En cuestión de música soy un poco rarito, que lo mismo me gusta un concierto de música tecno que una ópera barroca, una representación de zarzuela o un concierto del “El consorcio”. Daría lo que fuera por haber escuchado a Julián Gayarre interpretar en directo “Los pescadores de perlas” en el Teatro Real de Madrid y, en su defecto, un concierto de The Smiths en el Manchester de los años ochenta. Y, como romántico que soy, todavía compro entradas, aunque luego la pandemia de coronavirus me impida asistir a muchos espectáculos, para ver a mitos vivientes como Elton John, The Cure o Pet Shop Boys. Valga una presentación tan larga para justificarme un poco, porque también hay mucha música que no me gusta nada y por la que no movería un solo músculo; no pretendo en absoluto buscar su complacencia o su asentimiento a tales preferencias, pues muy bien sé que en materia de inclinaciones artísticas todos somos, además de subjetivos, profundamente ridículos, sobre todo cuando queremos defender a capa y espada lo que nos emociona hasta la conmoción. Por eso no voy a listar las músicas que no soporto ni de lejos y dejo a su imaginación adjudicármelas, si es que quiere perder su tiempo en eso.

Una de esas músicas, seguro que lo han adivinado por el título, es esa mezcla de ritmos caribeños y africanos que dicen que nació en Nueva York y que lleva el nombre de un complemento indispensable para hacer, por ejemplo, espaguetis a la boloñesa. Y una de sus máximas representantes fue una cantante cubana en el exilio que se hizo famosa en todo el mundo al grito de “¡Azúcar!” y que pretendía llenar la vida de una alegría exultante que nos redimiera de la monotonía diaria, cuando no de la miseria moral o económica del siglo. Si comparada con la despreocupación de los felices años veinte la salsa de Celia Cruz resultaba un tanto postiza, lo cierto es que cientos de infelices buscaron su redención en las academias, donde los bailes de salón clásicos fueron progresivamente sustituidos por la bachata, el calipso o el merengue, hasta tal punto que ahora mismo, si quieres ligar pasados los cincuenta, como no bailes los ritmos antillanos como una peonza, no te comes una rosca. A excepción, claro, de que seas George Clooney o un multimillonario de influencia internacional, que entonces el mundo es tuyo y te lo meriendas hasta fuera de ritmo.

Claro que yo no venía aquí a perorar sobre música, que especialistas hay que lo hacen mejor y puede que incluso sean menos aburridos. Me disponía a tratar sobre la palabra del título y, sin querer, me he ido por las ramas de la musicología, tanto que, si me descuido, acabo exponiendo los orígenes del tamtam. Lejos de mi intención, por otra parte, está la de ser demasiado crítico con el azúcar, por más nociva que sea para la salud y la causa de tantas enfermedades como, sin ir más lejos, desorganización alimenticia, obesidad, diabetes y caries. Por menos que eso a un conocido ministro del gobierno español le organizaron una campaña en contra por haber cuestionado la calidad de la carne que se produce industrialmente y hasta pidieron los fabricantes del sector su dimisión por tal atrevimiento: y eso, fíjense ustedes, que hace ya muchos años que se recomienda internacionalmente la reducción del consumo de carne roja para evitar males tan extendidos como el cáncer de colon. A veces, es mejor dejar que la población siga disfrutando de sus barbacoas con los amigos y familiares que velar por sus intereses, sobre todo si quieres seguir siendo ministro y hacer algo útil, si te dejan, por el bien común.

Así que he decidido ser pragmático y no meterme en charco alguno. Uno de los hombres más odiados del país es Julián Basulto, un dietista y nutricionista que desde su blog y otros medios de comunicación nos alerta de mitos, falsas noticias y fraudes alimentarios, y al que yo mismo odio porque ha declarado una guerra sin cuartel contra el azúcar, personificada en la popular y simpática palmera de chocolate. A estas alturas, me digo yo, ya sabemos todos que, si sientes predilección por el sabor dulce, tienes un problema de padre y muy señor mío. Y si la predilección se convierte en adicción, entonces estás perdido definitivamente. Me pregunto para qué me lo tienen que repetir tanto, si cada vez que me como un helado, una magdalena industrial, un trozo de trenza de Almudévar, me siento más culpable que un juez prevaricador. Por eso, después de pensarlo muchas veces, me abstengo de opinar negativamente sobre los gustos de nadie, que no quiero problemas. ¡Viva la carne roja! ¡Viva el azúcar!

Jesús Jiménez Reinaldo

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