpatía fingida. El PP debería dejar de jugar al populismo del aparcamiento libre, y el concejal, recordar que escuchar también forma parte del mandato.
Porque mientras unos aparcan en la acera y otros en el discurso, lo que se queda sin sitio es el sentido común.








