Reconozco que he perdido muchas horas pensando en el tiempo. Cuando no puedes vencer a tu enemigo, la estrategia aconseja que te unas a él. Estudiarlo a fondo, buscar sus puntos débiles, investigar los tópicos que se le atribuyen…, son tareas metódicas, no exentas de encanto, pues nada resulta más fascinante que un antagonista fuerte, repleto de resortes inesperados, fácilmente predecible por otra parte y, sin embargo, también líquido. Que haya tanta gente chismorreando sobre él continuamente no demuestra sino su inmenso poder, su atrabiliaria atracción.

Los primeros días aquí me conformé con las teorías aceptadas por todos. Decían, convencidos por su propia experiencia, que a la primera negación siempre sucedía la rabia y poco más tarde la aceptación. Los más inteligentes se saltaban las primeras fases con un desdén olímpico y se mostraban ante los demás como príncipes que han sabido renunciar a sus derechos dinásticos a cambio de una libertad que no figura en manual alguno. Como yo no me tenía por tonto, pronto me dejé seducir por sus cantos de sirenas varadas en el hormigón y me sumé al culto de los que señalan con signos mágicos las paredes, dejando un condenado rastro carbónico que solo nos puede servir a los interesados, pues toda experiencia humana es por naturaleza intransferible.

Caí así bajo el dominio de la filosofía popular, que es tan dada a existir en los patios como en los comedores y las duchas. Para sus defensores, vástagos de toda ley y toda índole, el tiempo es una flecha unidireccional dotada de un movimiento constante, medible incluso, que puede dividirse en tres, lo mismo que la divinidad católica: el pasado, que es el padre; el presente, que es el hijo; y el futuro, que es el espíritu santo y que aún está por verse. En esta entelequia que ha dejado obsoleta a la vida temporal y a la eterna, la mayoría se siente más que segura; al fin y a la postre dota a la vida de una dirección, sea ésta amarga o empalagosa. Los más atrevidos, incluso, han generado una corriente heterodoxa que ha sumado muchos adeptos, fervientes y prosélitos, que no se cansan de negar el pasado y el futuro, sumándose al concepto del “carpe diem” incluso aunque nunca hayan leído a Horacio. El ahora es su dios y a éste adoran como Calisto decía idolatrar a Melibea mientras soñaba con meter sus manos entre los pliegues de su vestido y tocarle las margaritas.

Pero a mí ese presente continuo e inmanente, consecuencia irremisible de mis errores y mi grandísima culpa, no me resultaba útil. ¿A quién en su sano juicio le puede servir un mundo hecho de instantes deslavazados, inconexos y tan únicos, que de ellos se desprende la idea de que no existe la relación entre causa y efecto? Porque entonces, ¿para qué estoy aquí durante estos largos años? ¿No sería mejor, me preguntaba, negar la existencia misma del tiempo, pisándole los callos al pesado de Platón y a todos sus aburridos seguidores?

Por la vía de la revisión, así fue como desembarqué bonitamente en la física popular, Einstein y sus teorías relativas aparte, y me embebí de manuales que afirman que el tiempo es una fuerza, un vector, un impulso, una magnitud, un constructo, un estar, un ser, incluso un no ser…; otros hubo que me enseñaron el enfoque psicologista y lo vincularon exclusivamente a la experiencia individual, a una necesidad de organizar el caos negando su materialidad, un orden que para nada es medible como la fuerza de la gravedad o el tamaño de un supositorio. En el fondo nada distinto a lo de Horacio, tal vez con menos libido y fluidos, pero bien sabido es que la modernidad ensalza el espacio mental con la misma ferocidad que los medios de comunicación de masas entronizan el culto a la desinformación.

Reconozco que he dejado de lado la filosofía y la física populares, seguramente por falta de fe y fósforo, si bien en estos años me han sido de mucho entretenimiento, cuando no de alivio a las tensiones. Les debo muchas horas de conversación encendida, de vigilia en la cárcel oscura de mi alma dándoles vueltas a conceptos como el mínimo momento indivisible o la quintaesencia del ser y sus manifestaciones, de reconcentración ante una definición que, de tan compleja, no se dejaba cazar como un gorrioncillo caído del nido… También en su haber cuentan con mi agradecimiento, pues han sido un regalo para un hombre de acción tan barojiano como yo, que nunca antes del juicio se sintió atraído por las honduras, las reflexiones y las filosofías. Bastará con que me liberen dentro de un rato al término de este confinamiento, más cruel que la pandemia que parece ser que tanto les atosiga todavía, y me digan adiós con sus manos en las porras y la mirada torva bajo las gorras para que yo me olvide del tiempo con la misma facilidad que, les prometo, borraré esta prisión de mi memoria. Me mudo a los dominios del espíritu santo.

Jesús Jiménez Reinaldo

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