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OPINIÓN

Las diferencias en la salud mental de mujeres y hombres

Biografía de María de la O Lejárraga

Esperanza Negueroles nos trae otra vida increíble de esas «Mujeres Singulares en Plural». Esta es su historia.

«He llegado a convencerme de que la única razón de vivir está en la alegría con que se vive

(María de la O Lejárraga).

Pedagoga, literata, dramaturga, periodista, republicana, feminista y por lo tanto defensora de la educación de las mujeres, generosa, fundadora de sociedades en defensa de la mujer, diputada socialista por Granada en 1933, agregada comercial en la embajada española en Bélgica, tutelando cientos de niños refugiados de la guerra civil. María de la O Lejárraga nació en San Millán de la Cogolla (Logroño) en el año 1874. Su padre, Leandro Lejárraga, era médico y su madre, Natividad García, mujer autodidacta que poseía una amplia cultura influyeron en la formación de la escritora. Se trasladaron a vivir a Madrid donde, a los veintitrés años se enamora de un amigo de su hermano, Gregorio Martínez Sierra, un joven de diecisiete años al que le gustaba el teatro y escribir poemas. Ella publicó Cuentos breves firmado con el nombre de él. Realizó su primer viaje al extranjero para estudiar pedagogía. «Bélgica fue mi iniciadora al socialismo», reconocería. Allí descubrió que los muchachos y muchachas de la clase media hacían causa común con los trabajadores y con ellos, entró por primera vez a una Casa del Pueblo

En el año 1900 se casó con Gregorio Martínez Sierra después de varios años de relaciones sentimentales y literarias. Las diferencias entre ambos no eran solo culturales pues además de la diferencia de edad, María era maestra nacional y él no tenía ninguna formación especial, por lo que vivían del sueldo de ella.

Desde 1912 Gregorio Martínez Sierra estableció relaciones sentimentales con Catalina Bárcena, actriz de origen cubano que él había convertido en la primera actriz de su compañía. A este respecto Rafael Cansinos-Assens recogió, en sus Memorias, el comentario del poeta venezolano Banco-Fombona: «Gregorio tiene alma de comerciante… Hasta aquí explotó el talento de su mujer… que es quien le escribe sus libros. Ahora va explotar la voz de oro de la Bárcena.»

María Lejárraga padeció en silencio estas relaciones que, desde los primeros momentos eran conocidas por amigos y allegados, en 1916 confesaba en una carta a Manuel de Falla sus “fatigas amorosas” tema recurrente en su habitual cruce de correspondencia. Todos los rumores se estrellaban en la discreta actitud de ella que seguía viviendo con su marido, convertido en empresario y escribiéndole más obras de teatro firmando como hacía desde los comienzos, con el nombre de Gregorio. Así, desde un principio ella llevó la farsa aupándolo en un pedestal, sosteniéndole como creador y manteniéndole, con su silencio, como dramaturgo. Por ello durante mucho tiempo la escritora se negaba a admitir como definitiva la realidad Gregorio-Catalina, tan del dominio público; lo admitió al nacer la hija de la pareja.

Al separarse, ella compró una casa de campo en Cannes (Francia) donde se retiró a descansar y seguir escribiendo para Gregorio. Volvía a Madrid en los meses estivales donde continuó viéndose con su marido con cierta frecuencia. En los años treinta los contactos físicos se perdieron del todo cuando Gregorio y Catalina decidieron irse a «hacer las Américas» aunque no llegaron al divorcio, pese a que había sido aprobado en la nueva legislación. Finalmente acabaron las relaciones culturales y epistolares, como lo demuestra el hecho de que María se enteró de la muerte de él por la radio.

La obra literaria de María de la O Lejárraga, bajo el nombre de Gregorio Martínez Sierra, fue copiosa. Su publicación de 1909 fue un éxito, Tú eres la paz, formaba parte de un trío de novelas largas con La humilde verdad y El amor catedrático. El 21 de febrero de 1911 se estrenó en el teatro Lara Canción de cuna y a partir de este éxito, su carrera como dramaturga fue una de las más triunfales. En el teatro Eslava se estrenaron casi todos los títulos importantes de su producción: Amanecer, El arte de amar, La adúltera penitente, Sueños de una noche de agosto, Rosina es frágil, Cada uno y su vida, El corazón ciego, Don Juan de España, Mujer, Mamá, Para hacerse amar locamente, El reino de Dios, La torre de marfil… Lo más paradójico podría ser que la voz narrativa se haya identificado como voz de hombre en Cartas a las mujeres de España(1916), Feminismo, feminidad, españolismo(1917), La mujer moderna(1920) y Nuevas Cartas a las mujeres de España(1932)

