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«Corregía a todo el mundo: soy guapo, no guapa»

Entrevista A Leo Y Víctor

Niñes de Rivas: Entrevista a Leo y Víctor

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre el 0,3% y el 0,5% de la población nace con una identidad sexual o de género que no se corresponde con la que la sociedad “lee” en su cuerpo. Sabemos mucho sobre la transfobia: se nos ha educado en la dicotomía de que se es “hombre” o se es “mujer”, reduciendo nuestro sexo e identidad a nuestros genitales.

Sabemos menos sobre por qué hay personas trans, que no encajan en esta vinculación de “sexo” y “género” que se hace pasar como “norma”, aunque solo sea mayoritaria. Las personas trans crecen en una sociedad que no siempre les comprende, como nos cuentan Leo (14) y Víctor (37), dos vecinos de nuestro municipio. Los dos son gemelos monocigóticos y tienen “gemelas idénticas” que se identifican como mujeres cisgénero (es decir, que su identidad sexual coincide con su sexo biológico).

Es una de las pocas cosas que sabemos: ser trans no es algo que se “elige”, sino que tiene causas genéticas. Como en su caso, hay mayor presencia de personas trans entre los gemelos monocigóticos (“gemelos idénticos”): un 20% de estos gemelos serían transexuales, según un estudio de la Revista Internacional de Salud Transgénero, una de las referencias académicas en la materia.

Pero más allá de la genética, cuánto más sabemos sobre lo “trans” y lo “queer” más ridículas y opresivas parecen las fronteras del género y más fluidas las identidades.

Gracias a los dos por atender nuestras preguntas, sabemos que no es fácil contar vuestra experiencia, pero nos parecía importante visibilizar las “infancias trans”.

Quiero preguntaros sobre una de las cuestiones más recurrentes de los discursos tránsfobos, que dicen que “es más fácil hacerse trans que sacarse el carné de conducir” o que se “elige” serlo. Según la Asociación Mundial de Profesionales de la Salud Transgénero, a los 2 o 3 años las personas ya empiezan a definir o a saber cuál es su identidad sexual, cisgénero o transgénero. ¿Cuándo empezasteis vosotros a daros cuenta de que erais hombres?

Víctor: Yo soy consciente de serlo desde los 7 años. Pero hablando con mi abuela, una señora mayor que vivió la Guerra Civil, ella me decía que ya con 3 años le decía que “quería un pito”. Mi abuela me dijo que desde ese momento ella había tenido claro que tenía un nieto. Y, por ejemplo, por San Isidro me dejaba vestirme de chulapo, en vez de chulapa.

Leo: Yo no tengo recuerdos de mirarme en el espejo y verme como una chica. Recuerdo corregir a todo el mundo cuando me decían “qué guapa”, y yo decir “no, qué guapo”. Mi madre me contaba que una vez, al salir de la ducha mi hermana y yo para ponernos crema, señalé al espejo y le dije (desnudo): “¡Pero, mamá! ¿Por qué me dicen chica? ¿No me ven?”.

¿Cómo fue ese proceso de auto-descubrimiento? No solo de la propia identidad, sino de entender que la sociedad os percibía de una forma distinta.

Víctor: Pues yo me planteaba con ocho años o algo más que si a lo mejor solo me gustaban las mujeres y ya está. Tengo la sensación de que a las personas trans no se nos permite dudar, cuando cualquiera en la adolescencia duda de si es esto o aquello, si le gustan los chicos, las chicas o ambos. Lo lógico en la adolescencia es cuestionarnos y descubrirnos. Pero esas dudas se van, porque hay algo…es que hay algo que lo sabes.

Leo: Yo no asociaba mi nombre anterior como nombre de chica hasta que un verano conocí a dos niñas que se llamaban igual que yo. Con seis años, entonces, fue cuando empecé a sentir malestar con mi nombre. No recuerdo todo eso con exactitud pero sí, antes incluso, algo en mi cabeza que me sonaba mal, que no me cuadraba al oír mi nombre. Después de cambiar mi nombre a Leo sentí mucho alivio. Ahora lo llevo mejor, pero los primeros años en casa ese nombre no se podía decir.

En tu caso, Víctor, ¿cómo viviste llevar el nombre femenino que te asignaron al nacer?

Víctor: Pues fatal, de lo peor. Porque mis amigos del instituto lo acortaban y me molestaba menos, pero mi madre lo decía entero, y era horrible. Todavía sigo sintiendo mucho rechazo cuando lo oigo, un nombre como tan de “señora”. Cuando jugaba con mis amigas de pequeño con muñecas, a mamás y papás, yo era “Carlos” (como el segundo nombre de mi padre, Juan Carlos).

