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OPINIÓN

Rivas Vaciamadrid: Estrés, Atascos y Esperas Eternas .

“Lo suyo no es Rivas, es el veto”

Artículo de opinión de Bob Bernstein, director del satírico The Rivas Tribune

El PP local convierte la fiscalización en coartada cultural: no discute las ideas, intenta suspender el escenario donde se expresan

Hay lemas que envejecen mal, y luego hay lemas que envejecen exactamente como estaban destinados a envejecer desde el primer día: con la ironía ya incorporada de fábrica. “Lo nuestro no es ideología, lo nuestro es Rivas” pertenece a esta segunda categoría. Nació para sonar a sentido común vecinal, a gestión sin trincheras, a política de acera y banco de parque. Pero hay frases que se desmienten solas en cuanto se les coloca delante un escenario de diez metros, una programación cultural con Jordi Évole, Silvia Intxaurrondo o Bob Pop, y un contrato municipal.

Entonces “lo nuestro es Rivas” deja de significar “nos importa la ciudad” y empieza a sonar, con bastante menos encanto, a “nos importa decidir qué cultura puede consumir la ciudad”.

Conviene no tratar el episodio como una rareza administrativa caída del cielo. Hace apenas unas semanas, militantes del PP local participaron en el borrado de un mural vecinal en defensa de la sanidad pública. No era una amenaza al orden constitucional ni una llamada a la insurrección: eran versos sobre hospitales, cuidados y servicios públicos. Pero hay mensajes que, por lo visto, ensucian más que otros. La ideología, ya se ve, no desaparece cuando uno la niega; simplemente aprende a distinguir qué conviene borrar y qué puede permanecer tranquilamente en la pared.

La asimetría que el lema no puede nombrar

El argumento de fondo del PP ha sido más o menos este: el Festival de las Ideas y la Cultura no era un evento cultural neutro, sino un acto ideológico travestido de programación municipal. La acusación tiene una lógica superficial. Naturalmente que un festival organizado junto a elDiario.es incorpora voces reconocibles en un determinado ecosistema político y cultural. Eso no es una revelación periodística. Es, más bien, la definición misma de lo que hace un medio cuando organiza un evento con su marca.

La cuestión no es si un festival tiene línea editorial. La cuestión es por qué algunas líneas editoriales merecen recurso administrativo urgente y otras, en cambio, forman parte del paisaje natural de la libertad de expresión.

Porque aquí está el matiz que la indignación del PP suele olvidar con una disciplina admirable: medios conservadores, liberales o directamente reaccionarios organizan también foros, encuentros, congresos y jornadas con sus propios invitados, sus propios marcos mentales y sus propios aplausos previsibles. Y no por eso aparece una concejala de izquierdas a dos días del evento, cuando las sillas están colocadas, los hoteles reservados y el escenario a medio montar, invocando la contratación pública como si acabara de descubrir a Montesquieu en una carpeta municipal.

Esa es la verdadera asimetría. No que haya cultura con orientación ideológica. Siempre la hay. Lo revelador es que solo se considera escandalosa cuando la orientación no coincide con la propia.

Herbert Marcuse hablaba de “tolerancia represiva” para describir esa forma de poder que no necesita prohibirlo todo, sino administrar selectivamente qué voces merecen espacio y cuáles deben ser hostigadas bajo apariencia de neutralidad. El caso de Rivas encaja con una precisión casi pedagógica: nadie ha escrito “censura” en el expediente, nadie ha ordenado cerrar un teatro por decreto, nadie ha quemado libros en la plaza. Mucho más moderno: se activa una vía administrativa en el momento más dañino posible y se llama a eso fiscalización.

Byung-Chul Han lo habría disfrutado, probablemente con cara de agotamiento: el poder contemporáneo rara vez se presenta como poder. Prefiere aparecer como trámite, como procedimiento, como cumplimiento escrupuloso de la legalidad. Un epígrafe erróneo, una suspensión automática, un recurso que llega tarde, pero llega justo a tiempo de hacer daño. No hay bigote censor ni capa negra. Hay registro de entrada.

Y, sin embargo, el efecto buscado era bastante reconocible: dejar en el aire una programación cultural incómoda mientras el reloj corría contra los organizadores.

No es censura, es gestión

El PP de Rivas no necesita sentirse censor para comportarse como tal. Esa es, de hecho, la ventaja del método. Uno puede levantarse por la mañana convencido de que defiende la libertad, desayunar gestión responsable, presentar un recurso que amenaza con suspender un festival entero y acostarse pensando que ha salvado al contribuyente de una amenaza llamada Marc Giró.