Paralelamente, la música tenía una gran importancia en la vida de la autora, a la que se debieron algunos de los títulos más importantes de la música del siglo XX. Esta faceta, menos conocida, ha sido estudiada por Mª Luz González Peña (Música y músicos en la vida de María Lejárraga) destacando que para algunos críticos las dos columnas que sustentan el ballet del siglo XX fueron El amor brujo y El sombrero de tres picos que consagraron internacionalmente a Manuel de Falla, junto a El corregidor y la molinera todos ellos con libretos debidos a la pluma de María. Así mismo lo fue el primer triunfo del joven compositor donostiarra José María Usandizaga con Las Golondrinas, que lo convirtió en la gran esperanza de la música española. Esperanza frustrada por su temprana muerte dejando inconclusa la segunda colaboración con ella, La Llama, que se estrenó póstumamente. También mantuvo una larga colaboración con el sevillano Joaquín Turina, en la que figuran zarzuelas, sainetes, obras cercanas al auto sacramental, como La adúltera penitente y la ópera Jardín de Oriente estrenada en el Teatro Real, como Navidad. En el mundo de la zarzuela, Giménez, Calleja, Lleó y Vives pusieron música a textos de María.

Conrado del Campo, maestro de toda una generación de compositores españoles, musicó una de las obras de mayor éxito de la compañía Teatro de Arte de Martínez Sierra en el teatro Eslava, Don Juan de España, si bien el éxito se vio empañado por la ruptura de sus relaciones con Manuel de Falla que en un principio debería haber sido el autor de la música de la inmortal historia del Tenorio. El pavo real fue otro de los grandes éxitos de ese escenario que fue musicalizado por una de las pocas compositoras que la historia de la música española nos ha dejado, María Rodrigo, muy involucrada también en otro proyecto con María Lejárraga, el Lyceum Club. Finalmente, Julián Bautista, perteneciente el Grupo de Madrid de la Generación del 27, también colaboró con María en dos canciones y en una ópera. Así pues, la aportación de María Lejárraga a la música española fue fundamental relacionándose además con las tres generaciones musicales con las que convivió; la Generación del 98, la Generación de los Maestros y la del 27.

Según la escritora Antonina Rodríguez, (María Lejárraga, una mujer en la sombra), “la dependencia intelectual de Gregorio respecto a María era total. Leyendo su epistolario está permitido pensar que Martínez Sierra era incapaz de escribir no ya una comedia sino una carta de pésame, unas cuartillas para presentar un acto, un prólogo, sus conferencias…” En sus cartas se plasmaba el constante apremio llegando incluso a la coacción y al autoritarismo para que ella escribiera y le mandara comedias, colaboraciones, traducciones, así «Una atrocidad de besos y abrazos. Trabaja todo lo que puedas (…) espero con impaciencia el tercer acto de Torre de marfil, pero no estoy preocupado porque estoy seguro que será bueno. Estás trabajando verdaderamente bien; todo lo que has hecho últimamente posee vitalidad, interés, sosteniendo un gran encanto que es lo más importante».

Para la profesora Alda Blanco, (María Martínez Sierra: Feminismo y exilio), María Lejárraga se mantuvo fiel hasta su muerte a la noción de «colaboración» que había establecido en el texto sus memorias (Gregorio y Yo) a pesar de haber podido, en cualquier momento, sacar a relucir las cartas que hubieran callado a todos aquellos que intentaban borrar, apenas recuperada, su autoría como dramaturga y novelista. Este libro se imprimió a mediados de diciembre de 1952 y se lo dedicó a él con estas palabras: «A la sombra que acaso habrá venido -como tantas veces cuando tenía cuerpo y ojos con que mirar- a inclinarse sobre mi hombro para leer lo que yo iba escribiendo.» Esta obra fue objeto de la censura franquista.

En el libro se recogen, sin orden cronológico, los días felices vividos junto a Gregorio. “Nunca se escapa una queja, todo es serenidad. En él se recuerda al grupo de jóvenes luchando para sacar a la calle la revista Helios. Hace semblanzas de sus maestros, músicos y amigos: Galdós, Benavente, Juan Ramón Jiménez, los Álvarez Quintero, Rusiñol, Marquina, Falla, Turina, Usandizaga. Recrea los principios del siglo y sus viajes por Europa descubriendo París, Bruselas, Londres.” Gregorio y yo dio lugar a la polémica, fueron los años en que salió a la luz que la única autoría de todo lo publicado con el nombre de Gregorio había sido escrito por María Lejárraga. Muchos la atacaron.

