Las fértiles terrazas junto al cauce del río Jarama, la cercanía de la Cañada Real y los montes de Vallecas hicieron que el entorno de Rivas-Vaciamadrid fuera proclive para la agricultura y la ganadería desde los remotos tiempos de los carpetanos. Hoy, Rivas es una ciudad de más de 100.000 habitantes que se niega a dar la espalda al campo, como hacen la mayoría de las grandes urbes, y que ha impulsado el Parque Agroecológico del Soto del Grillo, una auténtica excepción regional.
Y es que la Comunidad de Madrid, con 6,5 millones de habitantes (casi la mitad residen en la ciudad de Madrid), funciona como una región metropolitana donde las dinámicas sociales y de intercambio superan los límites ecológicos de la propia Comunidad Autónoma, lo cual también se evidencia en que la región es incapaz de abastecerse de alimentos por sí misma. En concreto, la Comunidad de Madrid tiene capacidad para producir el 46% en carne, 19% en lácteos, miel o huevos, y tan solo un 5% de las frutas, hortalizas, legumbres y frutos secos que consume, según indicaba la Estrategia de Alimentación Saludable y Sostenible 2018-2020 del Ayuntamiento de Madrid.
Fue hace ya casi una década, en octubre de 2015, cuando la capital de España rubricó el Pacto de Política Alimentaria Urbana de Milán. Un pacto que compromete a las ciudades firmantes a desarrollar sistemas alimentarios basados en la sostenibilidad y la justicia social. Varias localidades de la Comunidad de Madrid se han adherido a este pacto, como Móstoles, Villanueva de la Cañada, Alcalá de Henares, Fuenlabrada o Rivas-Vaciamadrid, pero solo estas dos últimas han realizado un verdadero esfuerzo por impulsar parques agroecológicos de entidad suficiente en su entorno más próximo, según coinciden varios de los productores locales consultados.
Según el informe “Análisis de las propuestas para la generación de trabajo decente en el sector agroecológico en Madrid”, elaborado por la UOC, se han localizado 171 proyectos productivos que formarían parte del sector agroecológico en la Comunidad de Madrid. La mayoría se ubican en la comarca de Las Vegas (30%), a la que pertenece Rivas. Los proyectos ganaderos como el de Antonio Pérez (Vega de Rivas) tienen la mayor proporción de certificación ecológica (casi un 60%), seguidos por los proyectos agrarios (44%) y los de transformación alimentaria (casi un tercio).
Estos datos se dan en medio de un proceso de declive y concentración de la producción agrícola en la región, en la que los espacios de regadío apenas representan el 3% de la superficie autonómica (unas 26.000 Ha). Por su parte, los de secano son un 20% (prácticamente, 160.000 Ha); en concreto, la superficie de olivar y viñedo abarca el 5% (40.650 Ha). No toda la superficie agrícola está efectivamente cultivada y las pequeñas explotaciones van cerrando, ante la falta de relevo generacional. Aquellas mayores a 100 Ha suponen ya dos tercios del total y la titularidad juvenil de las explotaciones (menores de 35 años) es del 3,51%, mientras que la media estatal es del 4,56%. ¿No hay sitio para la agricultura en Madrid?
La semilla del potencial agroecológico de Rivas
En 2012, cuenta Javier Sánchez (uno de los impulsores de Semillando Sotillo), la concejalía de Medio Ambiente apostó por impulsar el Parque Agroecológico Soto del Grillo, cediendo numerosas parcelas de entre 2 y 4 hectáreas a diversos proyectos. El trío formado por Joaquín, Carlos y Javier fueron uno de los proyectos “amateur” (ninguno de ellos tenía experiencia previa en el sector) que dió el paso y se consolidó como lo que es hoy Semillando Sotillo. Otros muchos no lo lograron. “La gente se cree que cultivar es fácil”, razona Antonio Pérez (Vega de Rivas), que lleva cuatro décadas dedicado a la agricultura y la ganadería y es el productor que lleva más tiempo en la zona.
La agricultura de cercanía que practica Semillando Sotillo contrasta notablemente con las grandes plantaciones industriales. Mientras que estas últimas a menudo priorizan el volumen sobre la calidad y utilizan métodos que pueden ser perjudiciales para el medio ambiente, la cooperativa pone un fuerte énfasis en el uso de tratamientos orgánicos y en el respeto por los ciclos naturales de los cultivos. Además del impacto ambiental positivo que supone una agricultura de kilómetro cero que se ahorra la contaminación del transporte, Semillando Sotillo también se distingue por su modelo económico y social. La cooperativa se esfuerza por garantizar un trato equitativo, incluyendo un pago justo a los agricultores y productores a los que compra mercancía para completar la oferta de su tienda. “Tenemos productos a granel, semillas, frutos secos, galletas, miel, harinas, conservas de legumbres y de tomate, preparados, aceite, vinagre, sal, café…”, enumera. Todo ello, productos certificados como ecológicos.
