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OPINIÓN

Rivas Vaciamadrid: Estrés, Atascos y Esperas Eternas .

Se ruega no molestar con la realidad

El director de The Rivas Tribune, Bob Bernstein, analiza la situación ante la movilización de vivienda y el adelanto electoral

España votará el 29 de noviembre, después de que el Congreso rechazara los decretos sobre vivienda con los votos de PP, Vox y Junts. Habrá debates, encuestas y señores explicando qué necesita la gente. La gente, entretanto, ha tenido la descortesía de explicarlo por su cuenta: necesita una casa en la que vivir sin que la siguiente carta del propietario le desmonte la existencia. Una petición poco sofisticada para un país acostumbrado a discutir durante semanas sobre cualquier cosa que no pueda comprobarse mirando la cuenta corriente.

La vivienda ha conseguido reunir lo que la izquierda llevaba demasiado tiempo separando. El joven que no puede marcharse de casa, la familia que teme la renovación del alquiler y la pensionista que descubre que setenta años de vida caben en un procedimiento de desahucio pueden reconocerse en el mismo problema. Comparten una incertidumbre bastante más sólida que muchas coaliciones electorales. Ahí está la fuerza de Sol: en haber convertido miles de angustias privadas en una conversación pública. También está la incomodidad que provoca. Mientras cada cual sufre en su cocina, todo parece funcionar razonablemente bien.

Mari Carmen murió el pasado 7 de octubre, a los 87 años, después de permanecer hospitalizada desde su desahucio. Se había alcanzado un acuerdo para que regresara a casa. No llegó a hacerlo. Antes de convertirse en símbolo, antes de que su nombre entrara en los discursos y en las previsiones electorales, había una mujer que quería seguir viviendo donde había vivido casi toda su vida. Conviene recordarlo ahora que tantas personas van a explicarnos lo que representa.

Hubo quienes consideraron necesario investigar si aquella mujer merecía nuestra compasión. Circularon supuestos ahorros desmentidos por su abogada, imágenes manipuladas con inteligencia artificial y vídeos recortados. Hasta le fabricaron una fotografía comiendo en un bar. La maquinaria dedicó a desacreditar a una anciana una diligencia que habría resultado admirable aplicada a buscarle una solución. Se trataba de instalar una sospecha: quizá no fuera suficientemente pobre, suficientemente indefensa, suficientemente intachable. Para conservar una casa parece exigirse ya una virtud que nunca se solicita para comprar un edificio entero.

Con los acampados se ha seguido un procedimiento parecido, aunque más económico: bastaba hablar de duchas. Nuevas Generaciones celebró la lluvia sobre Sol con una burla sobre la higiene de los manifestantes. El Gobierno de Ayuso, mientras tanto, pedía su desalojo; la Justicia rechazó las medidas cautelares solicitadas. Cabe discutir cómo se organiza una protesta y qué límites debe respetar. Pero cuando la respuesta política consiste en ridiculizar a quienes protestan y tratar de quitarlos de en medio, empieza a asomar una idea bastante mezquina de la democracia: el ciudadano puede expresarse siempre que su expresión no estorbe, no dure y, preferiblemente, no se note.

La muerte de Mari Carmen deja a la izquierda ante una obligación incómoda. El dolor puede movilizar, pero no debería convertirse en otro recurso de campaña que se guarda después de las elecciones. Quienes gobiernan también tienen que responder por lo que no llegó a tiempo. Quienes aspiran a representar la protesta tendrán que aceptar que esa protesta conserve su independencia y les exija resultados. Si toda esta conmoción acaba únicamente en una fotografía compartida y una disputa por quién sale más cerca de ella, habremos añadido una última utilización a una historia que ya tenía demasiadas.

A la derecha le plantea otra pregunta: cómo se pasa de la descalificación al pésame sin revisar nada entre ambas cosas. Feijóo pidió que no hubiera utilización partidista de la muerte. Es una petición atendible; también lo habría sido preservar en vida a Mari Carmen del escarnio. El respeto no puede empezar cuando la persona deja de resultar políticamente incómoda. Y hablar de las decisiones que afectan a una vida no equivale a apropiarse de ella. A veces es, precisamente, la forma de tomársela en serio.

El PP de Ayuso en la Asamblea y el Gobierno de Almeida en el Ayuntamiento han decidido ilustrar ese respeto rechazando el minuto de silencio institucional por Mari Carmen, con el argumento de evitar su «utilización política». PSOE y Más Madrid han organizado sus propios homenajes. Sesenta segundos debían de parecer una concesión excesiva. Había tiempo para discutir las intenciones de quienes lo pedían, pero ninguno disponible para acompañar su duelo. Cuesta encontrar una prueba más desnuda de la mezquindad política del PP: convertir hasta el silencio por una mujer fallecida en una posición que defender frente al adversario. Es un escarnio intolerable, ejecutado con el lenguaje pulcro de quien asegura estar preservando las instituciones. Ayuso y Almeida deberían explicar qué institución queda mejor protegida cuando se le impide tener un gesto de humanidad. Al final, quienes tanto denuncian la politización de esta muerte han encontrado la manera de hacer partidistas incluso los sesenta segundos en los que nadie iba a decir nada.

En Rivas conocemos una versión municipal de esta incomodidad con la ciudadanía que habla. Militantes del PP borraron un mural por la sanidad pública nacido de un concurso de poesía. Hay que reconocer cierta coherencia práctica: resolver las carencias sanitarias requiere presupuesto, personal y gestión; borrar el poema requiere un rodillo. La pared queda inmediatamente mejor en la fotografía, aunque al vecino le siga costando lo mismo conseguir atención.

El PP local ha empleado además la expresión «pseudoplataforma politizada» para referirse al movimiento por la sanidad pública. El prefijo tiene su utilidad: permite discutir la autenticidad de quienes reclaman antes de ocuparse de lo reclamado. En una ciudad con movilización vecinal por la sanidad y la educación, convendría escuchar qué falta en el ambulatorio o en el colegio. Las familias pueden tener ideas políticas y, simultáneamente, necesitar médicos y aulas. Esta coexistencia, al parecer, sigue desconcertando a algunos representantes públicos.

Con Palestina, la sensibilidad hacia las paredes alcanza niveles extraordinarios. El PP pidió eliminar el mural del Miguel Ríos y Vox también lo señaló públicamente. Frente a esa preocupación por lo pintado, cuesta encontrar una indignación comparable por las vidas destruidas que el mural recuerda. Las autoridades sanitarias de Gaza cifraban esta semana los muertos en más de 74.000. Podemos discutir una obra, su estética y su mensaje. Lo desolador es que el debate termine detenido en la pintura, como si el verdadero daño que hubiera que reparar estuviera en las escaleras de un auditorio de Rivas.

De Sol a Rivas aparece la misma tentación: limpiar el lugar donde una injusticia se hace visible. Retirar la tienda, tapar el verso, desacreditar a la plataforma. Después se puede volver a hablar de normalidad. Este noviembre la izquierda tendrá que demostrar que sabe hacer algo más que emocionarse y la derecha debería preguntarse por qué tantas reclamaciones de una vida corriente le parecen una amenaza. Mari Carmen ya no podrá escuchar las respuestas. Había un acuerdo para que volviera a casa, y la campaña va a empezar sin ella.

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