Hannah Arendt distinguía entre la acción política que abre mundo común y la mera administración de ese mundo. En Rivas, el PP parece haber encontrado una tercera vía: no disputar ideas en el espacio público, sino discutir la existencia misma del espacio donde esas ideas pueden expresarse. No se debate con el festival: se recurre el festival. No se pinta otro mural: se borra el mural ajeno. No se propone una cultura alternativa: se revisa la factura de la cultura que molesta.

Hay una coherencia interna, desde luego. Si lo propio nunca es ideología sino gestión, entonces impedir la ideología ajena tampoco es censura: es gestión otra vez. Gestión con disolvente. Gestión con recurso. Gestión con nota de prensa. Gestión con cara de haber leído el pliego entero cuando, en realidad, lo más importante no era el pliego sino el calendario.

¿Y el dinero público, qué?

Queda el argumento más eficaz para tertulia, sobremesa y grupo de WhatsApp: el dinero público. Se dice pronto y funciona siempre. El festival se financia con dinero de todos y, por tanto, no debería pagar una programación de un solo signo. El razonamiento suena prudente, casi higiénico. El problema es que se usa con una selectividad que empieza a parecer menos fiscalización que alergia.

El contrato ascendía a 262.139 euros, de los cuales 130.900 procedían de una subvención estatal vinculada a la Agenda 2030 y el resto lo aportaba el Ayuntamiento en el marco de Ágora Rivas 2030, un proyecto cultural municipal que no nació ayer ni fue inventado en una servilleta para invitar a Évole a merendar. Se podrá discutir el modelo, el procedimiento, el encaje cultural, la oportunidad política y hasta la intensidad del cartel. Todo eso forma parte del debate democrático. Lo que cuesta más defender es que el celo presupuestario aparezca justo cuando el cartel no gusta.

Porque el dinero público lleva décadas financiando fiestas patronales, conciertos, ferias, procesiones, certámenes, mercados medievales, festivales familiares, actividades deportivas, verbenas y programaciones culturales con toda clase de sensibilidades, públicos y referentes. Y eso no convierte automáticamente cada gasto municipal en propaganda. Lo convierte en política cultural, que podrá ser mejor o peor, más plural o menos, más cara o más barata, pero que no se vuelve sospechosa solo cuando se sube al escenario alguien que incomoda al PP.

El problema no es preguntar por el dinero público. El problema es descubrir la pureza presupuestaria solo cuando la factura financia algo que no votarías.

Además, conviene precisar lo que en el debate se ha confundido a menudo. El contrato fue adjudicado por la Junta de Gobierno Local el 23 de abril y publicado en la Plataforma de Contratación del Sector Público el 27 de mayo. El PP no tenía voto en esa Junta, porque no forma parte del Gobierno municipal. Eso es cierto y conviene no caricaturizarlo. Pero también es cierto que el recurso no se presentó hasta el 23 de junio, tres días antes del festival. Es decir: la oposición no pudo votar el expediente en la Junta, pero sí pudo combatirlo antes por las vías ordinarias. No lo hizo cuando la impugnación podía tener un sentido administrativo limpio. Lo hizo cuando podía tener un efecto político máximo.

Ahí está la diferencia entre fiscalizar y torpedear.

Rivas como excusa

Al final, el lema tenía razón, aunque no en el sentido que pretendía. “Lo nuestro es Rivas” no significa aquí una ciudad compartida, sino una ciudad administrada como frontera cultural. Rivas sí, pero no cualquier Rivas. Rivas sí, pero no la que escucha a quien no me gusta. Rivas sí, pero no la que pinta versos sobre sanidad pública. Rivas sí, pero no la que llena una plaza para hablar de periodismo, humor, música o memoria democrática con gente que no saldría en mi cartel ideal.

Y eso, por mucho que se disfrace de expediente, es ideología. Ideología de la más reconocible: la que se niega a sí misma para poder operar con más comodidad.

El PP de Rivas tiene parte de razón cuando dice que lo suyo no es ideología, si por ideología entiende ideas, proyecto de ciudad o disputa cultural abierta. Lo suyo, en este episodio, ha sido algo más modesto y más eficaz: convertir un trámite administrativo en una porra invisible, descubrir la transparencia justo cuando el adversario monta un escenario y confundir neutralidad con derecho de veto. Nuestros lectores más fieles lo identificarán con esa “derecha bonsái” de la que hablábamos hace unos meses.

Con el festival ya salvado por la inadmisión del recurso, queda una conclusión bastante sencilla: lo nuestro, lo de todos, debería ser Rivas. La cultura, también. La discrepancia, también. El dinero público, también sometido a control. Pero lo suyo, lo del PP local, no ha sido proteger Rivas de la ideología. Ha sido intentar proteger su propia ideología de Rivas.

Y eso sí que tiene mérito: negar la ideología con tanta energía que al final se te ve entera.

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