Artículo de Esperanza Negueroles para la sección «Mujeres Singulares en Plural» de la Revista Zarabanda de noviembre de 2025.
Al hablar de la Edad Media en España hay que recordar que gran parte de ella era Al-Ándalus. Hay que tener en cuenta que cuando el Islam llegó a la Península y se extendió por ella, era una civilización eminentemente urbana. Las formas económicas y sociales se adecuaban mejor a este tipo de vida y su principal actividad económica eran la artesanía y el comercio. Las compraventas se hacían en los zocos que eran espacios públicos y por tanto de hombres, por lo que las mujeres no solían frecuentarlos; únicamente estaban presentes las campesinas que vendían sus productos hortofrutícolas y las que realizaban pequeñas manufacturas para el consumo femenino. Como las salidas al exterior de las mujeres eran muy escasas, al zoco iban las criadas y esclavas para comprar lo que no había en casa, las mujeres libres salían raramente.
Desde comienzos del siglo IX aproximadamente, hubo una segunda etapa de la vida económica de Al-Ándalus con un proceso de urbanización del territorio y la consiguiente ampliación del mercado. La relación entre la concentración urbana y el mundo rural cercano se amplió con el comercio interurbano que aprovechó las antiguas calzadas romanas para su desarrollo. Esta relación entre las ciudades y el campo circundante permitió una doble corriente: de materias primas hacia los núcleos urbanos y de productos manufacturados hacia el área rural; la contratación de los mismos se realizaba en los eventuales mercados campesinos o negociando directamente con los propietarios en el mercado permanente, el zoco, de las ciudades establecido en torno a la Mezquita Mayor y constituido por innumerables callejuelas ocupadas por pequeñas tiendas y talleres donde se adquirían productos elaborados “in situ” o de importación.
Después de la Reconquista para reubicar a la población se crearon nuevos asentamientos con variedad de tipos que dependía de su origen, por un lado las ciudades de la España cristiana tenían un aspecto urbano de mayor diversidad que las de Al-Ándalus. Solo el amurallamiento que era circular y de extensión muy inferior al del antiguo territorio de la civitas romano-visigoda, era común a estos núcleos considerados como urbanos en contraste con el carácter rural de las abiertas aldeas.
Fuera de los muros protectores, se desarrollaban los arrabales que iban naciendo en el término extramuros de la ciudad; estos arrabales fueron llamados burgos, término que apareció exclusivamente en las áreas peninsulares de influencia franca. Su germen fue principalmente la aglomeración de pequeñas viviendas e industrias -tenerías, pesquerías, molinerías-, huertos y cultivos, apareciendo así el nacimiento del mercado a finales del siglo X junto a las vías radiales que salían de las puertas de la ciudad. El lugar empezaría a contar con construcciones provisionales y tenderetes como albergues de comerciantes y mercancías, convertidos pronto en definitivos; el lugar se transformaba así en plaza urbana al englobarse dentro del recinto general de la ciudad, dotando a esta de la que muchas veces era la única plaza.
El apretujamiento de las viviendas dentro del recinto amurallado no favorecía la existencia de plazas de mercado, que se encontraban casi siempre fuera de la muralla, junto a las puertas del recinto por la que penetraba en la ciudad el camino más frecuentado. Posteriormente, tales vías aparecerían en especial en las ciudades de feria o mercado concurridos, bordeadas de soportales, donde se asomaban fachadas y muros exteriores de las casas de hasta cuatro y cinco pisos, donde en los que tampoco abundaban las ventanas, aunque eran más numerosas que en las urbes islámicas.
La presencia de las mujeres en la calle era cada vez más frecuente en la fuente, en los baños, en las plazas y, sobre todo, en el mercado, así el abastecimiento diario fue feminizándose progresivamente. Allí acudían las de los campos próximos a vender los productos agrícolas de estación, las esposas de algunos artesanos pobres sin tienda fija, las regatonas (vendían al por menor los comestibles comprados al por mayor y regateaban los precios), de pescado, carne, quincalla, etc. y también acudían a comprar las criadas de las familias poderosas y muchas burguesas que encontraban un pretexto para abandonar la casa. Era aquel espacio un lugar donde compartir vivencias con otras que habitaban en la zona o acudiendo, a propósito, al mercado.
Los oficios y los nombres de los trabajos que las mujeres hacían en o alrededor del mercado eran: la venta de productos hortofrutícolas y agrarios por las alhondigueras (cuidaban el almacén de granos), berceras (verduleras), fruteras, hortelanas, semilleras (vendedoras de semillas) y vendedoras de trigo y cebada. La de carne y derivados por las triperas (venden tripas o mondongo), queseras, cabriteras (pieles curtidas), carniceras, regatonas de gallinas y pollos y tocineras. Del pescado las pescaderas de pescado cecial (secado y curado al aire libre), regatonas de pescado fresco y sardineras. Panaderas. De textiles las corredoras de paños y ropas, lenceras y roperos. Los zapatos vendidos por regatonas así como los chapines. Las olleras de alfarería. También, tenderas y vendedoras en general, de candela de sebo (seberas), jabón, pergamineras (vendedoras de pergaminos).
Al mismo tiempo había un grupo importante de trabajos relacionados como la manufactura de alimentos o fabricación de objetos del ajuar doméstico y, sobre todo, de venta al menudeo para el abastecimiento diario de una casa. La mayoría de las mujeres de las clases inferiores eran regatonas de los más diversos objetos y atendían con estos productos al aprovisionamiento cotidiano del mercado local, el cual se fue feminizando progresivamente. El mercado local y diario fue lentamente convirtiéndose en un espacio de mujeres.
Muchas vendían productos fabricados por ellas mismas en oficios transmitidos en su familia, siendo otras mujeres, madres, abuelas, hermanas, vecinas las que lo enseñaban; eran los de menor categoría en el ámbito artesanal y estaban totalmente feminizados. En general las mujeres con actividades laborales remuneradas eran regatonas que atendían a su sustento y al de su familia o ayudaban a la economía familiar comprando y vendiendo cualquier producto que no necesitase de una gran inversión; de estas transacciones solo se lograban pocos beneficios.
El cambio al Estado Moderno dio lugar a que en la sociedad se originara una nueva mentalidad característica del capitalismo y de la burguesía que pretendía apartar a las mujeres del mundo laboral; fueron retiradas de todo oficio que implicase una especialización. No obstante continuaron con las ventas de diversos tipos: de los propios productos artesanos tanto en el taller familiar como en la plaza pública, las ventas de menudeo de productos básicos, permitidos por la ciudad en un lugar fijo o los artículos de reventa en manos de las regatonas o revendedoras.
El comercio de hortalizas, pescados, aves, frutas, escabeches, carnes, dulces, limonadas, leche y sus derivados, miel y frutos secos, seguían estando en manos femeninas. Solo las mujeres casadas o viudas, mayores de cuarenta años, eran las depositarias de estas licencias, ya que el acceso al mundo laboral era imposible para las más jóvenes. Para las primeras, sus trabajos reforzaban el salario del marido, para las segundas, permitían sacar adelante una familia huérfana que de lo contrario podía llegar a la indigencia. Se instalaban con sus cajones o tablas en la Plaza Mayor y sus actividades eran controladas por los alguaciles; los controles se extremaron y, con frecuencia, a las vendedoras que alborotaban se las penaba con azotes y/o con la cárcel.
Como es sabido, las reglamentaciones y los avatares de los mercados y sus entornos han tenido numerosos cambios hasta el momento. Recorriendo el territorio nacional aún nos encontramos con mercados y mercadillos en entornos y prácticas conservadas desde el medievo.