Sin embargo, en una carta a su hermano Alejandro desde Niza en 1948 con un tono que se desmarcaba del sereno que había utilizado en su libro de memorias, escribió:

«De que soy colaboradora en todas las obras no cabe la menor duda, primero porque es así, y después porque lo acredita el documento voluntariamente redactado y firmado por Gregorio en presencia de testigos que aún viven y que dice expresamente: ‘Declaro para todos los efectos legales que todas mis obras están escritas en colaboración con mi mujer, Doña María de la O Lejárraga García. Y para que conste firmo ésta en Madrid a catorce de abril de mil novecientos treinta’. Además, aunque, después de esto, todo es superfluo, tengo numerosas cartas y telegramas que prueban no sólo mi colaboración sino que varias obras están escritas sólo por mí y que mi marido no tuvo otra participación en ellas que el deseo de que se escribiesen y el irme acusando recibo de ellas, acto por acto, según se los iba enviando a América o a España cuando yo viajaba por el extranjero. Las obras son de Gregorio y mías, todas, hasta las que he escrito yo sola, porque así es mi voluntad.»

También la profesora Patricia O’Connor se ha extrañado del comportamiento de la escritora «Considerando la creencia de María en los derechos de la mujer, su actitud pasiva con respecto a su importante trabajo literario (y de conocerse, podía haber inspirado a otras mujeres) es contradictoria”. Una posible explicación podría encontrarse en las páginas de su ensayo Feminismo de 1917, donde escribió: “Las mujeres callan… porque creen firmemente que la resignación es virtud… callan por costumbre de sumisión… callan, porque a fuerza de siglos de esclavitud han llegado a tener alma de esclavas”. Después de su muerte en Buenos Aires, un baúl de efectos personales llegó a su familia en Madrid. Entre otros papeles, contenía el manuscrito inédito de Sortilegio, su única tragedia y última obra estrenada con la firma de Gregorio. Asimismo, traía también más de cien cartas de su marido que probaron definitivamente lo que decían los entendidos, que las obras las escribía María de la O Lejárraga.

Pero María era mucho más que la relación entre ella y su marido o de quién era la autoría de sus escritos. Como republicana y feminista estaba comprometida con la sociedad que le tocó vivir lo que quedó reflejado en las páginas de la revista Crónica a lo largo de la entrevista que le hicieron el 20 de diciembre de 1931, año tan importante para las mujeres de nuestro país.

“Y la ilustre María Martínez Sierra, en unas cuartillas admirables, como suyas, nos habla del movimiento feminista de España durante el año que acaba (1931)

«María Martínez Sierra acaba de regresar de Francia. Cuando la visitamos, su primer ruego es el de que procuremos la omisión de su nombre en estas páginas de Crónica, dedicadas, por decirlo así, a compendiar en un escrupuloso balance todos aquellos acontecimientos de relevante interés acaecidos durante el año que toca a su fin.” Esto puso en un dilema al periodista pues “quiere que nos limitemos a recoger sus palabras sin mencionarla apenas, sin decir nada de ella, pasando sobre el interés emocional de su charla como sobre ascuas.” El redactor accedió a no hablar de ella “Si acaso, de algo que sea su esencia de mujer, su palpitar ideológico, ‘el reflejo de su espíritu’, según su propia frase. Aunque, pensándolo bien, se necesitarían muchas cuartillas y mucho tiempo sólo para reseñarlos someramente.”

Entonces, la revista puso un espacio a disposición de María Lejárraga que plasmó: “Galantemente, Crónica me invita a llenar una de sus páginas con el comentario del hecho -acaecido dentro del año corriente- que me parezca de mayor importancia, desde el punto de vista femenino. Creo que todas las españolas y casi todos los españoles estarán de acuerdo conmigo en adjudicar la categoría de acontecimiento número uno a la resolución de las Constituyentes que nos asigna parte igual y responsabilidad análoga en el gobierno de la República. Hasta ahora parece que la Constitución consignará nuestros derechos de electoras y nuestra capacidad de elegibles para toda función política, sin distingos ni recortaduras. Démoslo por sentado y felicitémonos por ello.

