EDITORIAL: Mercadillos, la economía con rostro humano

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Editorial de la Revista Zarabanda de noviembre de 2025.

En tiempos de consumo acelerado, de clics y grandes superficies impersonales, los mercadillos se alzan como un recordatorio de lo esencial: la economía de cercanía, el trato humano y la vida de barrio. En Rivas-Vaciamadrid, como en tantos municipios, los mercadillos no son solo un punto de venta; son un punto de encuentro. Allí, el intercambio va más allá de los productos: se comparten historias, recetas, sonrisas y complicidades.

Hace no tantos años, la agricultura y la ganadería no dependían de oscuros fondos europeos que acaban en manos de terratenientes con tierras improductivas, sino de estos espacios de vecindad e intercambio. Entonces, el consumo local y de cercanía eran la norma, no un esfuerzo que hacemos los que queremos formas más sostenibles en el plano tanto social como ecológico.

Los días de mercado, antes, eran los días de fiesta, en los que se accedía a productos que no estaban disponibles en el día a día. Eran días donde se viajaba a otros sitios o venía gente de otros sitios: no solo se intercambiaban productos, también la gente aprovechaba para reencontrarse y compartir vivencias.

Hoy sigue vigente ese gesto cercano de apoyo basado en la confianza personal, en vez de en el impersonal trato del “mercado”. Cada compra en un puesto local es una inversión en el propio barrio y en el propio entorno. El dinero circula entre vecinas y vecinos, sostiene pequeños negocios, genera empleo y refuerza la red social que nos da identidad. Todo lo contrario que esos gigantes del comercio, donde el trato se limita a una pantalla o a una línea de cajas automáticas en las que pagamos por cosas producidas en otros continentes y mal pagamos a las plantillas de dependientes, reponedores y repartidores. Cada vez más, el jefe de las grandes plataformas es un algoritmo implacable que ordena la logística y los pedidos.

Pero ningún algoritmo puede replicar la experiencia compartida del mercadillo, donde las vecinas hablan, las familias venden el fruto de su trabajo y la comunidad pervive.

También hay mercadillos de productos de segunda mano o de reutilización, que promueven una forma de consumo más consciente, menos basada en la acumulación y más en el uso compartido.

Defender los mercadillos es defender una forma de vida más humana, más sostenible y más justa. En un mundo que tiende a homogeneizarlo todo, los mercadillos siguen recordándonos que lo verdaderamente valioso no se compra: lo construimos, compartimos e intercambiamos las personas.

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