John Kennedy Toole en la Conjura de los Necios pone en boca de su personaje esta reflexión. Mercaderes y charlatanes se hicieron con el control de Europa llamando a su insidioso evangelio <La Ilustración>. El día de la plaga estaba próximo; pero de las cenizas de la humanidad no surgió ningún fénix. La realidad es que el control de los mercaderes y charlatanes hoy en día no solo es de Europa, es de todo el mundo llamado civilizado Europa y América.

Pero en España cuando empezó:

En el 589 se celebro el III concilio de Toledo, hubo un reparto de poder en España, resultando el mayor ganador la iglesia.

La otorgo el control de jueces, agentes fiscales, en el canon 1875, cuya síntesis es la siguiente:

– Los obispos vigilarán el comportamiento de jueces y agentes fiscales. – Corregirán sus excesos

– Denunciarán ante el rey a los que se nieguen a aceptar la corrección

– Los excomulgarán y, finalmente,

– Participarán en la asignación tributaria de cada provincia para decidir lo que cada una de ellas puede pagar sin sufrir un grave quebranto.

La historia del hambre y la miseria en España es la narración histórica de las diversas consecuencias que provocaron ser gobernados por charlatanes y dejar nuestra economía en manos de mercaderes. Las clases más desfavorecidas que sufrieron siempre la carestía alimentaria y de vivienda ya desde la edad media, debido a la inutilidad y el egoísmo de nuestros charlatanes dirigentes. Los Reyes, los nobles y la iglesia.

Un ejemplo como nos fue desde el primer minuto de siglo de oro, el de nuestra España gloriosa. Nuestro país, España ha estado en la ruina paradójicamente, durante glorioso Siglo de Oro. Felipe II recibió en 1556 de su padre, el emperador Carlos V, un imperio donde no se ponía el sol, con una floreciente Castilla y con las grandes reservas de metales preciosos procedentes del Nuevo Mundo. A pesar de este reluciente patrimonio, la herencia venía envenenada por una deuda de 20 millones de ducados que don Carlos contrajo principalmente al adquirir el título de emperador. Solo un año después de su llegada al trono, Felipe II se vio obligado a proclamar la primera bancarrota de las arcas españolas, un hecho que se repitió en dos ocasiones durante su reinado (en 1575 y 1596, concretamente).

Las guerras y los gastos que conlleva un inmenso imperio llevaron al pueblo a soportar grandes cargas impositivas, amén de una alta inflación y de una grave crisis, tras ver reducido su importante comercio de lana por el conflicto con los Países Bajos, su principal cliente. Al final de su reinado, en 1598, mientras la inflación hundía en la miseria a España, su sucesor, Felipe III, heredaba frentes abiertos y una deuda que quintuplicaba la inicial. En 1607, España volvía a proclamar la bancarrota.

Y quien era el auténtico pagano de esta situación económica, “el pueblo”. El coste extraordinario de los crecientes recursos necesarios para el mantenimiento de unos dominios donde no se ponía el sol y de una política de defensa de la fe católica (objetivos políticos explícitamente elegidos, y defendidos ante las críticas internas que se presentaron) no podían ser cubiertos ni siquiera con la llegada de las remesas del quinto real que anualmente traía la Flota de Indias, sumadas a la creciente fiscalidad obtenida de las Cortes de Castilla (eran los reinos de la Corona de Castilla los que más contribuían, debido tanto a su mayor potencia económica y demográfica como a la mayor capacidad de la monarquía autoritaria en ellos.

El feudalismo en España no desapareció, aunque sí cambio de forma y función para sobrevivir, el feudalismo presente y promovido por otros charlatanes, la mayoría de nuestros políticos, los defensores de neoliberalismo.

