El periodista Nino Olmeda analiza la política del insulto de una derecha cada vez más indistinguible de la ultraderecha.
Es difícil entender lo que está pasando en España, consistente en presentar como alternativa política la gran aportación a la política de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, basada en insultos que han conseguido ser un ‘hit’ en la música basura: Pedro Sánchez hijo de puta.
La mandataria regional llamó hijo de puta al presidente del Gobierno de España, en una clara actitud ‘ejemplarizante’ que está siendo seguida por una parte de la ciudadanía que está en la derecha extrema y derecha extrema, incluso por los jóvenes que creen que ser rebelde es defender símbolos y cánticos de la dictadura que sometió a los españoles durante 40 años.
Es difícil entender las razones de los que actúan sin remilgos contra todo lo que se mueve a la izquierda, y sin descartar los bulos, para la provocación e incluso la agresividad. Me pregunto qué intereses defienden y temen perder los que ofrecen como única alternativa la canción de ‘Sánchez hijo de puta’, cuyos derechos de autor son de Ayuso, cuyo programa se basa en mantener su gobierno, además de influencia y privilegios.
También buscan movilizar el rechazo a la izquierda, al feminismo, a la inmigración o al independentismo y mantener una audiencia enfadada y polarizada. Asimismo, defienden intereses de los que temen perder privilegios, contratos, influencia cultural o una posición social percibida como amenazada.
Está claro que el insulto no es una propuesta política sino una forma de movilización emocional.
Por qué esa obsesión de arremeter, por ejemplo, contra los acampados en Sol en favor de una vivienda digna. Se han dicho memeces como que había dentro terroristas propalestinos y no se ha dicho nada sobre los adolescentes que pretendían atacar a los acampados con banderas de España con el aguilucho dentro y de la Falange y cantaban el himno franquista “cara al sol”.
Dónde se habrán formado estos jóvenes que cantan eso y qué oirán en sus casas, sin saber lo que supusieron 40 años sin libertad ni derechos. Quizás desconocen que, en Sol, donde está hoy la sede de la Comunidad de Madrid, estaban los calabozos de Brigada Político Social (BPS) de la dictadura de Franco, donde encerraban, torturaban y mataban, si era necesario, a los antifascistas y disidentes de todo tipo. De eso sé mucho, porque yo ocupé una de esas mazmorras. Lo que hacen los que cantan el ‘Cara al sol’ y llevan la bandera de España con el aguilucho se parece mucho a lo que hacían en tiempos de la II República los pistoleros falangistas, los de ‘la dialéctica de los puños y las pistolas’.
Estos nuevos derechistas aplican un doble rasero: condenan la violencia cuando la atribuyen al adversario, pero la minimizan cuando procede de su propio entorno ideológico.
También persiguen presentar el franquismo o la Falange como folclore, ignorando su carácter dictatorial y represivo. La coherencia democrática exige no blanquear cánticos o símbolos fascistas cuando se usan para intimidar o justificar agresiones.
Me pregunto qué ha podido pasar para que dirigentes del PP se hayan visto arrastrados por la extrema derecha de Vox a asumir como propios dictados falangistas o del presidente de EEUU, Donald Trump. Me ayuda una buena amiga psicoanalista que me habla de la regresión a la infancia después de darse un golpe en la cabeza con la parte más blanda de su estupendo sofá familiar. En esos momentos del trance, expone mi amiga, se han vuelto a encontrar con su abuelo vestido con la camisa azul de falangista y el yugo y las flechas bordados en uno de los lados. Y luego, las transferencias mentales hacen de las suyas.
Por otro lado, recurren a las denuncias de un posible fraude electoral al estilo Trump, con la pretensión de preparar un relato de ilegitimidad antes de conocer el resultado, no demostrar un fraude real. Si pierden, pueden afirmar que no fueron derrotados políticamente, sino robados; si ganan, pueden presentar la victoria como una prueba de que vencieron pese al sistema.
Además, esa estrategia sirve para desmovilizar o disuadir el voto por correo de sectores que quizá les sean menos favorables, movilizar a su electorado mediante miedo, agravio y desconfianza y deslegitimar al adversario y a las instituciones antes del escrutinio.
Estos nuevos falangistas-trumpistas buscan crear una excusa preventiva para impugnar el resultado o rechazar acuerdos posteriores y convertir una derrota electoral en una crisis de régimen.
La clave está en usar la sospecha del fraude como arma política y no como una reclamación basada en pruebas.
En fin, si hacen todas estas jugarretas y recurren a símbolos y métodos del pasado más negro quizá se deba a que hay que jugar todas las cartas para intentar que los intereses de algunos no se vayan por la taza del váter y defenderlos contra viento y marea.