Una etiqueta que no es para todo el mundo
“Natural es todo, pero luego lo que es bio, ecológico u orgánico, cada cosa lleva su distintivo europeo”, explica el socio cooperativista de Semillando Sotillo. Ese marco común de la Unión Europea se aplica de manera distinta. Las certificaciones varían según las aplique un estamento público como la Comunidad de Madrid o empresas privadas como ocurre en Andalucía, explica Javier. El estudio exhaustivo incluye la tierra, el agua con que vayas a regar y las semillas que se planta. En este último caso, ejemplifica Javier: “Las semillas tienen que estar certificadas ecológicamente, que significa que no tienen ningún tratamiento fitosanitario químico”.
Los productores llevan un “cuaderno de campo” en el que deben apuntar todas y cada una de las intervenciones que hacen sobre el producto y sobre la finca. Incluso el abono debe seguir un estricto seguimiento para no perder los sellos distintivos de la agricultura ecológica, es decir, “no vale cualquier mierda”. Cada seis meses, aproximadamente, se cogen y analizan muestras para garantizar que se siguen cumpliendo los requisitos y el agricultor se queda también una muestra como garantía. Y es que el tendero de Semillando Sotillo cuenta un caso de un conocido suyo cuya muestra sufrió contaminación cruzada, es decir, se contaminó de camino al laboratorio. La muestra del agricultor salió bien y se descubrió que el técnico que analizó la muestra recogida había tocado esa mañana el collar antipulgas de su perro, por lo que las trazas químicas persistieron en las manos, pese a lavárselas. Una anécdota que refleja bien el estricto seguimiento de las autoridades para cuidar de la seguridad alimentaria.
Verdura de temporada
Javier Sánchez recuerda que lo primero que hay que hacer para consumir alimentos de forma ecológicamente más sostenible es elegir en cada momento las frutas y verduras de temporada. Las solanáceas, como su nombre indica, se producen bajo el sol veraniego. Encontramos productos como la patata, el tomate, la berenjena o el pimiento. En estas fechas, también encontramos a otra familia de hortalizas, las cucurbitáceas. En ellas, se incluye la calabaza, el pepino o el melón, por ejemplo.
Por contra, en invierno destacan las crucíferas, como la coliflor, el brócoli, las coles de Bruselas, el repollo, el nabo o la col china. Ironiza Javier que “en Carrefour, están todas, todo el año”, para aclarar a continuación que en la agricultura ecológica también es posible encontrar grandes invernaderos que producen productos como el tomate o el pepino durante todo el año.
Una despensa ripense que daría soberanía alimentaria
Además del pequeño productor que además tiene una tienda, que es el modelo que empezó a extenderse en Rivas, encontramos otros proyectos más grandes como la ganadería de Antonio Pérez: Vega de Rivas. Él advierte de que, pese a que el Ayuntamiento tiene a una persona designada para hacer asesoramiento a los proyectos de Soto del Grillo, muchas de las parcelas están infrautilizadas: “hay parcelas de 2 hectáreas en las que hay un 5% cultivado”. Lo cuál dificulta la economía de escala que, según su experiencia, hace verdaderamente sostenibles y rentables las explotaciones agrícolas. Pide a quienes vayan a emprender proyectos que se conciencien de que “la agricultura no es sembrar y recoger, hay que trabajar mucho”.
En su caso, cultiva “unas ocho hectáreas y media”, la mayoría para forraje con el que alimentar a sus animales. Al terreno que le presta el Ayuntamiento, suma sus propias parcelas. Los productores consultados destacan la “seguridad” que brinda el Ayuntamiento al establecer contratos administrativos para varios años en las aproximadamente 72 hectáreas de terreno, con máximo 6 Ha por cada proyecto.
Por otro lado, nos encontramos a Riconatura, la empresa más grande del Parque Agroecológico del Grillo, que emplea hasta a 17 personas (además de los socios) en los picos de recogida de tomate. Félix Ledesma era, como su socio David, un trabajador del sector financiero hijo de padres agricultores que decidió que le hacía más feliz el modo de vida que conoció viendo trabajar a su familia, así que ambos se pusieron en marcha junto a su tercer socio Ángel, que venía de haber tenido éxito en el mundo del cine. “Es gimnasio, ocio y huerto…todo en uno”, bromea Félix, que sostiene que “te tiene que gustar” y que hay que aprender poco a poco, como hizo él de sus padres.
El Parque Agroecológico de Rivas es un “diamante en bruto”, dicen desde Riconatura. Si aprovechase a plena producción todas las hectáreas de las parcelas, podría atender la mitad de la demanda de algunos alimentos, sostiene Félix Ledesma. Pone cifras a sus estimaciones: una hectárea puede dar 40 toneladas de tomates.
A Riconatura se le auguraba un gran crecimiento que ejemplificaba que estos proyectos pueden crecer y ser rentables. “Una persona puede ganar 2.500 euros al mes, que es mucho más de lo que gana cualquiera en una oficina, pero hay que trabajar mucho”, explica Félix Ledesma. Pero la emergencia climática vino a truncar su crecimiento y puso a sus parcelas, como a las del resto, con el agua al cuello.