El campesino y el trabajador español se vio y vive obligado a vivir en condiciones muy extremas de supervivencia. Donde una minoría vive a costa de una mayoría que cultiva y produce alimentos y mercancías. El señor poseía el derecho de desposeer de alimentos, de ropas, y otras posesiones si fuera posible. Poca iniciativa, o motivación, de mejora quedaba o queda al campesinado y al obrero bajo estas condiciones feudales. Los centros de procesado de alimentos se encontraban desde el concilio de Toledo en manos  del rey, la iglesia y la mal llamada nobleza. La realidad es que nunca les ha preocupado, ni les preocupa el sufrimiento del pueblo Ahora son otros charlatanes y mercaderes los que provocan la miseria del pueblo, mercaderes las multinacionales con el apoyo de los charlatanes que nos gobiernan.

Las quiebras de España empezaron con Carlos I  y fueron continuas a o largo de la historia tanto bajo el gobierno de los charlatanes, los Austrias como bajo los charlatanes borbones. Y encima estos últimos unan panda de ladrones.

Carlos I una deuda pública del 1,5 veces el PIB

Felipe II una deuda pública de 5 veces el PIB

Felipe III La principal suspensión de pagos fue la que se llevó a cabo en 1607. La acumulación de débitos e imposibilidad de cancelarlos llevaron a decretar la bancarrota, reconvirtiendo la deuda flotante en deuda consolidada.

Y la corrupción en este amado país ¿Qué tal? Un ejemplo. Una vez en la cúspide el Duque de Lerma, fue situando en todos los cargos del reino a familiares y a nobles afines a su causa, “una tradición que sigue en nuestros tiempos”,. Según el retrato que hacen sus contemporáneos, el Duque era un hombre arrogante y avaricioso que siempre estaba buscando la manera de lucrarse, ya fuera directamente con mordidas en las arcas reales o con la venta de cargos y favores públicos.

Pero esto no era nada que no se hubiera hecho antes en la corte madrileña.

Dos bandos irreconciliables se pasaron el reinado de Felipe II disputándose cada gota de poder que derramaba el Rey. Los halcones contra las palomas, la familia Alba contra los Mendoza. Una lucha equilibrada por hacerse con los privilegios reales, que el Duque de Lerma rompió a su favor para quedarse con todos los trozos.

La crónica del mayor desfalco en la historia de España. En seis años, el Duque de Lerma consiguió el traslado de la corte en dos ocasiones El noble castellano convenció a Felipe III para trasladar la corte a Valladolid, donde previamente había comprado propiedades y terrenos. Y más tarde el mismo negocio trasladando la corte a Madrid. La especulación urbanística le convirtió en el hombre más rico del país.

Y se libro de ser juzgado por su alianza con la iglesia y permitida por Felipe III, Francisco de Sandoval y Rojas solicitó de Roma el capelo cardenalicio para protegerse de cualquier proceso judicial, puesto que el clero gozaba de inmunidad eclesiástica.

Y de ahí el pueblo cantaba; «Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se viste de colorado», rezaba una copla que corrió por Madrid.

Con Felipe IV Las suspensiones de pagos se llevaron a cabo en 1627, 1647, 1652 y 1662. Y quien era el pagano, “el pueblo”

Y sus sucesores los Borbones ¿Qué? La pista nos la da Valle Inclán con esta famosa frase “Los españoles han echado al último Borbón no por Rey, sino por ladrón» (Valle-Inclán de Alfonso XIII). Tradición que empezó desde el primer minuto de sus gobiernos.

Su llegada a España provoco una guerra la guerra de sucesión con consecuencias catastróficas para el pueblo. La economía española del siglo XVIII. Basada prácticamente en el sector agrario. La mayor parte de la tierra estaba en manos de la nobleza, la iglesia o incluso los ayuntamientos, que recibían vía impuestos y derechos gran parte de sus rentas. Y de la producción campesina sólo el 7 % le llegaba al pueblo, el nivel de vida del campesinado (la inmensa mayoría de la población) era muy bajo.

El sector artesanal se impulsó siguiendo el modelo francés desde el Estado, mediante la creación de las Reales Fábricas de tapices y cristales (en La Granja), de tabaco (Sevilla) porcelana (Madrid), pero con poca escasez de mercado (fuera del propio abastecimiento de la corte) y escasa rentabilidad.