Esta victoria la hemos logrado sin combatir por ella. Nos encontramos la igualdad entre las manos sin haberla siquiera deseado. Las mujeres inglesas y los muchos hombres que generosamente sostuvieron su causa pelearon por ella largos años con tesón heroico. Las mujeres norteamericanas la defendieron también largo tiempo con entusiasmo decidido, con tenacidad optimista, con invencible buen humor. A bien pocas mujeres españolas se les han ocurrido alzar, no ya la voz, ni siquiera el anhelo a favor de esta posibilidad. No creo que lleguemos a doce las que con meridional entusiasmo intermitente hemos defendido nuestro derecho. Creo que hay en España más hombres que mujeres feministas. Es natural. La idea de justicia, innata en el varón, no la adquiere la hembra -nacida para defender lo inmediato con uñas y dientes- sino a fuerza de cultura. Y la incultura es nuestra tragedia, la tragedia española.”

Como no hay incultura si hay una buena educación, coeducación, ella incidió en la noción de que no se circunscribiera a que la mujer aprendiera para sí misma, por el contrario, el saber es lo que la llevaría a ensanchar su mundo y a sentir sentimientos desconocidos o incluso vedados, dentro del estrecho repertorio de las emociones femeninas autorizadas para la mujer: «Aprenderéis, escribe, a amar al pueblo… aprenderéis a indignaros ante la ignorancia… aprenderéis a aborrecer el privilegio. Se despertará en vosotras la femenina aspiración de crear la paz, cueste lo que cueste, en todas las esferas que caigan bajo vuestra influencia o vuestro dominio.”

“Entramos en la casa cuando la casa se hunde.” Esta frase la recogió María de la observación que hizo en 1921 Crystal Macmillan, secretaria general de la Alianza Internacional para el Sufragio Femenino, “cuando por primera vez, después de la guerra estábamos las sufragistas reunidas en Congreso en Ginebra. Ella se refería entonces, felicitando a las mujeres de veinticinco naciones que acababan de obtener el derecho al voto, al sistema parlamentario en crisis. Hoy puede muy bien aplicarse la frase a la situación mundial. La casa se hunde. El sistema de arreglo social en que nos parece seguir viviendo está en liquidación. La casa se hunde. Es indudable. No parece gran mal, puesto que estaba ya tan vieja y resultaba tan incómoda. Tampoco debemos lamentar haber llegado a ella en mala ocasión. Puesto que se trata de escapar con vida del derrumbamiento, conviene que podamos buscar y encontrar personalmente nuestra propia salida. Pero es preciso que sepamos pesar y medir exactamente lo muy serio de nuestra responsabilidad.”

María trajo a colación esta frase por el momento político y social que se estaba viviendo en España y continuó escribiendo: “El único argumento empleado con cierto apasionamiento en contra de nuestra intervención en la vida pública ha sido el temor -fundado en nuestras ignorancias- de que el voto femenino ponga en peligro la estabilización de la República, dando en las elecciones futuras el triunfo a las derechas. No creo en el «derechismo fundamental» de la mujer española. Cierto que la electora ignorante e inconsciente -como el elector inconsciente e ignorante, (mayoría los dos)- votará al dictado. Pero no al dictado exclusivo del confesor, como se teme, ni al del marido, ni al del hijo, ni al del amigo, ni al del maestro. Votará la mayoría femenina irresponsable al dictado de la moda, es decir, de lo que se lleve con más garantía de ser bien visto.” Vestía bastante ser mujer de ideas avanzadas por ello María no veía probable que se hundiera la República por el empuje del voto femenino. Ahora bien, recomendaba a las mujeres que meditasen sobre este peligro del “encasillado” que “amenaza nuestra libertad apenas apunta nuestro derecho.

¡Daremos el triunfo a las derechas! ¡Confirmaremos el de las izquierdas! ¡Siempre instrumento! ¡Siempre rebaño! ¡Siempre sustentadoras o acatadoras de artificios políticos que no son cosa nuestra! ¡Por qué nuestro voto no ha de dar el triunfo ‘a lo que debe ser’! A nuestro propio espíritu, a nuestro peculiar sentido de la vida. Izquierda en este punto, derecha en aquél. Libertad. Realidad. Bienestar. Esos son los dogmas de nuestra política. ¡Disolver partidos! ¡Por qué no! Ese parece ser el primer resultado evidente del voto femenino en los países que ya le tienen en ejercicio. ¡Debilitar doctrinas para fortalecer conciencias! ¿Hay nada más profundamente deseable? Y suprimir infiernos. ¡Hay tantos… y tan innecesarios! Tenemos, mujeres, tanto que hacer… Habría tanto que decir… ¡Perdón! Por hoy se acabó el papel disponible.”

