OPINIÓN

Rivas Vaciamadrid: Estrés, Atascos y Esperas Eternas .

Sobre la Intrascendencia

Réplica de Bob Berstein, director de The Rivas Tribune, al artículo del concejal del PP, Jesús Martínez Caballero.

En un reciente artículo publicado en Zarabanda.info titulado «En defensa de lo Trascendente», Jesús Martínez Caballero, concejal del PP en Rivas Vaciamadrid, se erige en paladín de la fe católica frente a lo que percibe como una ofensiva laica orquestada por el ayuntamiento local. Aprovechando el inminente concierto de Hakuna Group Music —un evento que congregaría a miles de jóvenes en alabanza a Dios—, Caballero argumentaba que la verdadera neutralidad religiosa no busca erradicar las expresiones de fe, sino garantizar su libre ejercicio y reconocer su valor identitario-cultural.

Critica el Reglamento de Laicidad Municipal, las subvenciones a asociaciones ateas y las trabas a instituciones católicas, presentando estos como síntomas de una hostilidad ideológica disfrazada de pluralismo. En su visión, la trascendencia —encarnada en la vitalidad de la fe juvenil— es un antídoto contra la desolación secular, un faro de esperanza que ilumina el espacio público.

Sin embargo, esta defensa, aunque apasionada, reposa sobre premisas filosóficas endebles que merecen un escrutinio riguroso. En este artículo, desmontaré las tesis centrales de Caballero desde una perspectiva intrascendente: la idea de que no existe un ámbito sobrenatural o divino que trascienda la experiencia humana, sino que todo significado emerge de la inmanencia del mundo material y las construcciones humanas.

Argumentaré que la trascendencia es una ilusión reconfortante pero peligrosa, que la neutralidad laica exige precisamente la exclusión de lo religioso del ámbito público, y que la esperanza auténtica brota no de dogmas eternos, sino de la afirmación rebelde de la existencia finita.

Primera tesis: La hostilidad laica como negación de la trascendencia

Caballero sostiene que el Reglamento de Laicidad de Rivas Vaciamadrid no es neutral, sino un instrumento para «extirpar» la fe católica del espacio público, violando así el pluralismo genuino. Para él, una verdadera laicidad reconocería la «importancia identitario-cultural» de la religión mayoritaria, permitiendo su expresión libre sin discriminación.

Esta tesis ignora el fundamento filosófico de la laicidad moderna, que no es hostilidad, sino un imperativo ético para salvaguardar la igualdad en sociedades plurales. John Rawls, en su teoría de la justicia como equidad, argumenta que el Estado debe adoptar una posición neutral frente a las concepciones comprehensivas de lo bueno —incluidas las religiosas— para evitar que una visión particular (como la católica) imponga sus valores a todos los ciudadanos.

En “El liberalismo político” (1993), Rawls escribe: «La neutralidad política no implica neutralidad moral o filosófica; es una neutralidad en el ejercicio del poder coercitivo del Estado».

La prohibición de eventos religiosos en boletines oficiales no es un ataque a la fe, sino una protección contra su instrumentalización política, asegurando que el espacio público sea un foro de deliberación racional, no de proclamas confesionales.

Además, la noción de «valor identitario-cultural» de la religión como justificación para su privilegio es un sofisma. Si la mayoría católica en España merece representación pública por su hegemonía histórica, ¿por qué no extender el mismo criterio a otras mayorías pasadas, como la sociedad musulmana de Al-Andalus?

Esta falacia mayoritaria choca con el contractualismo rawlsiano, donde la «posición original» velada exige ignorar contingencias históricas para diseñar instituciones justas. Caballero confunde tradición con verdad, pero como bien señala Jürgen Habermas en Entre hechos y normas (1992), la legitimidad democrática radica en la argumentación discursiva, no en la herencia confesional.

Segunda tesis: La vitalidad de la fe juvenil como prueba de trascendencia

El núcleo emotivo del artículo de Caballero radica en el concierto de Hakuna: miles de jóvenes del siglo XXI alabando a Dios demuestran que «la esperanza y la trascendencia siguen vivas». Para él, este fenómeno refuta la secularización y afirma la perennidad de lo divino en la cultura contemporánea.

Aquí, Caballero comete un error categórico al equiparar popularidad con ontología. Friedrich Nietzsche, en “La gaya ciencia” (1882), proclama la muerte de Dios no como un hecho empírico aislado, sino como el colapso de la fe en un mundo donde la ciencia y la razón han erosionado las bases metafísicas de la trascendencia: «Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado». La atracción de Hakuna entre millennials y gen Z no prueba la existencia de lo trascendente, sino la persistencia de necesidades humanas profundas —comunión, ritual, sentido— que la religión satisface provisionalmente, pero que podrían canalizarse en formas seculares como el activismo ambiental o la solidaridad humanista.

Jean-Paul Sartre profundiza esta crítica en “El existencialismo es un humanismo” (1946), donde afirma que «el hombre está condenado a ser libre» y que no hay esencia divina preestablecida; el ser humano se define por sus actos en un mundo intrascendente. Los jóvenes de Hakuna no trascienden su finitud cantando himnos; crean significado en la inmanencia, proyectando anhelos de eternidad sobre un escenario efímero. Equiparar este fervor con prueba de Dios es, como dice Nietzsche, un «nihilismo pasivo»: una huida de la responsabilidad de forjar valores autónomos.

Tercera tesis: La fe como fuente de esperanza e identidad

Caballero concluye que, en una ciudad «religion-free», el concierto recuerda que la fe católica ofrece esperanza contra la vacuidad secular, integrando identidad personal y colectiva.

Esta visión romántica se desmorona ante el análisis del absurdo camusiano. En “El mito de Sísifo” (1942), Albert Camus describe la condición humana como un divorcio entre el deseo de significado absoluto y la indiferencia del universo: «Hay un solo problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio». La fe, para Camus, es un salto suicida que evade el absurdo en lugar de confrontarlo; la verdadera esperanza surge de la revuelta intrascendente, de aceptar la finitud y rebelarse contra ella mediante la creación solidaria.

La identidad que Caballero defiende no es trascendente, sino construida socialmente, como argumenta Michel Foucault en sus estudios sobre poder y subjetividad. La catolicidad en España es un producto histórico de dominación, no una esencia eterna. No dar prioridad a las escuelas católicas o confesionales no es discriminación, sino la corrección de desigualdades heredadas, alineándose con el principio rawlsiano de justicia distributiva. Sí sería lógico, por tanto, subvencionar asociaciones laicas que han estado históricamente perseguidas y cuyos fines se alinean con la aconfesionalidad del Estado.

Conclusión

La defensa de Caballero de lo trascendente, aunque sincera, se desarma bajo el peso de la filosofía intrascendente: no hay Dios muerto porque nunca vivió fuera de nuestras proyecciones; la laicidad no hostiliza, sino emancipa; y la esperanza no reside en himnos celestiales, sino en la afirmación terrenal de la libertad humana.

En Rivas Vaciamadrid, el concierto de Hakuna no vindica la trascendencia, sino la capacidad humana para ritualizar la inmanencia. Invito a Caballero y a sus lectores a abrazar esta intrascendencia: un mundo sin dioses ilusorios, donde el sentido se forja colectivamente, sin apelar a lo eterno. Solo así, la verdadera pluralidad —y la auténtica esperanza— podrá florecer.

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