Pero la historia de los Borbones en España ha estado protagonizada por monarcas que tenían negocios, incluso con el mercado de esclavos, y por escándalos de corrupción.

Debe ser que la «sangre azul» da una querencia hacia el dinero fácil. Es complicado ver cómo en los últimos 200 años no ha habido ningún Borbón en los que no haya existido un gran negocio y el rey de turno no se haya beneficiado de él. Un ejemplo.

Fernando VII creó un sistema que luego ha sido utilizado por varios de sus herederos dinásticos. A causa de los levantamientos e insurrecciones en las colonias americanas, la Marina necesitó ampliar su flota. Para lograrlo en el menor tiempo posible, el gobierno de Fernando VII negoció con Rusia la compra de una parte de la flota del Zar. Esta operación multimillonaria llenó muchos bolsillos, los del rey incluidos. Sin embargo, cuando los barcos llegaron Cádiz se comprobó que eran para desguace y, por tanto, no podían navegar hasta el continente americano, por lo que fueron desechados. No obstante, el dinero no fue devuelto y Fernando VII se quedó con sus comisiones.

Fernando VII jamás en su larga historia tuvo una palabra mala ni una obra buena. Sin embargo, muchos de sus contemporáneos le admiraron en su juventud como monarca simpático que sabía decir frases chistosas.

Cuando consiguió que Luis XVIII enviase a los aliados Cien Mil Hijos de San Luis para batir a los liberales españoles y reponerle en su trono de monarca absoluto, agradeció tal apoyo restableciendo la Inquisición y fusilando a un sinnúmero de liberales que se habían rendido fiados en la presencia de las tropas francesas.

Ni aún para los mismos partidarios del absolutismo tuvo Fernando VII amistad ni lealtad. Se consideraba más allá de los amigos y los enemigos. Reía igualmente de unos y de otros. En España solamente debía de existir el rey; los demás eran un mísero rebaño. Azuzaba a los absolutistas contra los liberales y al vencer éstos, les pedía el exterminio de las mismas gentes que él había incitado a sublevarse.

Y así sus descendientes lo mismo, siendo el mas ladrón de ellos Alfonso XIII, abuelo del emérito.

Estos Borbones españoles fueron siempre astutos y con cierto talento diabólico para sortear las complicaciones de la vida, haciendo al mismo tiempo su voluntad. Las resoluciones más extremas y violentas las revisten hipócritamente de una forma paternal. Fernando VII, fusilador de liberales, ordenó estos suplicios por el bien de la patria, de tal modo que las muchedumbres imbéciles lo consideraban un padre.

Alfonso XIII ama el despotismo, pero procura atacar las libertades públicas como si le obligaran a ello los que le rodean, para después, en caso de fracaso, dejar que castiguen a los otros y declararse inocente. No creyó hasta el momento en el triunfo de los aliados, pero como era vecino de Francia, no quiso tampoco mostrarse enemigo de ellos.

El negocio de la guerra. Hay acontecimientos históricos, como la guerra de Marruecos, que serían inexplicables sin la participación de Alfonso XIII, quien se benefició de la contienda por partida doble, ya que fue socio de los grandes empresarios que se beneficiaban de la explotación de las minas del Rif y cobró elevadas comisiones de los equipamientos comprados para el Ejército. Fue el bisabuelo de Felipe VI quien se empeñó en que el Ejército interviniera en la construcción de una línea de ferrocarril para facilitar el transporte de fosfatos y hierro. Esta decisión fue una de las que provocó una guerra que terminó con la derrota de Annual y que dejó más de 20.000 soldados de reemplazo muertos, todos hijos de familias obreras, porque los vástagos de las familias ricas estaban exentos de ir a la guerra si pagaban 1.000 pesetas.

Esta guerra costó a España más de 5.000 millones de pesetas de la época. Una buena parte de ese dinero acabó en las cuentas en Suiza de Alfonso XIII.

Sin embargo, el negocio de las minas en Marruecos no fue el único del bisabuelo de Felipe VI, puesto que también tuvo intereses en empresas que gestionaban servicios públicos, como el Metro o la Transmediterránea. Además, también tuvo participación en el sistema de apuestas de las carreras de galgos.

