El materia educativa la controversia siempre es terreno para el debate. La realidad se impone y los apóstoles de nuevas tendencias, creen en la facultad del descubrimiento y aprendizaje autónomo como herramienta mediante la que los y las más jóvenes pueden decidir qué quieren o no aprender en base a un desconocimiento previo. Un ejercicio delirante en el que además se sugiere la investigación a modo de canal para la Asunción de contenidos. Bien está, pero ¿qué herramientas iniciales se les dará? ¿Alguna? ¿O todo forma parte de una especie de apuesta en la que son otros quienes deciden tales cuestiones dando por válido lo que convenga, adaptado al antojo del enseñante?… ¿Deberemos enseñar a leer? ¿o dejamos que cada cual descubra la escritura por si sólo…?

En esta suerte de ocurrencias se alude a la memoria como una rémora para el aprendizaje. Como si con ello la solución al problema estuviera resuelto al sustituirla por el momento. Bajo este prisma, deberíamos desechar la memoria y, claro, con ello la cultura como testimonio.

Con todas las taras que quieran ponerse, que a lo largo de la historia las ha habido y muchas, conviene recordar que el pensamiento, los pensamientos y su complejidad llegads hasta ahora, son con los que hemos ido construyendo las ideas, fórmulas y decisiones del presente que, a su vez, cuestiona todo lo anterior y mercadea en la imposición de propuestas metodológicas no contrastadas, pero políticamente bien vistas por lo que tienen de aparente revolución. Y de ahí el consiguiente desconocimiento de lo esencial. Se ha llevado a la cima el “descubrimiento” perpetuo como si en cada generación todo debiera empezar y, claro, desde esa posición el avance en toda materia sería y será imposible.

Parte de la cultura de masas se ha contagiado de este halo hasta confundir cultura con soporte cultural. Música, teatro o  literatura han conseguido en parte escapar a esta marea porque son factores de la cultura en donde existe una permisiva y necesaria diversidad que abarca desde creadores y creadoras hasta la producción. No entraremos a valorar aspectos en los que puede invadirnos la duda acerca del nivel de algunas manifestaciones, porque son manifestaciones al fin y al cabo a las que se les permite su presencia y la posibilidad de ser visibles.

Son estas disciplinas, con mayor o menor aceptación, puestas a disposición del público y es éste quien elige -aun pudiendo cuestionar la elección- qué es aquello que quiere escuchar, ver o leer… Porque en ello hay agentes que buscan y generan canales: promotores, productoras, editores, representantes…que apuestan por uno u otro formato. En este panorama hay televisiones, plataformas, cines, cadenas musicales, discográficas o editoriales e incluso organismos oficiales, en donde la diversidad busca y es buscada. En todo menos en el área de Artes plásticas donde nada de esto existe y la difusión va a depender del ánimo que en ello pongan las instituciones arracimadas en torno a unas mismas premisas ausentes de diversidad y sí mucho ganapán apuntado al continuo afán “descubridor” donde la propuesta viene desde  dentro.

Es muy probable que, flotando como flotan críticos, comentaristas, gestores culturales, comisarios o expertos en museología, sus opiniones lleguen articuladas desde ese paraíso del hallazgo perpetuo de forma autónoma a partir del cual – con una retórica recurrente, creída e impuesta como una alternativa a la memoria de lo anterior- deciden, quitan y ponen,  o sitúan practicas artísticas fuera del usuario, del público y el interés general al no existir otros canales distintos al despacho desde el que se opera.

No nos engañemos, las prácticas contemporáneas, no interesan a nadie, o sí; interesan en su mayoría a los epígonos que desean alcanzar esos mismos despachos desde los que se arbitra  el arte contemporáneo, interesa a sus ejecutores que fabrican al dictado, interesa a los que proponen con un marcado interés en la indefinición testimonial… y no, no interesa a nadie porque no hay espacios para la diversidad ni para la elección. Todos deciden menos quien, precisamente, es dueño de los procesos, el o la artista plástica. No interesa porque el modo en que se alude a realidades se hace sorteando el entendimiento de las personas, convirtiendo una propuesta en una mirada al ombligo. Y habrá quien diga que todo esto es una barbaridad, pero, lamentablemente así es. Poco quedará, sustentado por sí mismo, del arte que ahora puede verse. Y poco será porque la cultura es fruto de idearios colectivos y aquí, en Arte, nada hay de eso, el ideario es únicamente institucional, cuestionador de toda cultura que no sea la propuesta en curso, como si todo lo anterior hubiera sido un parvulario continuo.