La muerte de Maricarmen, una señora de 87 años que llevaba viviendo en su casa más de siete décadas y que fue expulsada de su vivienda con violencia en las imágenes y trasladada al Hospital Gregorio Marañón por su delicado estado de salud, se produjo porque tanto dolor ante tanta injusticia a veces no es soportable. Se fue al otro mundo cuando los dedos de los especuladores no dejaron de apretar su cuello y se apagó la respiración.
Ella, con su muerte, puso en evidencia su dignidad personal y encendió la llama de la lucha por la vivienda que llamó a miles de jóvenes y mayores, hombres y mujeres, a ocupar las plazas de muchas ciudades españolas contra los especuladores y a favor del derecho a una casa. Las acampadas se llenaron de personas que, con educación cívica y no violencia sorprendieron a muchos más. Otros se indignaron como los gobernantes del Ayuntamiento de la capital y del Gobierno autonómico, quienes con mentiras burdas y patrañas pretendieron criminalizar esta bella acción protagonizada por la ciudadanía. Una ciudadanía que ha demostrado que, uno a uno hasta unir a decenas de miles, la parálisis social que parecía no tener remedio ha saltado por los aires.
El alcalde capitalino y la mandataria regional, además de lanzar bromas de mal gusto sobre los acampados y la misma Maricarmen cuando estaba viva, dijeron sandeces o idioteces como que había armas peligrosas en la Puerta del Sol (un cuchillo para cortar el pan o un infiernillo para calentar la leche) o que se podían producir actos violentos o incívicos. No se produjeron. Sin embargo, no dijeron nada de las provocaciones y ataques de fascistas con odio y falsos carnés de periodistas. Algunos de ellos invitados a actos del PP y saliendo en fotos con lideres de este partido llamado de derechas y con sabor a extrema derecha.
El odio hacia Maricarmen puede entenderse como una mezcla de clasismo y miedo a que su historia cuestione el orden social. Para algunos papanatas, una persona desahuciada pierde sus derechos y se convierte en culpable de su pobreza.
Además, la extrema derecha y la derecha extrema se ponen del lado de la propiedad y rechazan el derecho a una vida digna. Otros descargan la frustración contra quien protesta, no contra bancos, fondos o gobiernos.
También consideran que una mujer que transforma su sufrimiento en lucha demuestra que las víctimas pueden convertirse en sujetos políticos. Les molesta el desafío que una mujer pobre ocupe el espacio público y desafíe a las autoridades.
Su odio revela cuánto incomoda que una víctima haga visible una injusticia, en este caso, Maricarmen, quien ha dado un ejemplo de dignidad. Los otros, lo que se niegan a ofrecer un minuto de silencio en recuerdo de esta mujer en las instituciones que ellos controlan, demuestran su nivel de idiotez y que son unos papanatas. Mi apoyo a la lucha por una vivienda digna y a la huelga general del 11 de noviembre. Y mis lagrimas y recuerdos para Maricarmen, que en paz descanse.