El 14 de abril de 1931, mientras se proclamaba la Segunda República y Alfonso XIII partía de forma apresurada hacia el exilio, el gentío que desbordaba las calles de las ciudades españolas expresaba con rotundidad sus convicciones antimonárquicas, las coplas que coreaban los manifestantes no admitían dudas acerca de lo sucedido. Entre las más oídas en aquellos momentos, una proclamaba que “¡No se ha marchao, que le hemos echao!”; y otra aclaraba por qué: “¡Alirón, alirón, el Rey es un ladrón!, o “¡Alirón, alirón, Alfonsito es un ladrón!”.

Y para terminar el protegido por los charlatanes que nos gobiernan y nuestras representantes en las cortes, El querido Rey Emérito.

No está de más recordar ahora que Juan Carlos I no llegó al trono, así como así. Fue una larga carrera, recorrida paso a paso y golpe a golpe, en la que no escatimó esfuerzos para saltar obstáculos, ya fueran los obstáculos su hermano, su padre o una amante despechada. También hizo jeribeques con un alambre para convertir el Régimen de Franco en el Régimen del 78, dejándolo todo prácticamente igual y garantizando la impunidad de los asesinos fascistas. Su historial es tan extenso que cuesta resumir… Pero sobre todo pasará a la historia por su avidez en la rapiña para amasar una fortuna descomunal partiendo prácticamente de la nada.

La fortuna personal del rey emérito le sitúa entre los monarcas más ricos del mundo. Coches, barcos, palacios y conventos son parte de su patrimonio.

Llegó a España sin una peseta, pero ha logrado labrarse una fortuna estimada de más de 2.000 millones de euros que ahora disfruta fuera de España.

Empezó recaudando dinero de las donaciones de la “lista civil”, cuando sólo era príncipe. Era un grupo de potentados del mundo de la empresa y las finanzas que, con el tiempo, vieron más que recompensada su generosidad. Bueno, algunos no, como Ruiz Mateos (y gracias a estas “piezas rotas” en el mecanismo pudimos saber cómo funcionaba). Pero para los más listos, aquello más que un regalo fue una inversión, que más tarde rentabilizaron con las influencias de Juan Carlos ya rey, aunque siguieron pagándole comisiones. Porque para Juan Carlos nunca fue suficiente una asignación millonaria de los Presupuestos Generales de Estado, ni siquiera cubriendo gastos con la asignación de otros ministerios para personal, viajes y saraos… Ni siquiera metiendo mano a los Fondos Reservados cuando le dio la gana para resolver conflictos y tapar escándalos, incluyendo el pago de chantajes, para poder seguir manteniendo su ritmo y nivel de vida.

Juan Carlos también se metió en negocios de otro tipo, mediando -o metiéndose en el medio- en la firma de contratos públicos, nacionales o internacionales, a cambio de una comisión. Muchos de estos acuerdos comerciales, además, comisiones al margen, resultaron ser fraudulentos en todo o en parte, y Juan Carlos no tuvo reparos en aceptar que otros fueran juzgados y condenados por él, sin renunciar ni a un ápice de su inviolabilidad ni para ir a declarar ni como testigo (caso de Manuel Prado y Colón de Carvajal en el Caso KIO). Asimismo, dejó que el Estado -a través de indemnizaciones o empresas públicas- asumiera todas pérdidas (caso del Ave del Desierto, en el que la empresa pública Renfe va a tener que asumir la mayor parte del descalabro económico). Él nunca salió perdiendo.

Y sigue protegido por charlatanes y la red de mercaderes que le compro.

El problema en esta época que se dice más culta es que ya no solo nos gobiernan los charlatanes políticos, es que la charlatanería está de moda. Las redes sociales están fomentando el espíritu acrítico debido al sesgo de confirmación. Nos creemos todas las noticias que circulan en nuestra burbuja endogámica y cada vez salimos menos de allí para cuestionarlas. Y esto incrementa brutalmente las dificultades para luchar contra la charlatanería política y sus amos los mercaderes.