Hace ya algunas semanas, mi querido amigo Batichelo -con el que comparto jubilación y diversidad funcional- me comentó que había accedido a la ayuda a domicilio con bastante facilidad. Se presentó en una oficina de Servicios Sociales del Ayuntamiento de Rivas-Vaciamadrid, donde le informaron de sus derechos. Rellenó una serie de datos y en la misma oficina pudo registrar su petición. Ya cuenta con ese servicio gratuito. Batichelo me animó a hacer lo mismo.
Me animé y me puse manos a la obra. Pedí cita y me convocaron en la calle Frida Kahlo y fui atendido excelentemente. Nada más llegar a esta oficina había una plaza de aparcamiento para personas con movilidad reducida, pero carecía de rampa para acceder a la acera sin problemas. Primera barrera superada con ayuda de terceras personas. Al traspasar la puerta, buen trato y atención por parte de la persona que me pasó al despacho correspondiente. La mujer que me atendió pidió disculpas por hacerme esperar tres minutos. Me quedé sorprendido por la educación de la trabajadora social, a la que dije que, incluso si la demora hubiese sido más larga, habría tenido que esperar de pie porque los asientos disponibles no cuentan con reposabrazos, lo que impide sentarse a las personas de edad muy avanzada y con problemas de movilidad. Esto mismo me sucedió en otra oficina municipal.
Ya sentado con la trabajadora, a la que transmití mis quejas sobre la accesibilidad, me comentó que cuando haya rellenado la solicitud deberé entregarla en otra oficina ya que la de Frida Kahlo ya no funciona como registro. Hacía semanas que había dejado de cumplir esa función. Supongo que el porqué tiene que ver con la movilidad de las personas con diversidad funcional. Es decir, para que nos movamos y hagamos ejercicio.
Cuando se habla de accesibilidad no se relaciona con una sola cosa o producto sino a una cadena de accesibilidad que se refiere a la capacidad de aproximarse, acceder, usar y salir de todo espacio o recinto con independencia, facilidad y sin interrupciones.
En la revista Rivas al día, cuyo último número se dedica a la movilidad y al nuevo Bicinrivas, Isabel González, doctora arquitecta, afirma que “la movilidad se ha convertido en un derecho, cuando realmente el derecho tendría que ser la accesibilidad”.
Me muevo en mi coche por todo Rivas y compruebo la ausencia de plazas de aparcamiento para personas con diversidad funcional en sitios frecuentados por la población ripense como zonas de bancos, comercios o bares y restaurantes. También observo cómo la feria del libro, cerca de la Biblioteca Gloria Fuertes, que cada año cuenta con más casetas y público, no ha ampliado ni una sola plaza para este colectivo.
Tampoco recuerdo ninguna campaña concreta y específica para concienciar a los vecinos y policía municipal sobre el cumplimiento de las normas de aparcamiento para este colectivo y el resto de ripenses.
En la revista municipal, que siempre observo atentamente, en noviembre de 2024, leí que el Ayuntamiento había encargado un estudio sobre discapacidad en el municipio. Como no lo encontré por ningún lado, lo pedí oficialmente. Días después, se lo pedí también a mi amigo y exalcalde Pedro del Cura, que por tener un koleguita de andares sandungueros y del que se sabe de qué pie cojea, es más sensible a estas cuestiones. Días después, el estudio fue colgado en la pagina web del Ayuntamiento.
No conozco si existe algún reglamento sobre accesibilidad o proyecto sobre cómo mejorar la situación de estas personas. El citado estudio sobre discapacidad debería publicitarse por parte de las autoridades locales. No hace mucho el ministro de Derechos Sociales, Pablo Bustinduy, anunció una nueva ley en la que aparece como un derecho fundamental la accesibilidad universal en todos los ámbitos.
Parece claro que movilidad sin accesibilidad nos aparta a muchos ciudadanos a los que nos dejan desplazarnos en vehículo pero sin salir del coche. La accesibilidad es necesaria, pero sigue siendo una asignatura pendiente en Rivas.









