Era 1944, un 3 de Enero. Se producía entonces, en Torres del Bierzo (León), una importante catástrofe ferroviaria, que causaría del orden de un centenar de muertos y una cifra similar de heridos.

Las cifras exactas, no se conocieron nunca, pues la censura del régimen franquista, actuó rápidamente ocultando las cifras reales o minimizándolas.

Llegó a manejarse el número de hasta 200 fallecidos.

Un hábil periodista, redactaba al día siguiente, la crónica del accidente, con una interesante coletilla: ‘Afortunadamente todas las víctimas eran de tercera clase’. (VERÍDICO)

La tercera clase, era la más económica y consecuentemente la que adquirían las personas más humildes, las de menor ‘categoría social’.

En Qatar han muerto, según Amnistía Internacional 6.500 obreros. Según las autoridades cataries y la FIFA, han sido sólo 39.

Pero bueno, no tiene mayor importancia, afortunadamente eran todos de tercera clase.

Aunque quizá, por las condiciones laborales que narran, (sobreesfuerzo, hacinamiento, temperaturas del orden de 50º, etc),  podría decirse que estos eran de cuarta o quinta categoría.

Pero no hay que enfadar a las autoridades de Qatar. Si ellos dicen que los muertos son 39, a los 6.461 restantes, les rezamos un responso y los condenamos al olvido. Total, no eran más que unos obreros, casi diría que unos esclavos. Nada de gente fina y distinguida.

Si a las autoridades les molesta que los jugadores alemanes lleven un brazalete con la bandera Arco Iris, se les amenaza desde la FIFA, con sancionarles.

Infantino, presidente de la FIFA, dice sentirse ‘catarie, gay, africano y no sé cuantas cosas más’.

Lo de ‘africano’, no lo acabo de entender del todo, pues Qatar está en Asia.

Estas afirmaciones de Infantino, sueltan un tufillo de hipocresía, de considerables dimensiones.

Todo ello para justificar la elección de un país, donde no se respetan los derechos humanos, se persigue al colectivo LGTBI, se subyuga a la mujer y se esclaviza a miles de trabajadores.

¿Será porque tienen dinero a mansalva?

Igual sí.

José M. Castán.