El Abrazo del Oso – Un espacio de Historia, ciencia y cultura

Texto José Luis Garrido

¿Cómo eran las carreras de caballos en Roma?

El origen de las carreras de caballos o de carros, según los romanos, se remontaba a la época de Rómulo, el fundador de Roma, por supuesto. Nada más y nada menos que unidas al famoso rapto de las Sabinas. Pero, como muchas otras cosas, en realidad vienen de los etruscos los cuales lo trajeron de Grecia donde formaban parte de las mismas Olimpiadas. Y seguramente llegaran a los etruscos vía Magna Grecia como ocurrió con el Munus gladiatorum, las famosas luchas de gladiadores.

Las carreras formaban parte de los Ludi Circensis, los juegos del Circo, junto con exhibiciones de monta, acróbatas, funambulistas, animales amaestrados y espectáculos atléticos como el pugilato, e incluso representaciones de batallas realizadas por la milicia y ejercicios ecuestres por la élite de la caballería. Originariamente estos ludi tienen cierto paralelismo con nuestro circo actual en el que se nos muestran diferentes espectáculos, como los nombrados acróbatas, funambulista o animales amaestrados.

El caso es que, con el paso del tiempo, este tipo de juegos fueron perdiendo el interés del público romano y se quedó reducido a las carreras de carros. Puede que, porque fuera el espectáculo más sangrientas y emocionante y, quien sabe, porque eran perfectas para las apuestas.

Y ya que hablamos de ludi circensis debemos recordar que el “Circo” no es el espectáculo sino el escenario, la ciclópea construcción en la que se desarrollan estos Ludi. Por eso debemos hablar de cómo eran los circos y para ello vamos a coger el más famoso, el Circo Máximo, ese gigantesco hipódromo delimitado, según la leyenda, por un rey etrusco: Tarquino el Antiguo.

La pista del Circo Máximo medía más de 600 metros de largo y unos 120 metros de ancho y estaba dividida en dos por el centro mediante un muro llamado spina. Dicha spina estaba adornada con estatuas y obeliscos, en concreto en el Circo Máximo se alzaba un Obelisco traído directamente de Egipto, el llamado Obelisco Flaminio. Y junto a él distintas estatuas entre las que destacaban figuras de delfines y otras de huevos que se colocaban en los extremos para indicar los giros y las vueltas que llevaban los carros. Ah, y un elemento curioso, una serie de tres conos elevados en los extremos llamados, fijaos la palabra: metae (metas).

Otras partes del circo interesantes serían las carceres, las puertas de salida de las que salían las cuadrigas. No son exactamente los “cajones de salida” de los hipódromos actuales dado que la carrera empezaba cuando se llegaba al alba línea, una línea blanca que estaba varios metros más delante y que era la que marcaba el inicio de la carrera.

Otro parte sería la porta Triumphalis justo en el lado contrario al de las carceres; la Porta Livitensis (puerta para la salida de los heridos). Y el Pulvinar, el palco que sale en todas las películas sea un anfiteatro o circo. Esto fue un añadido de Augusto, aunque el que hizo grande al Circo Máximo fue Julio cuando lo reconstruyó añadiéndole más gradas (caveas) hasta que se consiguió un aforo de, según algunas fuentes, hasta 300.000 personas.

Se distinguían dos tipos de circos: los de pistas de más de 400 metros y los de más de 300. Obviamente no todos los circos tenían la pista tan larga y ancha como el Circo Máximo, en el que podían correr 12 cuadrigas, pero en España, por ejemplo, podemos encontrar algunos muy importantes como el de Mérida (que tenía una pista de más de 400 metros) o el de Tarragona de 300 metros.

Si hablamos ya de los protagonistas de las carreras hay que empezar diciendo que no solo dirigían cuadrigas.

Había carros de dos caballos (bigae), de tres (trigae) o cuatro, las “cuadrigae”. Incluso, aunque eran menos frecuentes, había carros de 6, 8 y hasta 10 animales (deceminges). Nerón por ejemplo llevaba uno de estos últimos.