Leo: Cuenta mi madre que, de pequeños, mi hermana quería jugar a hacer de profesora y yo le decía “yo hago de alumno o de lo que quieras, pero soy un chico”.

Víctor: Claro, es que es muy difícil explicarle esa incomodidad a alguien que nunca la haya sentido. Ahora hay más nombres neutros y personas que tratan de educar a sus hijes sin marcarles un rol de género, pero antes era como que el nombre era de chica porque eras una chica y yo… qué pinto con este nombre, si no soy una chica. Mi madre me siguió llamando un tiempo por el nombre entero, que hasta lo entiendo si siempre te han llamado de una manera. Y un día, me llamó “Víctor, tal”. Y no hice una fiesta ni nada, porque se iba a sentir extraña mi madre, simplemente dije “Sí, dime”. Pero para mí fue como una liberación. Por dentro, pensé “por fin”.

Antes mencionaste lo de vestirte de chulapo, ¿cómo ha sido vuestra relación con la ropa, que también tiene esa marca de género?

Leo: Mi hermana y yo compartíamos armario y a ella le encantaban los vestidos. Y yo me los ponía y pensaba “pero, madre mía, ¡qué agobio!”. Cuando íbamos a comprar, me iba a la sección de chicos. Mi madre recuerda que, cuando nos quitaron el pañal, mi hermana se fue corriendo a ver las braguitas de princesas y yo me fui a ver los calzoncillos y dije “yo quiero esto”. No me puso problemas.

Y ya más mayores, ¿otras cosas a las que la sociedad os empujara?

Leo: En el recreo, quería jugar al fútbol para que viesen que era un chico. Pero yo no encajaba jugando al fútbol. Conozco otros chicos trans que dicen “bua, ¡el fútbol mi pasión!”, pero yo no era muy ágil con la pelota en los pies. Recuerdo como obligarme a jugar, desde infantil, para tener ese “cispassing” (ser percibido por la identidad propia sentida por parte de la sociedad y sus iguales).

Víctor: Yo recuerdo tener mi grupo de amigas en segundo de la ESO. Iba más con las chicas y recuerdo que a una de ellas, mi amiga, le dije “me gusta tal chica”. Y ella me dijo que ya lo sabía. Y le dije “pero no es solo eso, yo creo que soy un niño”. Y ella me dijo “pues yo también creo que lo eres”. Mis amigas lo normalizaron enseguida, ningún problema. Los profesores no lo sabían, pero yo era el graciosillo de clase, me llevaban a jefatura por graciosillo, no por ser diferente.

No lo sabían tus profesores, porque tampoco lo sabían aún tus padres, en tu caso.

Víctor: Claro, fue en una discusión en casa con 17 años, porque en las discusiones se dicen a veces cosas que no tienen que ver. Y les solté que me gustaban las chicas, que mi madre dijo que ya se lo imaginaba. Pero dije también “me siento un niño”. Y ahí ya me preguntaron “¿pero estás seguro?”. Y yo: “pues sí, creo”. Pero quedó la cosa como en un no hablar del tema, como si hubiera sido un arranque de “cosas de la edad”.

Y ya mayorcito, supe que se podía hacer el cambio en el Hospital Ramón y Cajal. Y en otro momento delicado aparecí con los papeles del cambio de género. Que mi madre se quedó con lo de “es que también las formas, cómo lo contaste”. Pero claro, cuando no es el momento adecuado, sencillamente sueltas la bomba.

¿Y cómo reaccionaron?

Víctor: Mi madre se puso a llorar y yo le dije que no quería dramas. Y luego, pues las preguntas normales del no saber, como si me iba a operar. Y yo diciendo: “no lo sé, si aún no he empezado más que el cambio de nombre, aún no sé quién es Víctor, lo estoy empezando a conocer”. A mi padre creo que le costó menos. Lo que pasa que los padres a veces no cuentan las cosas, pero mi abuela me dijo que mi padre sospechaba algo ya de pequeñito, pero nadie se sentó a hablar conmigo. Y yo pensaba que estaba mal, porque habían reaccionado mal la primera vez.

Recapitulando un poco, ¿cuáles fueron los plazos del tránsito?

Víctor: Yo es que llevaba ya un año con la psicóloga, sin decírselo a mis padres. Eso fue en el 2010 y en 2011 empecé con la hormonación. Las preguntas, tela. Y te hacían cortarte el pelo en la Unidad de Trastornos de Género, que a mí me ayudó como a empezar de cero, pero reproducía un rol de lo masculino muy cerrado. Mi sensación es que se ha abierto el abanico pero cada vez hay más presiones, no puedes dudar o fallar jamás, si dices que eres esto tienes que ser esto y punto, sin matices.

