Se acaba un mes de agosto en el que hemos batido todos los récords de hectáreas arrasadas por incendios, desde que hay datos vía satélite. La temperatura política tampoco nos ha deparado un verano tranquilo, con agrias polémicas sobre las medidas que debemos tomar todos –pero, en primer lugar y dando ejemplo, las instituciones- para ahorrar energía de cara a un final de año en el que el “General Invierno” vuelve a ser un activo para los intereses bélicos rusos.

También hemos sabido, por ejemplo, que un multinacional del sector eléctrico (Naturgy) compra gas a Rusia al precio de hace cuatro años (porque tenía un contrato firmado a largo plazo), mientras nos lo cobra al precio actual y reclama ayudas al Gobierno. Para colmo muchos pueblos de nuestra geografía han sufrido su avaricia en forma de cortes de agua por el históricamente bajo nivel de los embalses, después de que las eléctricas hace escasos meses se dedicaran a soltar agua para generar energía barata que vendernos a precio de oro. Es normal que, cuando nos llega la factura de la luz, no sean solo los montes lo que se encienden, sino un legítimo y monumental cabreo popular.

Es la ciudadanía la que, pese a los calores y el deseo de un reposo veraniego, se preocupa cada año en Rivas de acoger a niños y niñas saharauis, mientras un Gobierno central insolidario con el Sáhara se ocupa de seguir ofendiendo a este pueblo y a su vecina Argelia: mientras con una mano coge el gas argelino, con la otra agasaja a la monarquía marroquí. Aún más insolidaria, una parte de la derecha patria se dedica a cuestionar los timoratos límites de temperatura en los comercios, que no son nuevos sino que llevan vigentes desde que los implantara el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

En definitiva, no hay guerras que ganar, ni a Rusia ni a nadie, cuando la división política da paso al negacionismo climático y se funde antes el hielo del Ártico que los privilegios del oligopolio de “ladrones de guante eléctrico”.

Hay una “canción de hielo y fuego” que ya está aquí, imparable. Y no es el último libro de George R. R. Martin, es la emergencia climática y energética. Esperemos que nuestros gobernantes no se hagan de rogar tanto como el novelista o ni la literatura fantástica nos permitirá imaginar (o evadirnos) de lo que vendrá.