El doctor Juan Aguilera Sastre (II Jornadas sobre María Lejárraga, Logroño 2001) explicó la influencia trascendental que el catorce de abril de 1931 tuvo en la vida de la escritora: Hacía poco tiempo que cansada de escribir para el teatro, había decidido volver a su vida solitaria al sentir que su existencia se había quedado inmóvil, “como un árbol plantado en una pradera solitaria”. Así pues, el advenimiento de la República fue un aldabonazo de ilusión y compromiso que la movilizó de inmediato e hizo que su existencia diera un giro trascendental, entregándose con apasionamiento a la tarea de contribuir al triunfo de los ideales republicanos. Durante el mes de mayo, la escritora dio un curso para mujeres, en el Ateneo de Madrid, sobre la necesidad de que las españolas apoyaran a la República bajo el título: Por qué las mujeres españolas deben amparar la República. En él desgranó: los Motivos ideológicos y de orden práctico, La República, la esclavitud femenina y los Temores (in)necesarios. Lo allí tratado se publicó con el título La mujer española ante la República.

La intención de María era «Hablar, hablar incansablemente, hablar constantemente en bien de la República” y para difundir “cómo pensamos las mujeres”. El lema del cursillo era: «La patria que para los hombres es la madre, para las mujeres es el hijo”. De esa manera explicaba que así como éstos pasan por etapas naturales que les producen problemas, también sucedería lo mismo con el nuevo régimen, «El país, nuestro hijo, está bajo la influencia de un cambio que es, sencillamente, un fenómeno de crecimiento” y mientras que llegaba a su madurez había que sostener «con todo nuestro esfuerzo el régimen que acaba de implantarse».

Analizó también la gravedad de la situación económica del país y del arcaísmo de la enseñanza que tenía como consecuencia la falta de técnicos, una producción escasa y cara, una nación de “holgazanes por desaliento”. María, ante estos hechos, dijo: “No nos preocupemos demasiado de otros problemas más accesorios. Que si la bandera tiene un color, dos colores, tres. ¿Qué más da…?». Y al hilo de estas reflexiones sobre la bandera introdujo el tema de la paz para España concluyendo, ante aquel auditorio femenino, con la necesidad de consolidar la República porque si “fomentarais el odio y la contradicción dentro de la Patria, inevitablemente encenderíais la guerra civil. Pensad eso: la guerra civil… ¡No la encendáis a ciegas, mujeres de España!”

Reflexionaba sobre la situación de las mujeres y el sistema legislativo: ¿Qué se le niega a ésta? absolutamente todo y sin atenuantes desde el mismo momento en que la mujer se casa y concluyó que por esto, “un régimen de libertad, está obligado a liberar a la mujer y le conviene porque somos muchas ya que hay mucho que hacer en España y necesita pedirnos ayuda para casi todo, y en especial para legislar”. Les recordaba la guerra y la cuestión de los hijos ilegítimos y la forma nueva de familia. Les instaba a apoyar al Gobierno de la República porque hasta ahora había dado «pruebas fehacientes de su buen propósito», porque había puesto en manos de una mujer la Dirección General de Prisiones, había abierto los Registros y las Notarías a las mujeres y las ha declarado elegibles. «Y esto es sólo empezar. Porque de las Cortes Constituyentes saldrá la absoluta igualdad en derechos para hombres y mujeres.» Y concluyó: “si no triunfa la República y lo de antaño vuelve, ¿no tomarán los caídos de hoy tremendas represalias contra las que hayamos querido amparar la libertad, y entonces estaremos peor que estábamos?»

Finalmente trató lo que Tuñón de Lara denominó «claves de la República», junto a algunas otras. Así analizó la denominada «cuestión religiosa» y la «cuestión catalana». Para empezar con el primero de los temas se centró en la libertad de cultos, la escuela laica y la separación de la Iglesia y el Estado concluyó no había que tener temor alguno por establecer la libertad de cultos y por otro lado, la escuela debía ser laica; era fundamental la «separación de la Iglesia y del Estado el cual no pagará al clero”.

La “cuestión catalana” estaba publicada con el título de Federación, aunque en la prensa se anunció como el «Problema catalán». María Lejárraga se dedicó a la integración de ambos términos pues una patria puede estar constituida por un Estado centralista o por un Estado federal. Analizó el hecho de que Cataluña «desee formar parte de la patria española como miembro de una federación» lo cual no es ningún crimen contra el patriotismo. Recordó que al ocupar el trono una dinastía francesa, “país que puede ser considerado como el paladín del centralismo”. Cataluña no había podido adaptarse nunca a esa forma de Estado, “y ahora cuando ha caído el trono que sostenía y representaba el centralismo, se ha decidido por la descentralización federativa”. Y concluyó: «Esta es la verdad sencillísima de lo que se llama problema catalán.”