Los carros en sí, lejos de tener esas ruedas enormes que Mesala intenta romper con sus cuchillas en Ben Hur, eran mucho más pequeñas. Y esto es porque el carro es mucho más bajo de lo que vemos en las películas y por tanto más estable siguiendo la misma lógica que hoy tendría un Fórmula 1.

Por otro lado, los caballos que usaban los romanos no eran exactamente como los actuales. Los caballos que vemos hoy en día son fruto de numerosos cruces habidos entre las distintas razas y su cuidada selección y crianza han creado, en términos generales, unos cuadrúpedos muy evolucionados en alzada y envergadura. Los que se han cruzado para las carreras han sido pensados para llevar a un jockey de 50 kilos y no para tirar de un carro y hacer giros cerrados. En un circo romano los caballos se parecerían a los actuales caballos asturcones, bajos y robustos porque cuanto más alto es un animal, más lejos del suelo está su centro de gravedad, con lo que será más lento al girar y más inestable durante el giro.

Parece ser que los caballos más deseados para la competición era los caballos hispanos, pero posteriormente fueron relegados a un segundo plano ante los caballos de Sicilia, África, Tesalia y Capadocia.

Era fundamental elegir los mejores caballos, pero más importante era colocarlos adecuadamente. El mejor caballo, el más fiable, se enganchaba siempre en la parte izquierda del carro, ya que ayudaba a facilitar el giro de la spina. Este caballo era fundamental para evitar el naufragium que es como se denomina al vuelco del carro.

En cambio, para los laterales del carro se escogía a los caballos más veteranos y veloces, mientras que los que quedaban sujetos al timón eran los menos experimentados.

En cuanto al conductor, el auriga, hay que decir que se consideraba entre lo más bajo que hay en la escala social, pero, igual que el gladiador, es un héroe, el espejo en el que todos se quieren mirar. Esto era algo muy común en Roma, una extraña dicotomía en la que se admiraba aquello que se menospreciaba. La mayoría de los conductores de carros eran esclavos o gente de la más baja estofa, pero a pesar de ello, muchos aurigas y caballo adquirieron gran fama, convirtiéndose en verdaderas “estrellas” para el público, que los apoyaba con verdadero fanatismo.

Es por ello nos han llegado el nombre de muchos especialmente gracias a los relieves funerarios donde a los aurigas les gustaba dejar constancia de su palmarés para mostrar sus éxitos. Un ejemplo es el de Diocles, un auriga hispano que venció en más de 1.400 carreras y que se retiró a los 42 años de edad inmensamente rico

Venga, pues empezamos la carrera, ya tenemos a nuestras cuadrigas lanzadas al galope y atravesando el alba línea. Lanzadas hacia la primera de las metas, que aquí no es el final, sino cada uno de los extremos de la espina.

Una carrera normal consistía en catorce giros alrededor de la spina, lo que equivale a siete vueltas corriendo en sentido contrario a las agujas del reloj. Los huevos y los delfines situados en los respectivos extremos indicaban los giros que llevaban.

En los giros entraba en juego la destreza de aurigas y la calidad de los caballos y prácticamente cada meta era una apuesta por pasar primero. Si arriesgabas demasiado y pasabas demasiado cerca del muro podía suceder el naufragium, el carro saltando por los aires y el auriga siendo arrastrado por los caballos. Y es que las riendas se llevan atadas a la cintura. Esa es la razón por la que los aurigas siempre llevan una daga.

Para acabar, al auriga vencedor se le entregaba una corona de laurel y una palma, que mostraba al público cuando daba la vuelta triunfal al circo, además de una bolsa de dinero.

Curiosamente, durante el imperio en Roma se celebraban de diez a doce carreras por día. Calígula, en la consagración de un templo de Augusto celebró 20 carreras el primer día y 24 el segundo. En la conmemoración del centenario de Trajano (siglo IV) y en la conmemoración de la victoria del emperador Constantino sobre Licinio, se celebraron cuarenta y ocho carreras en un mismo día. Y esto son solo algunos ejemplos. Lo que empezó siendo algo puntual acabó siendo lo diario, algo así como el fútbol cuando pasó de jugarse los domingos a tener partidos casi cada día.

Panes et circenses, amigos.

 

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