Cuando el río reclama la tierra
Este mismo mes, la Junta de Gobierno Local ha dado luz verde a la convocatoria de ayudas tras las inundaciones fruto de la crecida del río Jarama. La partida asciende a 20.000 euros, una cantidad pequeña pero que debería servir para aliviar la espera de los agricultores hasta que puedan recibir las indemnizaciones que puedan llegar de la Confederación Hidrográfica del Tajo, responsable de la gestión hídrica del cauce del río que pasa por nuestra localidad. Antonio Pérez (Vega de Rivas) señala directamente a la Confederación como la responsable de no haber ido soltando agua de los embalses de forma más paulatina: “Imagínate un bloque de 100 metros cúbicos de agua…eso es lo que desembalsaron cada segundo, el cauce no podía soportar eso”, sostiene. Una de sus parcelas fue de las más perjudicadas, perdiendo en torno a 20.000 euros, al tener que reponer la tierra, los cultivos y los cercados.
El dueño de Vega de Rivas pide al Ayuntamiento que siga reparando los caminos, aunque hayan concluido ya las principales reparaciones, para poder volver a la normalidad. Agradece la ayuda de “tres camiones de tierra” que le permitió arreglar alguna de las zonas. El ganadero describe un espectáculo de devastación y “peces muertos”, ya que bajo el sustrato de tierra vegetal, la zona está compuesta por arenas por las que se filtró y retiró el agua, sellando el destino de los peces arrojados por la crecida. “Se ha comido hectáreas el río”, apostilla Javier.
También la Comunidad de Madrid lanzó su paquete de ayuda, pero limitado a municipios de menos de 20.000 habitantes, lo que llevó al Ejecutivo local a reclamar que se modificara el criterio para que Rivas pudiera entrar. Por tanto, a la espera de novedades, los agricultores podrán solicitar 100 euros por hectárea de secano o 200 euros por hectárea de regadío, que se elevan a 212,50 euros y 3.506,25 euros por hectárea, respectivamente, en el que caso de que estuvieran cultivadas y hayan perdido la cosecha.
En Semillando Sotillo, lamentan la pérdida de 10.000 euros “solo en el sistema de riego, que renovamos el año pasado”. Unas pérdidas que en Vega de Rivas elevan a 20.000 euros. Por su parte, Félix Ledesma de Riconatura lamenta “lo que cuesta levantar un proyecto sostenible económicamente y hemos perdido la mitad de la cosecha”. Tenían plantados unos calzots que iban a darles un empujón de liquidez con el que afrontar el período fuerte de contratación de verano con la recogida del tomate. “Nos sentimos un poco “el último Mohicano”, es una profesión muy difícil y hay que estar muy encima”, lamenta el socio de Riconatura, dispuesto a seguir resistiendo y mirando con optimismo la creciente demanda de productos más saludables.
El futuro es verde
Uno de los principales retos a los que se enfrenta la agricultura ecológica es la logística, según los expertos. Experiencias como el centro logístico asociativo Madrid Km0, analizado en un estudio de FONTAGRO, buscan optimizar la logística y profesionalizar la distribución, para evitar los pequeños desplazamientos para repartir pequeñas cantidades, tan habituales en los pequeños productores. En Rivas, Antonio Pérez es especialmente crítico con un modelo tan parcelado y llama a la “cooperación” entre productores. Sería mucho más productivo y rentable, nos dice, que parcelas más grandes se especializaran y alternaran entre tipos de cultivos, en vez de tener pequeñas parcelas en las que cada uno produce “un poco de todo”.
La compra pública de alimentos de “Km 0”, especialmente para comedores escolares, es una de las oportunidades que señalan, ya que permitiría apoyar económicamente al sector a nivel local. Por su parte, Javier Sánchez sería partidario de ampliar los huertos existentes en algunos colegios: “sería maravilloso que a su componente educativo se sumara que fueran más grandes y pudieran abastecer a parte de la cocina”. De este modo, el alumnado aprendería a una edad muy temprana que los tomates no crecen en el supermercado, sino que se han cultivado con el paciente y esforzado trabajo de alguien.
Uno de los grandes retos para la agroecología es poder dar el salto de las pequeñas tiendas y grupos de consumo a la gran distribución. Un salto que ya dió Riconatura, que vende a algunas grandes superficies. Félix (Riconatura) afirma: “yo marco mis precios”, explicando que en los últimos años ha habido una mejora en la capacidad de negociación de los productores, debido al auge de la demanda de productos ecológicos. Finalmente, no hay que olvidarse de la restauración, ya que en Rivas son numerosos los establecimientos que presumen de elaborar sus menús con productos de proximidad de la huerta ripense.
La Comunidad de Madrid concentra el 15% del mercado nacional de alimentos ecológicos y es la segunda región en consumo. “Europa pide agricultura ecológica”, sostiene optimista Javier Sánchez, sobre la creciente demanda que permite a un país exportador como España vender sus productos e ir haciendo retroceder un modelo de agricultura industrial que califica de “aberración”, en los casos más extremos de grandes invernaderos de zonas como Murcia o Almería en los que cada año saltan casos de explotación laboral, especialmente de mano de obra migrante. En Rivas, la agroecología y la soberanía alimentaria son una realidad aún insuficiente pero que busca hacerse un hueco en la mesa.