Siguió diciendo: “Pero la idea de gobierno, decíamos, se basa también en la ley, y ésta puede considerarse como mandato o como convenio -que es la propia del sistema parlamentario de la República-, y también como única o como diversa. (…) Parece que la ley única -igual para todos-, es el ideal de justicia y así se recoge en el conocido lema de la Revolución Francesa ¡Libertad, Igualdad y Fraternidad! Pero la cuestión no es tan sencilla. Libertad e Igualdad, parecen significar lo mismo, y significan, precisamente, lo contrario. Suenan muy bien juntas… pero apenas se las quiere hacer servir unidas a un mismo fin, surge su inevitable contradicción”. Y recurrió al conocido ejemplo de Lenin que al ponerlas en práctica estableció: “¡Viva la igualdad, aunque la libertad se vaya a paseo!”. “Para la solución María postuló que la ley debe ser «una para todos cuando de lo esencial y sustantivo se trate, y diversa, flexible, multiforme, cuando se refiere a lo peculiar o adjetivo». Examinando la Historia de España concluyó que el Estado español era el resultado de una amalgama de las más diversas «aportaciones materiales y espirituales» y este eclecticismo de peculiaridades «es nuestra riqueza; pero es también nuestro conflicto». Después de una explicación pormenorizada concluyó en que «no hay que asustarse en esta hora de formación ilusionada, ante el fantasma artificioso y arteramente evocado del peligro catalán».

El cursillo de María en el Ateneo tuvo resonancia. Y el 7 de julio de 1931 se celebró un homenaje en su honor en el Retiro madrileño, así como también después en el Ateneo de Barcelona. En noviembre de 1933 fue elegida diputada por Granada. En las Cortes Republicanas tuvo la oportunidad de hacerse oír en contra de la injusticia y en favor de la igualdad: «Es preciso si se quiere libertar al pueblo, librarle de la esclavitud del hambre y de la esclavitud del terror».

Participó activamente en la vida parlamentaria socialista durante el bienio negro, así como en todas las actividades posteriores que se organizaron en favor de los procesados y familiares de los participantes en la Revolución de Asturias. Igualmente, continuó hablando en los mítines y propagandas de las elecciones republicanas del Frente Popular Antifascista de febrero de 1936, recorriendo las provincias del norte. Así como en los mítines con los integrantes de la conjunción del Frente Popular donde se juntaron militantes de diversas procedencias como el cura Juan García Morales con el comunista Leandro Carro; y con el miembro del PSOE, Amós Sabrás Gurrea.

La noche del 17 de julio de 1936 al salir del Ateneo, le informaron de la sublevación militar en Marruecos, «Nuestra bien nacida República, nació en paz, y murió a mano armada», escribiría más tarde María Lejárraga. No obstante, continuó trabajando para la República y en octubre se fue a Berna para ejercer el cargo de agregada comercial de la República Española para Suiza e Italia. En otoño de 1937, se hizo cargo de una colonia de niños evacuados de España. Al terminar su trabajo y antes de finalizar la guerra civil, se instaló en su casa de Niza y de allí, tras la ocupación nazi, salió al exilio pasando brevemente por Estados Unidos y México para concluir, a partir de 1951, en Argentina hasta su muerte en 1974. Esta etapa la explica Juan Aguilera Sastre (La obra literaria en el exilio de María Martínez Sierra. Un texto dramático inédito) que en ese país publicó sus dos libros de memorias: Gregorio y yo y Una mujer por caminos de España. María Lejárraga comenzó a escribir en 1949 esta segunda obra a instancias de su editor en Nueva York, fue publicada en Buenos Aires en 1952 y en España en 1989. En ella relató sus experiencias como «propagandista socialista» en los años de la II República, las miserias y pobreza de las zonas rurales, los lugares insólitos desde donde tenía que hablar, las experiencias y desgarros de aquellos años.

María de la O Lejárraga murió en Buenos Aires, el 28 de junio de 1974, pocos meses antes de cumplir los cien años. En una de sus últimas cartas decía: “Las mujeres socialistas debemos enseñar, enseñar sobre todo una asignatura única: La solidaridad humana».

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