A mí lo que me encanta es que haya ese abanico de ser. Que te peines como quieras, que juegues con muñecas seas chico o chica y que juegue al fútbol quién quiera. Porque la gente es muy de “¿y si mi hijo juega con las Barbies significa que…?”. No, yo no estoy diciendo eso. Yo te estoy contando mi historia. Que no tiene por qué ser igual a la del resto.

En tu caso, Leo, siempre tuviste ese apoyo familiar de tu madre, ¿cómo fue crecer en el grupo de amigos?

Leo: Yo es que nunca me he sentido cómodo con los tipicos machotes, ¿sabes? Con los de “esto es un chico”. Aunque yo supiera que era un chico. Tenía un amigo que era como muy femenino y luego me juntaba con chicas, sobre todo.

Yo soy una persona sensible que tengo que hablarlo todo. Y me resulta más fácil con mis amigas cis o con mis amigos y amigas trans, que se abren y puedo hablarlo todo. A los chicos cis les cuesta mucho eso.

¿Crees que la situación para ti ha sido más fácil o más difícil que la que contaba Víctor?

Leo: Ahora se conoce más, lo que es positivo, pero también hay más odio. Se conoce más desde los prejuicios. Por ejemplo, hace unos años nadie sabía lo que era una persona no binaria o un chique y ahora sí, aunque sea por las gracias y las bromas.

Víctor: En mi época te decían “marica”.

Leo: Bueno, ahora que te digan eso es algo flojito. Te dicen mucho lo de “ahora es que si un día quieres eres mujer y al día siguiente si quieres eres hombre”. Eso, montonazos de veces. O que te puedes sentir “helicóptero”, si quieres.

Víctor: Se sienten atacados, encima. Hay una libertad muy mal entendida de llegar y decir a una mujer trans que “si tienes pene, tienes un arma violadora entre las piernas y cómo vas a entrar al baño de mujeres”. No saben la barbaridad que están diciendo y encima no se cortan y se molestan si les intentas razonar. Yo lo que veo es que hay aún más odio hacia las mujeres trans por el hecho de ser mujeres. Sí, hija sí, va a pasar un tío por todo esto para entrarte a violar, como si ahora los baños fueran super seguros. Se nota la ignorancia absoluta.

Si te das cuenta, han aprendido que yo digo lo que quiera. La libertad no es eso. Yo me siento cada vez más ciudadano de segunda categoría, cuánto más voy creciendo. Veo por ejemplo que amigos míos que me aceptan a mí luego cuestionan cosas como la educación en la diversidad en los coles. Y yo les digo: “pero que yo ya era un niño entonces, eh”. Lo que les digo a mis amigos es que el miedo no es por sus hijos, es suyo. Es para no tener que enfrentarse a situaciones que no saben manejar y que desestabilizan su masculinidad. Mis amigas lo asumen con mucha más naturalidad.

¿Esa reacción no es un reflejo de que, en general, está habiendo avances? El otro día salía un estudio que decía que España era el segundo país del mundo en el que más personas se reconocían del colectivo LGTBIQ.

Víctor: Hay dos Españas super diferentes. Una muy avanzada, que permite que la gente crezca sin que la cohiban. Y otra por desgracia que puede llevar a que gente lo reprima. El mensaje es que cuando estás escondido no hay problemas. Pero que hasta que no encajes, eres un engendro.

Leo: En todos los coles que he ido hemos tenido que estar abriendo camino. O hay gente que cuestiona que use los bloqueadores hormonales (que son reversibles) o que empiece a hormonarme. Es como…¿te vas a hormonar tú, no verdad? Pues me da igual, déjame. Si no lo hiciera me sentiría fatal, no sería la persona que soy ahora.

A mí no me importa visibilizarme, pero cuando empecé el proceso el trabajador social nos dijo “ya tendrás tiempo de hacer activismo, disfruta tu infancia”. Es duro, voy a titular como Doña Leo porque he podido cambiar el nombre pero aún no el género. Y cuando cambié el nombre tuve que declarar solo en el juzgado, me sentía como en un sitio para gente que había hecho algo mal, pero luego la gente fue maja.

Ojalá se terminen de consolidar los avances y cualquier niñe tenga derecho a disfrutar su infancia en paz, con la libertad de ser como es. Gracias por abriros con nuestros lectores.

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